El Koko Parrilla, Humor Gráfico, Número 95
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Ciudadanos y el ‘Cacao Maravillao’

Viñeta: El Koko Parrilla / El Petardo. Viernes, 15 de marzo de 2018

Víctor J. Maicas

Hace aproximadamente dos décadas recuerdo que Emilio Aragón, uno de los cómicos por excelencia de aquella época, nos demostró por medio de uno de sus programas televisivos de más éxito, quizá sin proponérselo, cómo y de qué forma se puede mentalizar a una sociedad para vender un determinado producto sin ofrecer, curiosamente, ninguna garantía de calidad del producto en cuestión. Se trataba del ‘Cacao Maravillao’, un producto ficticio que solo existió en la imaginación de los consumidores, pues en realidad el mencionado “Cacao Maravillao” solo se trataba de una canción muy pegadiza con la cual unas espectaculares bailarinas hacían bailar al público al son de la siempre atrayente y sugestiva música brasileña.

Tan atrayente resultó aquella melodía y coreografía, que al cabo de unas pocas semanas unos cuantos supermercados se vieron sorprendidos por una clientela que les pedía sin cesar dicho producto. Es que mi hijo solo quiere tomar para desayunar ‘Cacao Maravillao’, decían algunas madres algo ya agobiadas al no encontrar en ningún lugar el producto en cuestión. Y lógicamente no lo encontraban puesto que no existía, solo era una canción, puro márquetin pero no para vender, sino para hacer más atractivo el programa a los espectadores por medio de esa rítmica canción.

Así es, no existía ni producto, ni proyecto ni nada tangible que pudiera demostrarnos su calidad, pero no obstante la gente lo pedía a gritos. Querían, por encima de todo, “Cacao Maravillao”, ya que aquello sonaba muy bien.

No hace mucho, en uno de mis artículos, les hablé de Edward L. Bernays (el sobrino de Freud) y de Friedrich Hayek, dos magos en lo que a la «sugestión» de la sociedad se refiere (sugestión, manipulación, control de las masas o como le quieran llamar).

El primero, Bernays, nos habló sobre cómo y de qué forma se puede controlar la opinión pública a través de la propaganda y el márquetin. Este proceso lo denominó “ingeniería del consentimiento”, un método capaz de modelar actitudes, opiniones y percepciones (podrán leer algo más de dicho método en mi artículo titulado En busca del voto único). Mientras que por su parte el segundo, Hayek, según parece aplicó dichas tácticas para intentar introducir de una forma muy sutil y efectiva en la sociedad sus neoliberales teorías económicas. Perfeccionó, en cierto modo, el método de Bernays pues se dio cuenta que para controlar a las masas solo hace falta controlar a sus líderes (a quienes al menos en teoría piensan), y que estos lógicamente se pueden crear aunque sea de una «manera artificial», al igual que el ‘Cacao Maravillao’. Según parece solo hay que darles una apariencia de seriedad, honestidad y lo demás ya llegará por sí solo, aunque en realidad detrás del producto se esconda algo totalmente diferente a lo que se nos ofrece en la vistosa envoltura. Algo que se explica cuando según se cuenta es el propio Hayek el que dice que para dominar al grupo tan solo hay que controlar a su líder y, entonces, todos lo seguirán (evidentemente, de su difusión mediática ya se encargarán todos esos grandes medios de comunicación que se encuentran en manos de las élites de poder, es decir, del gran poder económico). Tal y como digo en otro de mis artículos titulado Había una vez… un sueño, el problema consiste en que en una gran parte de las ocasiones ese supuesto prestigio de esos supuestos intelectuales es obra de esa continuada campaña de puro márquetin provocada de forma descarada por esos grandes medios de comunicación a los que acabo de hacer referencia.

