Carmen Fernández, Jose Antequera, Música
Deje un comentario

Huracán Parker

Un momento de la actuación de Maceo Parker en La Laboral de Gijón.

Por José Antequera / Foto: Carmen Fernández. Domingo, 18 de marzo de 2018

    Música

Un concierto de Maceo Parker no es un espectáculo más. Es una catarsis y un monumento a la historia del jazz, del soul y por supuesto del funk, todo ello junto por el mismo precio. El saxofonista de Carolina del Norte, que acaba de cumplir los 75 años (nadie lo diría por su forma juvenil de moverse hasta casi descoyuntarse sobre el escenario) es capaz de pasar de la versión más sobrecogedora y mística del Stand by me que uno haya escuchado jamás al funky más trepidante y enloquecido. Del Marvin Gaye más nostálgico y sentimental al Prince más gamberro y divertido, con quien por cierto actuó en aquellas legendarias “Veintiún noches”. Y todo lo hace con un encanto singular, soltando bromas y contando anécdotas que cautivan, porque Parker no es solo una leyenda de la música, sino un showman siempre sonriente que se mete al público en el bolsillo nada más saltar a la tarima y dar sus primeros pasos de baile, que están a medio camino entre el claqué elegante de Fred Astaire y el saltito cabriolesco de Chiquito de la Calzada. Así es la fiebre “funkadélica”: un arrebato sublime, una convulsión divina, una fascinante posesión vudú.

Con tales credenciales y una técnica de saxo prodigiosa al alcance de muy pocos pasó por el Teatro de la Laboral de Gijón una de las últimas leyendas del jazz, que ha decidido regalarnos una minigira por España, bendito sea don Maceo. Con el auditorio repleto de un público entregado que terminó por levantarse de sus butacas para poder seguirle el ritmo al maestro de ceremonias Parker, el jazzman de Carolina del Norte interpretó viejos éxitos de James Brown (con quien llegó a grabar una veintena de álbumes allá por los sesenta), de George Clinton y Prince. Durante dos horas de concierto las notas de Make it fun, You don’t know me, Let’s get it on, Off the hook o Pass the peas sonaron entre las paredes del distinguido teatro gijonés como lo hubieran hecho en el más lóbrego y humeante tugurio del Bronx neoyorquino. Ahora cabe preguntarse qué hubiera sido de aquellas bandas memorables de los 60 y 70 como Kool & The Gang, Earth, Wind & Fire o Funkadelic sin el pionero Maceo, que abrió la lata de un estilo tan genuino como fundamental en la historia de la música contemporánea.

Pero con todo, el auténtico espectáculo no consiste solo en escuchar a Maceo Parker, sino en dejarse contagiar por su arrebatadora fuerza telúrica (imposible para alguien de su edad), en fundirse con el imán que parece proyectar su humana figura, en verlo actuar en directo, un lujo impagable que no olvidaremos jamás. Entonces se llega a la conclusión de que ese hombre de 75 tacos que salta y se contorsiona y mueve cada músculo de su cuerpo ligero como una pluma sería capaz de tumbarlo a uno, con total seguridad, en una apuesta por ver quién aguanta más horas de marcha. Quizá el secreto de Parker sea su filosofía existencial –”me encanta la vida, el amor y la gente”, le dijo un día antes del concierto a un periódico local– o quizá que los grandes genios no se complican la vida y son maestros de hacer sencillo lo difícil. En realidad mucho nos tememos que este ángel negro sureño e inmortal debe el secreto de su eterna juventud al brioso elixir del funk, que lo ha mantenido fresco como una lechuga desde los febriles y lisérgicos sesenta hasta nuestros días mucho más mediocres y decadentes musicalmente hablando.

El funk no ha muerto ni morirá nunca porque es como un virus maravilloso que va mutando con el paso de las décadas, y ya van seis. La coctelera prodigiosa del funk sigue trabajando a pleno rendimiento y Maceo Parker sabe cómo agitarla con esa mezcla dionisíaca de jazz, soul, mambo y ritmos latinos, con un estilo duro, metálico y contundente que siempre funciona por mucho que pase el tiempo. Por si fuera poco, el maestro del saxo cuenta con una banda grande de factura impecable y talento desbordante, todos ellos músicos veteranos y bragados –trombón, guitarra eléctrica, órgano, bajo y batería– más una acompañante femenina con una voz aterciopeladamente desgarrada a la altura de la mismísima Sarah Vaughan. Si tal como dicen el término funk proviene de una ancestral palabra africana que significa “olor corporal fuerte”, es decir, lo fundamental, lo auténtico, el rastro de la música más terrenal y primigenia quedará por mucho tiempo flotando en Gijón tras el paso del huracán Parker. Larga vida al funk, habría que decir tras asistir a la clase magistral de uno de sus pioneros y patriarcas fundadores. Larga vida a Maceo Parker.

*****

Si te ha gustado puedes visitar nuestra página oficial de Facebook o Twitter.

@jantequera8

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *