Luis Sánchez, Número 94, Opinión
Deje un comentario

Así me lo contaron

Fotograma de Las elegidas, de David Pablos.

Por Luis Sánchez. Viernes, 9 de marzo de 2018

Luis Sánchez

Al poco de palmar Rosario Valbuena –un viento travesío, dicen, le azotó la sesera–, Jaco, su esposo y tallo de buena planta, dejó de asistir a misa los domingos y, lamparazo a lamparazo, le pilló gusto a La Tarraja.

Para los infelices que aún no lo sepan, la casona que regenta doña Asunción se llama así porque un apoderado, asiduo cliente, inventó un jueguecito al que le puso dicho nombre, y de ahí pasó a la hostería donde pacen las hembras. No hay chácara sin tarraja, dicen que decía.

La India, dos tiznes de ocre en cada mejilla, se sentaba en el suelo, sobre un paño de sisal, con el espinazo pegado a la pared y su larga trenza negra echada hacia adelante, los muslos de par en par… y ya las pantaletas, pues quedaban en el olvido de la cuca. Tres clientes: cada uno lanza una moneda rubia, la que queda más cerca del pelambre, gana, y el afortunado pasa toda la noche con la muchacha; el que queda más alejado, pierde y paga el servicio.

Ahorita, el asunto que nos ocupa. Jaco se chupaba medio jornal de la cantera visitando una vez al mes la casona de doña Asunción. Y allí, el muy desgraciado, montaba a una muchacha sobre el pecho, colocando su instrumento a un palmo de la nariz de ella; y, como si estuviera poseído por los demonios, se la machacaba igualito que un loco: balbuceaba como un fugitivo desamparado, gemía como un animal herido y respiraba como un niño destetado. Y al final ya,  trasojado, inundaba el rostro de la muchacha con su alma rota.

Transcurrieron varios meses y las muchachas de La Tarraja empezaron a resentirse, pues a todas les salieron en la cara, primero, manchas; luego, granos y, finalmente, pústulas. Como si el elixir recibido se hubiese transformado en veneno y la espuma, en azufre, refunfuñó para sus adentros doña Asunción. Y como las muchachas seguían quejándose, la madame trató de tranquilizarlas: ¡Peor sería si os abrasara las entrañas!… ¡Hale, hale, ungüento y velo, y poneos a trabajar!

Pero doña Asunción, alarmada por la fatal marcha del negocio, decidió consultar con don Ramiro, el cura, y cliente habitual, aunque de otro género. Cómale el filote a la panocha.

–¡Yo sé lo que ese insensato está pidiendo a gritos: agua bendita! —exclamó, tras haber escuchado atento la confesión.

–Entonces… ¿me lo arreglará usted, don Ramiro? —le rogó doña Asunción con una leve sonrisa.

–No se preocupe. La mano justiciera de Dios llega hasta el último rincón de esta apacible comarca.

Y así ocurrió. Una tarde de cielo turbado de granito y sosa, dos zamarrotes desconocidos esperaron a Jaco en la revuelta de Paredes, se le echaron encima, lo molieron a palos y, con una capucha en la cabeza, se lo llevaron en carro hasta la Peña de Solsona, donde le esperaba don Ramiro, algo achispado por el vino de la comunión… Y allí mismo, sobre una roca que hacía de improvisado altar, los dos zamarrotes le abrieron el camino al cura, el cual, como en una misa negra, alivió sus ardores de macho cabrío entre las nalguitas de Jaco.

Días después encontraron el cuerpo semidesnudo de aquel desdichado en el barranco del Cielo. Nadie supo de veras si se despeñó por error, por acierto o por omisión. Pero allí fueron a parar sus quebrados huesos solitarios. Sin embargo, con su entierro no desaparecieron los problemas ni las habladurías, ya que a don Ramiro le empezaron a salir en la cara, primero, unas manchas; luego, unos granos y, finalmente, unas pústulas que ¡mal pintaban!

Como las malas lenguas de los vecinos del pueblo crecían de boca en boca y las liebres corren más que las torcaces, tuvieron que acudir todos —muchachas y cura—, aunque en días separados, a la consulta de un eminente doctor de la ciudad, quien, con amplios saberes, mucho interés y devota invocación a la Virgen de los Perdones, consiguió librarles de tan endiablado mal.

Así lo sé yo porque así me lo contaron, y así lo he contado yo.

*****

Si te ha gustado puedes visitar nuestra página oficial de Facebook o Twitter.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *