Artsenal, Editoriales, Humor Gráfico, Número 94
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Editorial: Por qué era necesaria la huelga

Ilustración: Artsenal / Foto: Gloria Nicolás. Viernes, 9 de marzo de 2018

   Editorial

Este 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer, pasará a la historia no solo del movimiento feminista, sino de la humanidad en general. Los grandes avances sociales tienen sus fechas señaladas y la convocatoria que hoy vivimos posee todos los ingredientes para convertirse en un hito de trascendencia histórica. Y lo será por varias razones: en primer lugar porque por fin estamos ante una huelga convocada a nivel mundial que concierne a las mujeres de todo el mundo y que las llama a movilizarse ante las injusticias de todo tipo que vienen sufriendo; de hecho, el texto de la Comisión 8M llama a “parar el mundo” como forma de exigir la “plena igualdad de derechos y condiciones de vida”. Y en segundo término porque por primera vez el poder machista ve una amenaza real contra su estatus político y social, que ha mantenido injustamente, a hierro y sangre, desde tiempos inmemoriales. Basta con ver las declaraciones que sobre la histórica huelga feminista han vertido en las última semanas personalidades relevantes de la política, la sociedad y el poder religioso de nuestro país. No podemos olvidar que hace solo unos días, el PP distribuyó un argumentario interno en el que tachaba la concentración de “elitista e insolidaria”. Además, se señalaba que el 8M “promueve el enfrentamiento y rompe el modelo de sociedad occidental”. Con esa circular, los populares quedaron retratados de forma vergonzante en un nuevo alarde de cinismo e ideología reaccionaria. El mismo presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, ha dado bruscos bandazos cuando se ha referido al espinoso tema, primero mostrándose en contra de la convocatoria y después tratando de arreglarlo mostrándose como un feminista más y hasta colgándose de la solapa el famoso lazo morado. Evidentemente no ha colado, todos los españoles saben que la derecha patria, la de los años franquistas y también la de estos cuarenta años de democracia, siempre ha coleado de un machismo recalcitrante insoportable. Hasta la propia Ana Pastor, presidenta del Congreso de los Diputados, pese a que ha anunciado que está a favor de los derechos de la mujer, ha llegado a asegurar que no haría la huelga feminista “porque hay mucho que trabajar contra el machismo imperante”. De nuevo la hipocresía, el doble lenguaje y el doble rasero.

Si tibia y confusa ha sido la reacción de la derecha política española ante el vendaval feminista que arrecia cada vez con mayor fuerza, más aún lo es la posición indefendible y bochornosa que han mantenido algunos representantes del poder económico nacional. Así, el presidente del Círculo de Empresarios, Javier Vega de Seoane, ha defendido que parte de la brecha salarial de género es solo “estadística”, ya que muchas mujeres deciden trabajar a tiempo parcial porque “les gusta dedicarse a sus hijos”. Una declaración insultante para millones de mujeres, por mucho que acto seguido se mostrara partidario de la huelga feminista, eso sí, bajo el argumento insostenible de que “está bien que se llame la atención” sobre el problema. Negar la brecha salarial y apoyar fariseamente la movilización del 8M es otra contradicción incomprensible que solo se explica por un intento de quedar bien ante la parroquia femenina ocultando todo lo posible el machismo latente que le aflora.

Imagen de la manifestación del 8M en Murcia.

Al poder financiero y político machista le siguen sus palmeros mediáticos, como el periodista Arcadi Espada, que ha vuelto a desatar la polémica con uno de sus habituales comentarios machistas, una nueva inconveniencia que viene a sumarse a su larga retahíla de titulares misóginos recientes. “En 40 años de periodismo no he visto a ninguna mujer desplazada por su sexo”, decía el pasado sábado en una entrevista en el programa La Sexta Noche. Cierto sector de la caverna periodística de este país se ha mostrado abiertamente en contra del 8M, confirmando que queda mucho por hacer, no solo en el plano político y social, sino también en el educacional y cultural. “La situación de las mujeres en el mundo del periodismo no está desequilibrada. ¡No hay motivos para una manifestación del 8M, qué bobada!”, añadía Espada al mismo tiempo que criticaba un manifiesto que se ha difundido con motivo del Día Internacional de la Mujer.

