Jose Antequera, Número 92, Opinión
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Mariano perrea

Por José Antequera. Lunes, 12 de febrero de 2018

@jantequera8

Hay cosas que un presidente del Gobierno no debería hacer jamás. Bill Clinton tocaba el saxo y no lo hacía mal. A Obama se le veía como pez en el agua en el programa de Jimmy Fallon porque llevaba el show en la sangre. Y hasta Aznar parecía espontáneo y natural cuando salía de la playa presumiendo de tableta de chocolate. Pero lo de Mariano, lo de Mariano clama al cielo, tiene delito, es de juzgado de guardia. ¿Es que nadie le ha dicho a ese hombre que el baile no es lo suyo?

Un gobernante puede perder el trono, pero nunca debería perder la dignidad. Ayer el gallego la volvió a liar parda, una vez más, al ritmo casposo de Mi gran noche de Raphael. Fue empezar a sonar la canción, durante una boda murciana, y allá que se lanzó él, a darlo todo con la misma gracia y salero de la hiena moteada Tristón, aquel personaje atribulado de nuestra infancia que siempre andaba llorando por los rincones. No se le ve relajado al presidente cuando se arroja a esos bailecitos rafaelitas en los saraos decadentes de las Españas. Para qué vamos a engañarnos, no se le ve. Lo hace tan forzadamente como el running de por la mañana. Se le nota rígido, encorsetado, sobreactuado. Esa sonrisa etrusca de circunstancias, esa mandíbula inferior contraída hasta el paroxismo, ese pasito adelante pasito atrás demasiado mecánico y repetitivo, más agarrotado que un chorizo de Cantimpalos al punto de congelación. Hasta C-3PO, el androide chapado en oro de George Lucas, tiene más giro de cadera que nuestro ínclito premier. Decididamente, cuando perrea, Mariano muestra la misma elasticidad de un alcornoque de Pontevedra. Si el baile es escultura en movimiento, como decía George Sorel, nuestro líder es un hierro forjado (y forzado) de Gargallo.

Pero con todo, no es eso lo peor. El esperpento absoluto llega cuando un grupo de diez o doce marchosas admiradoras, todas veteranas y con ganas de juerga, le entran al manda gallego, cubata de gin tonic en mano, para bailar con él o algo parecido. Entonces no hay por dónde cogerlo al muchacho. Le afloran los años de internado, el tic de la represión, la timidez innata de ese señor de derechas de toda la vida que quiere desmelenarse de una vez pero no se atreve porque se sabe observado por todos, mayormente por la parienta. Ya decía Neruda que la timidez siempre desemboca en la soledad y ahí es donde ha terminado el presidente, porque cuando se lanza a la pista con osadía suicida los cortesanos se apartan, dejan solo al rey en su extravagancia y se dedican a chotearse de él o a sacarle selfies para filtrarlos a la prensa. Al principio el presidente quiere seguirle el juego a las chicas que revolotean a su alrededor, dejarse llevar por la música, darse a la tórrida noche murciana y marcarse un agarrao antológico con esa guerrera lanzada que le grita tan carajilleramente: “¡Qué éxito Mariano!”. Sin embargo, por mucho que se esfuerza no puede, no le sale, se lo impiden las formas, la educación opusina, el código de buenas prácticas del PP, el miedo al qué dirán, la hipocresía de la política, los aznaristas que pretenden jubilarlo por viejo chocho, el mundo exterior siempre tan hipócrita y hostil, en fin. Mariano baila como quien rellena un impreso para el Registro de la Propiedad.

Por todo ello, pese a que Raphael suena a toda pastilla y los mareantes focos de colores camuflan hasta al más patoso de la discoteca, su actuación siempre termina mal, un desastre total, un quiero y no puedo, un pretender mostrarse natural, mortal, un españolito de a pie que se pega sus juergas, pero al final la actuación le queda falsa, cursi, impostada. La tragedia de Mariano es que cree llevar un latin lover dentro de sí, un crápula calavera, un macho hispánico parrandero, pero justo cuando está a punto de soltarlo, de dar rienda suelta a la bestia que supuestamente lleva dentro, de mostrarse tal cual él cree ser y convertirse en el rey de la pista, o sea el Travolta del PP, su superyó freudiano, su lado serio, decente y responsable siempre termina cortándole el rollo, y lo que debía ser un baile para gozarlo con naturalidad caribeña deviene en otro acto de partido cargante, soso, grotesco, ridículo. En política no hay nada gratuito y hasta una simple boda se convierte en propaganda, solo que en el caso de Mariano la propaganda le sale por la culata por su mala cabeza después del vino y su mal pie para la danza. A uno no le gusta echar mano del refranero español, un recurso siempre demasiado fácil y manido, pero es que aquí nos viene al pelo: “Alaba al ignorante y hazle bailar; si no es tonto, tonto le harás terminar”. Alguien, algún asesor quizá, debería susurrarle al oído al jefe que cada vez que a él le entran ganas de darse unos bailes frívolos y mundanos, precisamente ahora que el país no está para fiestas, Rivera le araña un puñado de votos. ¿Entonces por qué lo hace, señor Mariano? ¿Por qué? Qué sabe nadie, que diría Raphael.

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