Ada Colau, Número 93, Opinión
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Somos ciudad de paz

Por Ada Colau. Foto: Efe (Quique García). Viernes, 23 de febrero de 2018

@AdaColau

La tarde del 17 de agosto, Barcelona vivió el atentado más sangriento de su historia reciente, solo superado por la tragedia de Hipercor hace 30 años. El horror que se instaló en la Rambla, y que horas después buscaría repetirse en Cambrils, nos dejó a todos con el alma y el corazón helados. El recuerdo siempre presente de las víctimas, las ofrendas ciudadanas en la Rambla, las muestras de solidaridad que llegaban de todo el mundo, perdurarán para siempre en nuestra memoria.

Seis meses después, podemos constatar cómo la respuesta de Barcelona al atentado fue ejemplar y que esta puede constituir un modelo para otras ciudades. No solo por la profesionalidad y humanidad demostrada por los agentes de la Guardia Urbana y los Mossos, los cuerpos de emergencias y por los muchos voluntarios que fueron a la Rambla, sino sobre todo por el empuje de una ciudadanía que salió a la calle para gritar “No tinc por” acompañada del “No en mi nombre”, con el que la comunidad musulmana nos recordaba que los principios del islam eran incompatibles con el fanatismo yihadista.

En Barcelona no se produjo la recreación de grandes narrativas del bien contra el mal, no se redujeron los derechos y libertades civiles, ni se utilizó el atentado para estigmatizar la diversidad. Salimos a la calle a recordar que somos una ciudad de paz, dispuesta a acoger a todas las personas que huyen de la guerra; porque sabemos que la violencia que vivimos es la misma violencia que viven a diario las poblaciones de Siria e Irak. Estos son los valores que caracterizan a nuestra ciudad y que durante esos días tan tristes tuvimos la ocasión de mostrar al mundo.

Sin embargo, los hechos del 17 de agosto dejaron heridas en la ciudad que hay que curar. Por este motivo, desde el Ayuntamiento seguimos trabajando para fortalecer la seguridad, mejorar la protección y garantizar el bienestar de nuestros ciudadanos. Somos conscientes de que las causas que hay detrás del terrorismo escapan de nuestras competencias y capacidad de acción, pero tenemos la responsabilidad colectiva de prevenir, proteger y curar.

Por este motivo, hemos decidido personarnos en la causa judicial contra los autores; hemos reforzado los dispositivos de seguridad ante los grandes acontecimientos y vías más transitadas; estamos trabajando para mejorar la detección de procesos de radicalización con la ayuda de la comunidad musulmana, nuestra mejor aliada para hacer frente al terrorismo yihadista; continuamos dando acompañamiento psicosocial a las víctimas, familiares y trabajadores de los comercios afectados y a todas aquellas personas con situaciones de sufrimiento psicológico a raíz de aquellos hechos y hemos iniciado la clasificación y digitalización de las más de 8.000 ofrendas ciudadanas para que sean accesibles a través de internet.

Pero no podemos quedarnos ahí, hay que ir más allá. Tal como nos recordaban diferentes voces expertas, corremos el riesgo de haber pasado página demasiado pronto. Debido al ritmo frenético que ha vivido la política catalana en estos últimos meses, no hemos tenido tiempo suficiente para hacer el duelo, para plantearnos colectivamente las preguntas que procedan. Y eso solo lo podremos hacer a través de un diálogo abierto con todas las partes.

¿Cómo podemos seguir mejorando nuestro modelo de convivencia para que nadie se sienta excluido? ¿Cómo abordamos el diálogo intercultural para que no sea solo una celebración de la diversidad sino que refuerce el sentimiento de pertenencia? ¿Cómo profundizamos el diálogo interreligioso en una sociedad donde conviven múltiples creencias y opciones?, tal como nos enseñó Raimon Panikkar, un barcelonés universal de quien este año celebramos el centenario de su nacimiento.

Estoy convencida de que la mejor respuesta al atentado, aquella que demuestra que fracasaron en sus objetivos, es nuestra apuesta para mantener vivos los valores de la paz, la convivencia y el diálogo. Es por este motivo que realizaremos un memorial alrededor del mosaico de Miró, allí donde se detuvo la furgoneta y la ciudadanía llenó de ofrendas, el mismo lugar donde hace 30 años se llenó de dedicatorias para recordar a las víctimas de Hipercor.

Es por este motivo que seguiremos diciendo no a la guerra y no a la violencia, como lo hicimos hace 30 años después del atentado de Hipercor, hace 15 con motivo de la guerra de Irak, el año pasado en las manifestaciones a favor de los refugiados. Porque, como nos diría Jaume Botey, compañero y amigo activista en la defensa de los derechos humanos: no podemos resignarnos a la guerra ni a la violencia, otro mundo es posible y es nuestra responsabilidad construirlo.

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