Humor Gráfico, L'Avi, Lidia Sanchis, Número 92, Opinión
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Hacia mis brazos

Por Lidia  Sanchis / Ilustración: L’Avi. Viernes, 9 de febrero de 2018

@lidia_sanchis

De repente, un ruido de ambulancias llena el aire frío y aún de nieve de este mediodía de febrero. Bajo la ventana de mi trabajo han atropellado a alguien o han chocado dos coches en un maldito cruce de una rotonda cuya particularidad era que por ella se circulaba en sentido contrario, como decía el lema de una asociación. “Mariaagustina no rode aixina!”, un eslogan ininteligible para cualquiera que sea de fuera de Castellón, “Una Nueva York, en pequeño”, como tituló el periodista Nadal Escrig un reportaje en El País sobre la situación del patrimonio cultural de las ciudades. Claro que estábamos en 1985: cualquier exageración era aplaudida porque los tiempos eran también desmesurados. Pero este mediodía de tímido sol de invierno y aroma azul de frío alguien ha resultado herido, tan cerca de mí que si estirara el brazo podría alcanzar a esa persona –quizá un niño que circulaba en bicicleta; quizá un anciano que se apresuraba para recoger a su nieto de la escuela–. No he querido saber y he atravesado la extraña rotonda mirando por el rabillo del ojo la ambulancia, el coche de policía, el pequeño remolino de curiosos. Podría haber sido yo la que estuviera tendida en una camilla, la que, con un poco de suerte, tuviera solo un hombro magullado y unas repeladuras en la rodilla. Podría haber sido yo la que se hubiera golpeado la cabeza y después de unos segundos hubiera muerto. Ya nunca podré escribir una novela, ya nunca podré decirle las cosas que nunca le he dicho, ya nada podré dejar para mañana porque tal día no existirá. No podré ser nada distinto de lo que he sido. Las cosas que no he dicho. Las novelas que no he escrito. Nadie lo sabrá.

Hubo un día en que la infancia se acabó y un chasquido cósmico anunció la gran debacle. Los faros amarillos de un coche iluminan a una pareja de ancianos que camina arrastrando los pies hacia su casa. La carretera traza una curva a la salida del pueblo y ellos caminan por la acera, apoyándose confiadamente el uno en el otro. Tienen el mismo rostro que todos los que han vivido y están a punto de perder. Porque en esta partida es imposible ganar. Andan casi reclinándose el uno en el otro y en mi cabeza suena una canción de Nick Cave. Ha llovido, es una noche sin luna y una pareja de viejos se dirige hacia su casa, una vivienda baja, chata, como descabezada, una más en una hilera de fachadas desconchadas que se suceden a un lado y otro de la carretera por donde ella circula. Es un pueblo cualquiera, una carretera cualquiera, como cualquiera de esas que unen el final de un pueblo con la rotonda que lleva al pueblo siguiente. Hace frío y los ancianos no parecen llevar prendas que les protejan mucho. La luz de los faros del coche les ilumina de lleno justo cuando la mujer está metiendo la llave en la cerradura de la casa con la puerta con cristales y forjado, ajena a los pensamientos que ha despertado en ella, que se imagina un futuro sábado por la mañana saliendo de su casa para ir a comprar al mercado, si es que para entonces existe tal cosa: un edificio donde los mercaderes muestran en sus paradas la carne del cordero más tierno, la dorada más fresca, la fruta más jugosa. Ella y él irán juntos al mercado, un resto del pasado medieval que pervive, pero no sabemos si lo hará en el futuro. Todo es ya pasado. Cada minuto muere en el mismo momento de nacer. Ella le dijo un día que tragaría cristales por él, que su pasión era tan grande que sólo la podía explicar de esa manera. Se pregunta si esa pareja de ancianos se habrá sentido capaz de masticar cristales –la laringe rasgada, las cuerdas vocales cortadas, la tráquea agujereada– el uno por el otro alguna vez. Si habrán descubierto las cosas que importan, aunque ese descubrimiento se haya producido en el último tramo de la vida.

Ella está en una camilla, en el interior de una ambulancia blanca, como dicen que es blanca la muerte. En un segundo, pasan por su cabeza millones de cosas. Y no son la nueva Radio Televisión Valenciana, ni el ‘Procés’, ni el desplome de la Bolsa, aunque hubiera trabajado en ella, sino las respuesta a las viejas preguntas. Si no soy yo, ¿quién? Si no es ahora, ¿cuándo? Con cuánto amor por entregar se marcharán esos viejos que caminan arrastrando los pies por una carretera de Borriana. Con cuánto amor por entregar se irá ella.

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L'Avi

@AviNinotaire

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