Ben, Humor Gráfico, Número 95, Opinión, Rosa Regàs
Deje un comentario

El problema catalán

Por Rosa Regàs / Ilustración: Ben. Viernes, 23 de marzo de 2018

@rosaregas

Una buena parte de los catalanes, desde hace generaciones, padecemos un problema que en nuestra historia se ha conocido como «el problema catalán» y que vemos muy claro y vivimos con obsesión hasta que llega la hora de la verdad; entonces la obsesión se desmenuza y todo parece evaporarse. Al cabo de los años, esta inútil insistencia acaba cansando y hay gente, como decía Gabriel Ferrater, que se desanima y piensa: «Ser catalán es un hecho incontrovertible, pero tan pesado…»

Mi padre que, como compañero, era partidario del Estado catalán dentro de la República Federal Española, se desesperaba con los políticos de su tiempo y país, y como era inteligente y frente a las dificultades y derrotas presumía de haber venido al mundo a pasar el verano, utilizaba la ironía para consolarse y salir adelante. Cuando volvió del exilio a finales de los cuarenta, amparado por su padre que como era de derechas de toda la vida se había pasado al franquismo con toda la Liga Regionalista de Cambó en peso, nos explicaba una antigua historia que ya corría como un chiste cuando él era pequeño a principios del siglo XX: en tiempos lejanos Europa había convocado un concurso donde cada país debía presentar un libro con un tema común: el elefante. El libro de los ingleses estaba muy bien hecho, muy sobrio y tenía el título El Elefante y el Imperio británico. Los alemanes presentaron un volumen con papel de biblia de 2.000 páginas como Introducción a la vida del elefante en la Tierra. Los franceses decoraron un pequeño libro con flores y pájaros y una preciosa orla de perla que se llamaba El Elefante y el amor, y al final de muchos otros, los catalanes presentaron su ejemplar con páginas de papel de hilo como un anticipo de las ediciones de Bernat Metge, que tenía por título El Elefante y el problema catalán.

Yo, como él, tampoco pretendo hablar de política, solo recordar la humillante situación en la que nos encontramos todos los catalanes, independentistas o no, excepto los que votan a Ciudadanos, por las increíbles decisiones de nuestros políticos.

Porque, aunque no se hable mucho ni buscamos responsables, el hecho es que ya hace dos meses que vivimos bajo la férula del artículo 155 que se impuso cuando a nuestros líderes independentistas se les ocurrió declarar la independencia olvidando que era el Gobierno de España el que tenía en sus manos la ley y el poder. Y gracias a este 155, el presidente de la Generalidad de Cataluña es hoy M. Rajoy y el consejero su vicepresidenta, Soraya Sáenz de Santamaría, último representante de una gran familia franquista.

¿Todo esto para qué? ¿Qué ha pasado con la República catalana y con la independencia? Pues resulta que fue una declaración simbólica, según dicen ahora los políticos que han declarado ante el juez instructor, nada importante, un acto sin ningún tipo de trascendencia. Una actitud, por cierto, muy diferente a la de los políticos y gobernantes que se unieron al pronunciamiento que hizo Companys, «el Estado catalán dentro de la República Federal Española», desde el balcón de la Generalitat el 6 de octubre de 1934. A ninguno de ellos se le ocurrió declarar en la instrucción que había sido un pronunciamiento simbólico, todos fueron condenados a 30 años de prisión por un delito de rebelión y solo uno se echó atrás. Como aquí pero al revés; aquí solo Mireia Boya de la CUP ha mantenido la fidelidad a la intención real de la DUI, declaración unilateral de independencia.

Y siendo como dicen que fue un acto simbólico e inútil, ¿por qué Puigdemont no se olvidó de la pantomima y convocó elecciones –que hubieran evitado la cárcel a sus socios, la frustración a los independentistas y la humillación al resto de catalanes, menos los de la señora Arrimadas–, al ver cómo el presidente del PP, un partido ahogado por la corrupción y cargado de imputados, se iba a convertir en presidente de la Generalidad de Cataluña? Claro que bien mirado, muchos catalanes ahora mismo están luchando para que sea presidente el líder de un partido, se llame como se llame, no solo investigado o imputado por corrupción sino encima ya condenado y con todas las sedes embargadas. ¿Dónde está la diferencia?

Mientras, este aspirante vive en Bruselas sin hacer más que recibir gente a tope con la obsesión de ser presidente a toda costa y gobernando desde el extranjero como si fuera lo más normal y el PDeCat, o como se diga ahora CiU, y ERC, se pelean en la oscuridad de los pasillos de las cárceles o en los despachos que todavía tienen donde sea, como si trabajaran para que Ciudadanos no solo sea el primer partido de Cataluña sino que acabe teniendo mayoría y la Arrimadas sustituya en el cargo a M. Rajoy. Eso sí, todo en silencio y con respuestas tópicas (que nadie se cree), no sea que alguno de nosotros acabe teniendo alguna idea de lo que está pasando.

Todo este desastre siempre con el problema catalán en el corazón, pero por lo visto, nunca en la cabeza.

*****

Si te ha gustado puedes visitar nuestra página oficial de Facebook o Twitter.

@BenBrutalplanet

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *