Humor Gráfico, Igepzio, Número 94, Opinión, Rosa Palo
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Endemoniada

Por Rosa Palo / Viñeta: Igepzio. Viernes, 9 de marzo de 2018

@Ebaezan

Que tengo el demonio en el cuerpo lo sé desde hace muchos años. Que cada mañana al levantarme tengo que dominarlo, encadenarlo y mantenerlo encerrado bajo siete llaves antes de lavarme los dientes, también lo sé. Y también sé que, a pesar de las cadenas, el muy cabrón se escapa en cuanto bajo la guardia, y me abre las cicatrices y me sume en un dolor insoportable, intenso, lacerante; entonces recurro a exorcizarme a través del silencio, de los besos de los que me quieren a pesar de estar endemoniá viva y de las canciones de Morrissey. Y, mientras tanto, aprieto los dientes, y los puños, y espero a que el demonio se aburra de jugar con mi alma. Así que, Monseñor Munilla, no me diga que tengo el demonio en el cuerpo porque ya lo sé, que llevo luchando contra él muchos años, tantos que el padre Karras, a mi lado, parece un monaguillo. Pero tampoco me diga que esto me pasa por ser feminista porque entonces, Monseñor, no es que me salga el demonio, es que me pongo como Las Grecas y me dan ganas de quemarlo a usted en la hoguera.

Una, Monseñor, es feminista porque tiene dos dedos de frente, porque reclama igualdad de oportunidades y de salario, porque pide el cese del acoso laboral y sexual, porque quiere dejar de pasar miedo por la calle, porque pretende ocupar los puestos de poder que nos siguen estando vedados, porque quiere romper el techo de cristal de una puta vez, porque está hasta el kiwi de señores que le explican cómo tiene que vivir, y trabajar, y sentir, y pensar. Y eso en el mejor de los casos, Monseñor, porque si hablamos de asesinatos, violaciones y abusos, vamos listos. Y todas estas reivindicaciones no tienen nada que ver ni con Dios ni con el diablo; tienen que ver con los hombres y las mujeres. Por eso, Monseñor, calladico está usted más mono. Y ya, de paso, tampoco me hace falta que me diga que llevo una gorda dentro a la que tengo que mantener a raya a base de dieta mortal, que a la muy foca le da por enseñar la patita (o el michelín) cada vez que me echo un bocadillo de chistorra al coleto. Porque eso, Monseñor, también lo sé.

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