Editoriales, Humor Gráfico, Igepzio, Número 95
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Editorial: Alemania da la estocada final al ‘procés’ al detener a Puigdemont

Ilustración: Igepzio. Domingo, 25 de marzo de 2018

   Editorial

Finalmente ha tenido que ser Alemania, un país que en su Constitución contempla penas de cadena perpetua por el delito de rebelión, la que ponga el punto final a la estrambótica fuga de cinco meses del expresidente de la Generalitat de Cataluña, Carles Puigdemont, refugiado en Bélgida desde octubre, cuando el Gobierno de Madrid lo cesó en sus funciones al aplicar el artículo 155 de la Constitución e intervenir la autonomía catalana. Según las primeras informaciones, Puigdemont ha sido abordado por una pareja de la policía alemana de Tráfico cuando cruzaba la frontera en coche desde Dinamarca rumbo a Bélgica, país en el que tiene fijada su residencia y donde según todos los indicios pretendía entregarse al considerar que la legislación flamenca es más benigna para su defensa de cara a un juicio. Los agentes dieron el alto a Puigdemont y lo condujeron hasta la gasolinera más cercana, donde lo identificaron y le comunicaron oficialmente su arresto, que en todo momento se ha realizado «con corrección», según fuentes cercanas al expresident. Sin duda, la operación policial se ha precipitado tras la información facilitada por los espías españoles del CNI, que seguían de cerca los movimientos del honorable tras la reactivación en las últimas horas de la euroorden de detención cursada por el juez del Tribunal Supremo Pablo Llarena. Según fuentes judiciales, el traslado del líder político catalán a España podría producirse de forma inmediata, ya que «Alemania es uno de los países con los que nuestro país tiene mejores relaciones de colaboración policial».

Con el arresto de Puigdemont, máximo impulsor de la independencia de Cataluña por la vía unilateral, se pone punto final al ‘procés’, un auténtico golpe de Estado que había puesto contra las cuerdas a la democracia española y la convivencia misma en nuestro país. A esta hora se puede decir que el bloque secesionista está prácticamente desactivado: el líder de ERC, Oriol  Junqueras, continúa en la cárcel; su número 2, Marta Rovira, ha huido a Suiza (así como Anna Gabriel, líder de los antisistema de la CUP); y los exconsellers del Gobierno de Puigdemont –Turull, Romeva, Rull, Bassa y Forcadell– han sido devueltos a prisión, donde también se encuentran los padres filosóficos y culturales del movimiento, los conocidos como Jordis. El independentismo catalán echó un pulso al Estado y lo ha perdido. Ahora, sofocada la aventura de desconexión con España, queda la ruina política, económica y social de Cataluña, un auténtico desastre planeado por un grupo de políticos iluminados e irresponsables que no supieron calibrar ni el alcance de sus absurdas decisiones ni el pantano en el que se estaban metiendo. Hoy en Cataluña solo queda una declaración simbólica de república independiente reconocida únicamente por Osetia; el varapalo del artículo 155 que hace retroceder a los catalanes a los tiempos franquistas y que restringe notablemente su autogobierno (hasta hace un año uno de los más amplios de las regiones autónomas europeas); la intervención de las instituciones seculares de la Generalitat; la fuga de empresas y bancos; políticos presos y lo peor de todo: la brecha social entre ciudadanos, la divisón en dos polos enfrentados que se odiarán durante mucho tiempo. Esa inmensa miseria es la que ha traído el proceso separatista, un auténtico disparate, un suicidio colectivo sin justificación alguna, un engaño colosal, cuando no una gran estafa al electorado. Prometieron un paraíso terrenal y fiscal donde no cabría el vago andaluz, ofrecieron un país donde cada ciudadano sería rico y próspero, y han dejado un fiasco de proporciones históricas que sin duda habrá que atribuir a los independentistas y a su loca y descerebrada carrera hacia ninguna parte, al margen de que el Gobierno de Madrid también haya tenido su parte de responsabilidad en el conflicto, al no comprender que desde el año 2012, y sobre todo tras el recorte del Tribunal Constitucional al Estatut, se estaba fraguando un gran estallido social independentista que necesitaba una respuesta política urgente. Rajoy no dio esa respuesta en su momento y con su silencio y su desidia dejó que la situación se fuera enquistando hasta que el volcán entró finalmente en erupción.

El error de cálculo del indepentismo ha sido de una magnitud difícilmente comprensible en líderes políticos a los que se les supone formados, preparados intelectualmente y con la experiencia suficiente como para saber que el delirio en el que se habían instalado, y al que habían arrastrado a dos millones de catalanes, no podía terminar más que de esta manera: con el dolor, sufrimiento, vergüenza y sentimiento de humillación de millones de catalanes. Cataluña era una de las sociedades más respetadas, ricas, avanzadas y admiradas de Europa y sus dirigentes, con su decisión de pisotear las leyes y hasta el Estatut de autonomía, la han convertido en un erial, en un espectáculo triste y grotesco para diversión de medio mundo, en una disparatada comedia del absurdo más propia de los Hermanos Marx que del respeto que se merece un pueblo con una historia y una cultura tan rica e importante como la catalana. Al lado de semejantes políticos, hasta Boadella, presidente de Tabarnia, parece un hombre sensato. Que ya es decir.

MÁS PRESOS, MÁS ODIO. Turull, Romeva, Rull, Bassa y Forcadell han ingresado ya en prisión. Un paso más hacia la ruptura de la convivencia. Todos vamos a perder en esta guerra de desgaste y sinrazón que unos iniciaron unilateralmente y otros no supieron parar a tiempo con soluciones políticas. Seguimos en un callejón sin salida, solo que la montaña de odio se hace cada día más grande y monstruosa. Los líderes independentistas despiertan ahora de un sueño tan delirante como imposible. Unos en la cárcel, otros fugados en Suiza o Bélgica. ¿Acaso no lo vieron venir, es que no sabían que emprender la vía separatista unilateral, dinamitando las bases del Estado de Derecho, podía traerles consecuencias muy graves? ¿A dónde pretendían llegar volando por los aires la Constitución, el Estatut, las leyes y reglamentos? Cuando la maquinaria de la Justicia se pone en marcha resulta implacable, dura, aplastante. La realidad se impone en toda su crudeza. Las imágenes de las familias despidiendo a los procesados entre lágrimas antes de ser conducidos a Soto del Real y a Estremera no son plato de buen gusto para nadie, salvo para los inconscientes y ultras. Mientras tanto Rajoy, el otro gran responsable de haber llegado a esta situación nefasta, se lava las manos descargando su responsabilidad en los magistrados del Supremo. Otro gran error, ya que un juez solo puede aplicar el Código Penal; el trabajo político debería hacerlo un presidente del Gobierno. ¿Qué caminos nos quedan para salir del atolladero en el que nos encontramos? Muy pocos. Se podría intentar destensar la cuerda, volver a una mesa de diálogo donde los secesionistas renuncien a la unilateralidad y Madrid ofrezca avances en el reconocimiento de la identidad catalana, pactar una solución para que las penas a los presos sean lo más benignas posible. Recuperar el espíritu de negociación y consenso, en definitiva, todo eso de lo que los dos bandos enfrentados no quieren ni oír hablar porque en el fondo no son auténticos demócratas, solo ciegos fanáticos arrastrados por una corriente de prejuicios, resentimientos, tópicos, ensoñaciones, mediocridades ideológicas, torpezas y dislates. Y así seguiremos: cada día nuevos encarcelados, cada día una palada más de odio. Hasta el desastre final.

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