Friedrich Hayek fue en cierto modo el inspirador de la Escuela de Chicago (más conocidos como los Chicago boys), cuyo gran maestro de ceremonias fue el controvertido Milton Fridman, el cual por cierto ha sido acusado en innumerables ocasiones  de introducir su ultraliberal modelo económico a cualquier precio, como por ejemplo en el caso del Chile de Pinochet. Pero este tipo de economía ultraliberal de los Chicago boys ha estado también presente tanto en la Rusia de Boris Yeltsin como igualmente en infinidad de países tanto de Latinoamérica como del resto del mundo, incluida parte de Europa, provocando en muchos de ellos que se disparasen de una forma cruel las diferencias entre ricos y pobres (no dejen de leer La doctrina del shock, un clarificador ensayo de Naomi Klein en cuyas páginas encontrarán todas las grandes barbaridades que tanto los Chicago boys como los que siguen este tipo de política económica han producido durante las últimas décadas). Una doctrina económica, la de la Escuela de Chicago y otras similares, que en muchos aspectos se sigue aplicando en casi todo el mundo incluida lógicamente Europa y también los EE.UU. (aunque no con tanta crueldad y rotundidad como se hizo en Chile y otros países en donde hasta los Derechos Humanos se pisotearon reiteradamente y pasaron a un segundo plano). Por cierto, en este sentido de los riesgos para la población de ese tipo de economía neoliberal (o ultraliberal, como la quieran llamar), lean también, además de a Naomi Klein que he citado hace un momento, a otros activistas como Noam Chomsky o a ilustres economistas como Thomas Piketty o Joseph Stiglitz (este último premio Nobel de economía). Sí, el liberalismo económico, ese que tanto defiende el último producto político inventado en nuestro país, Ciudadanos. Unas teorías que su gurú económico, Luis Garicano, defensor acérrimo de este tipo de economía neoliberal, lleva en su ideario.

Pero curiosamente de esto se habla poco, ya que mientras en su ideario se defienden de alguna forma las privatizaciones de la gestión pública, la no excesiva subida de impuestos a las grandes empresas y a los más pudientes (dicen que quieren ser como los daneses pero en España se recaudan muchísimos menos impuestos que en aquel país) y unos contratos laborales que dejan más desprotegidos a los trabajadores, de cara al votante repiten una y otra vez que su objetivo es luchar por los derechos sociales. En este sentido, en el de aparentar una cosa y ser otra, es curiosa su propuesta del complemento salarial ya que a priori suena muy bien, puesto que pretende que el Estado sufrague el gasto de los trabajadores que menos cobran para que tengan un sueldo digno. O sea, que en teoría suena muy bien, pero si profundizamos en lo que significa nos daremos cuenta que es el contribuyente  (o sea, el pueblo con sus impuestos) el que paga dicho gasto y no el empresario en cuestión. Esto podría suponer, para que así la gente lo pueda ver más claro, lo que por ejemplo ha sucedido en los EE.UU., ya que según el National Employment Law Project, los trabajadores de McDonald’s reciben 1.200 millones de dólares cada año de las arcas públicas para complementar sus salarios (curioso, porque que yo sepa, esta empresa genera muchísimos beneficios y en cambio son los contribuyentes los que pagan parte de los salarios de sus trabajadores). Es decir, que si finalmente se aplica esta medida de esta forma se beneficiará, como casi siempre, a las grandes empresas, o sea, a los más poderosos. Pero lo malo de todo esto no es simplemente ese capital público que va a parar a una empresa privada, sino que si por una parte no se suben de forma considerable los impuestos a los que más tienen (más bien al contrario se les dan ayudas) y por otra se destina parte del dinero público a este menester, por lógica quedarán muchos menos recursos para destinarlos a la sanidad, a la educación y a las pensiones. Porque… ¿con qué dinero van a luchar por los derechos sociales, nos preguntamos muchos, haciendo estas contradictorias políticas? ¿Nos querrán hacer creer que tan solo creando puestos de trabajo (y además precarios, con lo que además se recaudan menos impuestos) se podrá sufragar el gasto social que supone tener una buena sanidad y educación públicas sin hacer recortes, cuando es evidente que ni tan siquiera se podrán pagar las pensiones en un futuro no muy lejano si no se crea un impuesto especial, ya que con las cotizaciones de los trabajadores hoy en día ya no se pueden hacer milagros?

En efecto, la cara del producto puede ser muy atractiva, pero quizá dentro de la caja solo haya paja, o quizá ni eso. Cuando se fundó este partido, hace apenas una década, y como han reconocido varios analistas, Ciutadans surgió en Cataluña para romper la inmersión lingüística, es decir, para romper el pacto social en este sentido que incluso el Partido Popular pareció aceptar. Pero fue un tiempo después cuando, para contrarrestar la inesperada aparición de Podemos a nivel estatal, algunos encontraron en este joven partido el mecanismo ideal para hacer frente a ese peligro que suponía para el sistema económico de los más poderosos que existiese un partido como, precisamente, Podemos.

Fue entonces cuando un márquetin neoliberal espectacular convirtió al partido naranja en un dechado de virtudes visuales. Casi todos eran jóvenes, guapos y benevolentes en sus discursos (frases benevolentes como regeneración  política o lucha contra la corrupción, pero, curiosamente, siguen manteniendo en el poder al Partido Popular, un partido con infinidad de casos, precisamente, de corrupción). Propugnan la igualdad entre los ciudadanos (aunque no hablan demasiado de eliminar los paraísos fiscales, los desahucios o los privilegios a las grandes empresas), el respeto a la cultura y a los demás (aunque consideren que, como en un lapsus de la propia Inés Arrimadas en el debate electoral de las elecciones catalanas, no es necesario que un profesor en Cataluña sepa hablar catalán; algo que le reprochó, incluso, Xavier García Albiol del propio Partido Popular), y dicen que gobernarán para todos aunque sus teorías económicas han demostrado a lo largo del mundo que el neoliberalismo ha acentuado en las últimas décadas la brecha entre ricos y pobres.

Pero sí, esa operación de márquetin funciona, y la prueba es que en el cinturón industrial de la ciudad de Barcelona en donde los barrios obreros hasta hace unos años han sido feudo del PSOE, de la noche a la mañana se han convertido, quizá indirectamente, en los avaladores a ultranza de este tipo de economía que favorece, paradójicamente, a los más pudientes y no a los más humildes. Pero claro, eso va en la letra pequeña y no en el envoltorio del producto. Y probablemente por eso todos quieren ‘Cacao Maravillao’. Un ‘Cacao Maravillao’ que, sorprendentemente, los más vulnerables piden a gritos como si fuese el maná que cae del cielo y ha de solventar todos sus males, pero sin embargo no parece que se hayan parado a leer dicha letra pequeña del prospecto (y por lo que parece ningún otro partido de la oposición a Ciudadanos ha hecho el esfuerzo por explicarle a estos proletarios en qué consiste, al menos económicamente, esa opción política).

Cierto es que el espectacular aumento de Ciudadanos en las elecciones catalanas se debió principalmente a su marcada defensa de la unidad de España en unos barrios, precisamente, poblados de gente trabajadora proveniente en gran parte durante las últimas décadas del resto del Estado y cuyas raíces españolas les han hecho votar probablemente más con el corazón que con el razonamiento (como quizá también le ha pasado a una buena parte de los votantes independentistas). Pero al margen de esos sentimientos, lo que también es cierto es que hasta ahora en estos barrios jamás había ganado de una forma tan abrumadora el Partido Popular (posiblemente porque estos votantes sí lo identifican claramente con la derecha y su tipo de política económica) a pesar de ser una formación que también defiende a ultranza la unidad de España, y en cambio sí lo había hecho el Partido Socialista puesto que además de defender igualmente esa unidad de España, lo consideraban un partido de izquierdas, obrero, como lo que eran y siguen siendo ellos mismos.

Es obvio que esa percepción de que el PSOE es un partido realmente de izquierdas ha cambiado para muchos durante los últimos tiempos, tal como explico en varios de mis artículos publicados en esta revista (La tercera vía de Blair o el neoliberalismo con piel de cordero, No utilicéis el nombre del socialismo en vano o ¿Crisis de la socialdemocracia o del socioliberalismo?), de ahí que muchos de estos antiguos votantes del PSOE se hayan olvidado de esta opción política y hayan apostado por un partido en cuyo márquetin se insiste a todas horas que su finalidad es luchar por los derechos sociales y gobernar para todos sin excepción, o sea y por consiguiente, luchar por esa clase trabajadora. Aunque como digo, sus medidas económicas propuestas significan, para muchos economistas no neoliberales (tal y como he indicado anteriormente), todo lo contrario. Y una buena prueba de ello es lo felices que están los grandes empresarios con la subida meteórica del partido naranja (¿por qué será?).