Y faltaba la guinda del pastel, la que ha dejado el obispo de San Sebastián, José Ignacio Munilla, quien ha arremetido contra el feminismo “radical o de género” tras asegurar que “el demonio ha metido un gol desde sus propias filas” a la causa de la mujer. Éramos pocos y parió el diablo, habría que decir parafraseando aquel famoso dicho castellano. Al padre Munilla, que cada vez se parece más a aquel padre Apeles que trataba de escandalizar en las noches televisivas con sus insolencias de pija de colegio mayor, habría que preguntarle qué diantres pinta el siniestro Mefistófeles en el problema de la injusta y secular discriminación de la mujer, aunque mucho nos tememos que sería una pregunta más bien retórica, ya que en España todo el mundo sabe que la Santa Iglesia Católica y Apostólica manda mucha romana, y no ve precisamente con buenos ojos los avances sociales en el plano de la igualdad de género. Todos esos libros editados por ciertas archidiócesis que hablan de la sumisión de la mujer en el matrimonio y todas esas homilías retrógradas que se vierten cada domingo desde los púlpitos de las iglesias revelan que el nacionalcatolicismo sigue arraigado y vigente, peligrosamente vigente habría que decir, en nuestro país. Munilla, en un alarde de prestidigitación escolástica, diferencia dos tipos de feminismo: el “femenino” que busca la igualdad jurídica y legal entre hombres y mujeres y el “radical o de género”, que pretende equiparar en todos los aspectos a ambos sexos. En su opinión, el “feminismo radical o de género” tiene como “víctima a la propia mujer y a la verdadera causa femenina. Es curioso cómo el demonio puede meter un gol desde las propias filas. El feminismo, al haber asumido la ideología de género, se ha hecho una especie de harakiri”, ha afirmado burlescamente en un circunloquio medieval y bizantino que ni siquiera el obispo alcanza a comprender en toda su dimensión metafísica. Más retórica barata solo para no tener que asumir la realidad y la raíz última del problema: que hombres y mujeres deben disfrutar de los mismos derechos y obligaciones no solo como titulares jurídicos, sino como seres humanos que son. Tan sencillo como eso.

En medio de tales razonamientos, unos delirantes y otros sencillamente anacrónicos o insultantes para el sexo femenino, llega la manifestación histórica de este 8 de marzo, que no es ni más ni menos que un grito desesperado de millones de mujeres ante una situación que ya no pueden soportar por más tiempo. A la brecha salarial que aguantan estoicamente, a la cronificación insoportable del desempleo femenino, al techo de cristal que les sigue impidiendo copar los puestos de responsabilidad en pie de igualdad con sus compañeros, a la sobrecarga de trabajo en el hogar y la consideración de las amas de casa como trabajadoras de segunda, a los abusos laborales, vejaciones y discriminaciones, a los despidos encubiertos por el mero hecho de quedarse embarazadas, a las violaciones y crímenes machistas de las que son víctimas casi a diario, a la utilización de su cuerpo como reclamo publicitario, al papel de bestias de carga y esclavas sexuales para el hombre que siguen ocupando en las sociedades menos desarrolladas del tercer mundo, al infierno de la prostitución y la trata de blancas al que se ven abocadas por legión, se suma el lapidario principio machista de que la mujer debe seguir relegada a un escalón inferior por debajo del hombre, un dogma férreamente arraigado en todo el planeta.

Por eso, por tantas y tantas razones, por tantos siglos de discriminaciones, las mujeres (y también aquellos hombres que las apoyan en su legítima reivindicación feminista) han sido llamadas a movilizarse frente a la violencia y la discriminación. Bajo el lema “Sin nosotras el mundo no funciona”, la huelga se antoja no solo justa sino necesaria. Jamás ha habido una causa más hermosa por la que luchar. Nuestras madres, abuelas, hermanas e hijas se merecen que estemos a su lado. El camino es largo y queda mucho por hacer, pero hoy se ha dado el primer paso. Estamos ante el principio de una movilización planetaria que empieza a socavar los cimientos del poder machista en todo el mundo. Que tiemble Donald Trump, porque millones de mujeres de todo el mundo se han puesto en pie al fin, hartas de la situación, y empiezan a caminar unidas y confiadas en que la cosas, esta vez sí, pueden cambiar para mejor.

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