Jose Antequera, Número 93, Opinión
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La Pemán platino

Por José Antequera. Lunes, 23 de febrero de 2018

@jantequera8

Andan las dos Españas de nuevo a la gresca, esta vez porque a Marta Sánchez, esa Marilyn castiza, se le ha ocurrido ponerle letra a la marcha de granaderos. Tampoco es para tanto. Los ripios de la rubia tecno son más bien cursis pero díganme ustedes qué letra de himno no lo es. La Marsellesa dice aquello de “marchemos, hijos de la patria, que ha llegado el día de la gloria”, y los yanquis se emocionan mucho cuando entonan algo tan hortera como “allí desplegó su hermosura estrellada, sobre tierra de libres, la bandera sagrada”. Por no hablar de Els Segadors (un tedioso tratado de agricultura) y su “es la hora de estar alerta para que cuando venga otro junio afilemos bien las herramientas”. Las herramientas deben ser las hoces y guadañas que nadie utiliza ya porque el campo no lo quiere nadie y las revoluciones mucho menos. Quiere decirse que las melodías patrióticas son lo que son, cancioncillas facilonas y pegadizas que inflaman los corazones de los más simples e ingenuos siempre dispuestos a dejarse engañar y hasta matar en nombre del necio patriotismo. En el caso de los himnos conviene no ponerse demasiado serio porque dan para lo que dan: una aburrida jura de bandera, una corrida de toros, una noche de borrachera o una final de Copa. Si los himnos, cualquier himno, son ecos del pasado, sus letras son los viejos rezos del fanatismo que siempre vuelve por influencia de los tontos de uno y otro bando. Los himnos son pura retórica en pentagramas, por eso resulta absurdo perder el tiempo en hacer un análisis semiótico de los versillos de Marta, que dicho sea de paso, con esta polémica va a vender más discos que cuando se fue a los puertos con la Legión, en plan Marilyn. A la exdiva de Olé Olé el PP y también Ciudadanos la han querido convertir en la Pemán platino, un falangista con peluca rubia y algo más de sex appeal para maquillar el facherío, de ahí que solo haya gustado a una de las Españas, la más casposa y cañí. La otra mitad, la que sufre y padece, no está para cursiladas melódicas sino para que el Gobierno suba las pensiones, dé trabajo al personal, pida perdón por el atracón de los chorizos y arregle el desaguisado de Cataluña.

Lo de Marta ha sido un delirio propio de la edad, pero tampoco es cuestión de quemar a la mujer en la hoguera, como una Juana de Arco del posfranquismo pepero. En realidad un himno sirve para bien poco, para que Rajoy saque pecho tras un pucherazo electoral, para que ETA le pegue un tiro en la nuca a un pobre desgraciado mientras le aplauden cuatro tarugos de su pueblo o para que Puigdemont se ponga la mano en el pecho o en los collons. Todo himno, con letra o sin ella, es un coñazo anacrónico que huele a rancio, a medievo, a guerra mala. Rivera y Rajoy se frotan las manos con el filón/bodrio de la Sánchez, como si hubieran descubierto la novena de Beethoven. Mucho nos tememos que van a tocarnos la gaita del himno hasta las próximas elecciones. Con Marta y su himno plúmbeo hasta la victoria final. A los que estas cosas de la patria nos dejan fríos como el hielo solo nos queda sentarnos y contemplar otra guerra fratricida, esta vez entre partidarios y detractores de la musa ochentera. Apasionante debate. Qué razón tenía Savater cuando dijo aquello de “la idea de España me la sopla y me la suda. A mí lo que me interesa son los derechos, los valores y los ciudadanos”. Yo a Savater lo defenderé siempre. Aunque me llamen facha.

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