Sí, son votantes obreros que desean la unidad de España (y tienen todo el derecho a desearlo, al igual que los votantes del otro bloque pero en sentido contrario) de ahí que partidos independentistas  como ERC o la CUP, a pesar de ser de izquierdas, no tengan muchas opciones en estos barrios. Algo que en realidad tampoco debería ser así, y me refiero a la estrategia de esos partidos, pues si su finalidad es crear una República cuya base se sustente en los derechos sociales y el respeto a todas las culturas y minorías, lo cual y al menos por lo que se oye en sus discursos  y programa debería ser de esa forma, ese es un aspecto que deberían hacer entender a estos obreros venidos del resto del Estado que, al menos a priori, lo único que quieren es mejorar su calidad de vida (de ahí que hayan emigrado y abandonado su tierra) pero sin evidentemente querer perder sus raíces aunque integrándose, lógicamente, en la nueva sociedad que los acaba de acoger. Porque no creo que quieran imponer sus propias costumbres a los que los han acogido, ya que entonces sí tendríamos un problema mucho más terrible del que nos podemos imaginar a día de hoy. Y es que en este sentido, y por poner un simple ejemplo que se pueda entender, no creo que nadie en Castilla, Andalucía, Galicia o cualquier otro lugar de la península estaría contento si, después de haber acogido a magrebíes o rumanos, estos no se adaptasen a sus costumbres e idioma pretendiendo hacer guetos y despreciando la cultura del territorio que los acaba de acoger (por cierto, he hablado de magrebíes y rumanos simplemente porque son dos de los colectivos más numerosos, sin evidentemente ninguna otra intención). En cierto modo sería como si nosotros mismos, habiendo tenido que emigrar a otro país para ganarnos la vida, despreciásemos su cultura y renunciásemos a integrarnos plenamente en esa nueva sociedad que nos acaba de acoger.

Tampoco quiero terminar este artículo sin hacer mención a Podemos o Catalunya en Comú, ya que llama la atención que sus líderes, en lugar de hacer autocrítica y reflexionar por esa victoria de Ciudadanos, según parece lo único que hacen es echar balones fuera sin preguntarse por qué un partido como ellos que se define de izquierdas, que no defiende el independentismo y que apuesta por la justicia social y los derechos de la clase media y obrera, ha sido vapuleado en estos barrios por un partido claramente de derechas, un partido totalmente en las antípodas de lo que, en teoría, debería defender la clase menos pudiente. No, señores de Podemos o Catalunya en Comú, si quieren convencer a las gentes deberán volver a sus orígenes, a ir por los barrios, a volver a hacer asambleas en las asociaciones de vecinos y a explicar, día sí y día también si es necesario, qué hay realmente detrás de Ciudadanos, detrás de ese caro y costoso márquetin que no muchos se pueden permitir si detrás no tienen un fuerte respaldo económico. Por cierto, en esto último que acabo de decir fue chocante oír que el elevado coste de la campaña electoral lo justificó uno de sus dirigentes alegando que se ahorraban el dinero de los cafés y eran muy austeros, algo que, lógicamente, provocó las carcajadas del público del plató de televisión donde lo entrevistaban (y es que por más márquetin que haya, hay algunas cosas que son difíciles de justificar al menos de una forma tan frívola).

En fin, pues eso, que los dirigentes de determinados partidos que se definen de izquierdas (tanto sean constitucionalistas como independentistas) se tendrían que hacer mirar su falta de autocrítica y empezar muy seriamente a trabajar para que ningún consumidor se sienta defraudado si, tras comprar ‘Cacao Maravillao’, se da cuenta de que el bonito y llamativo envoltorio no coincide con el contenido. Es decir, que las políticas de igualdad social  y derechos sociales no provienen, precisamente, ni del IBEX 35 ni de nadie próximo a ellos. Pero como digo, eso no se consigue lamentándose, culpando a los demás y echando balones fuera, sino con mucho trabajo, a través del día a día y, por supuesto, con el contacto con la gente, con esa gente más vulnerable que necesita que, al menos, le expliquen verdaderamente lo que hay en ambas partes para que, libremente, puedan decidir por medio del razonamiento para así no ser engañados por nadie ni, menos aún, por un «bonito envoltorio».

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