Alaminos, Humor Gráfico, Número 93, Opinión, Óscar González
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Tierra quemada

Por Óscar González / Ilustración: Jorge Alaminos. Viernes, 23 de febrero de 2018

@Morgoski

La estrategia de la tierra quemada se hizo famosa tras la Segunda Guerra Mundial gracias al inteligentísimo uso que hizo el ejército soviético en el frente oriental. Los soldados de la URSS aprendieron por las bravas que no podían enfrentarse frontalmente a los acorazados Panzer alemanes ni a las devastadoras incursiones aéreas de la Luftwaffe, que habían sido capaces de destruir en apenas dos días más de cuatro mil aviones del Ejército Rojo.

A la vista de la superioridad técnica de las armas nazis los soviéticos no tuvieron otro remedio que replegarse continuamente. Sin embargo, se dieron cuenta de que si destruían todo lo que iban dejando atrás, dificultarían enormemente el avance de las tropas y, sobre todo, el establecimiento de líneas de suministro invasoras. Cuando llegó el invierno, el ejército nazi se encontró mal abastecido en medio de un gran erial. La derrota fue cuestión de tiempo y, con ella, la victoria aliada en la Segunda Guerra Mundial.

Que al Partido Popular le provoque urticaria todo lo relacionado con los soviéticos no es, en cambio, impedimento para que hayan decidido poner en marcha su particular estrategia de tierra quemada. Parece que los compinches de M. Rajoy se han propuesto llevarse con ellos en su descenso a los infiernos a las instituciones del país, dejando su credibilidad y lo que una vez tuvieron de respetables tirado en un oscuro portal al lado de unos cuantos billetes arrugados.

Empezaron por dejar sin credibilidad al poder legislativo, reivindicando el refranero español en eso de que quien hace la ley hace la trampa. Aprobaron algunas de las normas más retrógradas de nuestra historia moderna (aborto, Ley Mordaza o reforma del Código Penal, entre otras) y las sacaron adelante en solitario por obra y gracia de un sistema electoral diseñado a su medida y la del PSOE sin SO.

Luego fue el turno de la justicia. Primero hicieron presidente del Tribunal Constitucional a un señor con carné del partido, maniobraron para poner magistrados afines en los procedimientos abiertos contra sus altos cargos y aplaudieron sentencias tan represivas que volverían libertario al mismísimo Miláns del Bosch. La Fiscalía se convirtió en un taller de Luthier al que llevar las persecuciones contra rivales políticos para que te las afinen y el colofón llegó con las condenas por delitos que no son tales en el tema catalán. Por el medio, cayó también la libertad de expresión; no sabemos si fue daño colateral u objetivo estratégico.

Tampoco el Ejecutivo se libró de ser violado. La más que discutible aplicación del artículo 155 CE, las bochornosas cargas policiales del 1-O, Montoro amenazando a rivales políticos con poner sobre ellos la lupa de Hacienda, las 43 proposiciones de ley bloqueadas (adivinen por quién) desde 2016, el nauseabundo Wert hablando de “españolizar” niños catalanes o la ocurrencia de tirarse lo que queda de legislatura prorrogando los presupuestos generales del Estado son solo algunos de los ejemplos más pornográficos.

Quizá conscientes de que es probable que no salgan de esta con vida, han decidido arrasar con todo y no dejar tras de sí nada que pueda ser reclamado o reivindicado. Si todas las instituciones del país saltan por el aire, las posibilidades de terminar sentados delante de un juez se reducen de forma drástica. Si se consigue que el ciudadano se desafecte todavía más de la política y la vida pública, quedará el campo abonado para que ese fascismo cañí, cuyo pajarraco es todavía un pichón, crezca fuerte y sano. Que “todos los políticos son iguales” ha calado bien. De ahí a pedir un dittatore no hay mucho trecho.

Y mientras eso ocurre nos entretiene como a militares en el Golfo (en España al final todo va de golfos) Martita Sánchez, que se curra una cursilada de letra para el himno español, porque no tenemos problemas más urgentes ni más importantes y ella está tan henchida de orgullo patrio que vive y tributa en otro país. Dedicamos horas a hablar sobre si mejor la letra de Pemán o la suya, si la de Sabina o el mítico “tiene el culo blanco porque su mujer lo lava con Ariel”. Que nos dejen sin pensiones vale, pero con la identidad nacional no se juega.

Salimos (dicen) de la crisis con menos Estado. Al PP todavía le quedan dos años para dejarnos como a los soldados en la estepa rusa: sin casa, sin alimentos, sin combustible y tiritando de frío. Parece hijoputismo, pero no es más que el amor patriota de algunos.

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