Número 93, Opinión, Rosa Palo
Deje un comentario

Las dos Españas

Un discreto modelito de Palomo Spain para ir a la oficina a diario.

Por Rosa Palo / Foto: Palomo Spain. Viernes, 23 de febrero de 2018

@Ebaezan

Tengo un disgusto que pa qué. No sé para dónde tirar, de verdad te lo digo. Me acaba de llegar por AliExpress un Palomo Spain que le he comprado a mi santo para que se lo ponga en la comunión de mi sobrina, y me ha dicho que no, el tío. Que él no se pone un palomino ni atao, que va a parecer uno de los Manolos, que para eso saca un disfraz de cuando organizó una fiesta de los años setenta y le sale más barato. Y yo, fashionista irredenta, que si Palomo es lo last, que si ha abierto la Semana de la Moda de París, que si ha derribado las fronteras entre los géneros, que si es un chico cosmopolita pero tan pegado a sus raíces que su jefa de costura es su vecina del pueblo de toda la vida, y que si ese desayunar bagels en Londres y cenar salmorejo en Córdoba es lo que le ha dado ese acento tan raro, entre Julio José Iglesias puesto de Isostar y Leopoldo Panero puesto de cualquier cosa, y que ése es un acento muy cool y muy molón, que los modernos periféricos somos muy de alargar las vocales y poner las eses donde no corresponde, y que por eso acabamos pareciendo un aspersor y escupiendo al de al lado.

Pero nada, que me ha salido carpetovetónico, mi santo. Que va a parecer un narco colombiano con ese cuello de camisa de echar a volar, esos cadenones de oro, ese pecho lobo asomando, esas solapas de guitarrista de Manolo Escobar, esa pata de elefante y esos botines con tacón que no llevaría ni el torito bravo del Fary. Claro, que mi santo piensa así porque sólo conoce a Palomo de Maestros de la costura, la versión de Masterchef para modistillas donde “¡me he pinchado con un alfiler!” es el nuevo “¡me he tragado una espina!”, que ahora Palomo es mainstream y ya habla de él hasta mi panadera. Se nota que no han visto los desfiles de Palomo, donde salen unos efebos vestidos con un albornoz, o con un palabra de honor, o como si se hubieran escapado de un cuadro de Velázquez; tan blancos y tan lánguidos que harían salivar a Dirk Bogarde en Muerte en Venecia. Pero es que mi santo no es de mirar el Vogue, que es lo que cualquier hombre heterosexualo del siglo XXI debería de hacer; no, él es de echarle un ojo al Marca cuando baja a media mañana a tomarse el café. Y así estamos los dos, con el morro torcido, porque una pertenece a la España palomina y el otro a la España de Cortefiel. No me digan que lo mío no es una tragedia. Pues nada, a lo que iba: que vendo un Palomo Spain auténtico, talla 44, a estrenar. Interesados, razón aquí.

*****

Si te ha gustado puedes visitar nuestra página oficial de Facebook o Twitter.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *