El Koko Parrilla, Humor Gráfico, Número 93, Opinión, Susana Gisbert
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Divinas de la muerte

Por Susana Gisbert / Viñeta: El Koko Parrilla. Viernes, 23 de febrero de 2018

Susana Gisbert

El otro día caía entre mis manos –o mejor, en mi pantalla de móvil– un artículo sobre algo que llamaban “violencia estética”. Confieso mi ignorancia,  pero no conocía el término, que me encantó. Así que, como rectificar es de sabios, me lo quedo y me declaro fan incondicional. Porque todas, seamos o no conscientes de ello, somos víctimas de esa violencia invisible que nos obliga a estar divinas de la muerte en todo tiempo y lugar so pena de que nos caigan encima las siete plagas de Egipto y hasta alguna más de propina.

Y es que es tal cual. Las mujeres hemos conseguido acceder al mundo laboral, aunque según los últimos estudios quede todavía un siglo para que la brecha laboral desaparezca y ni se sabe cuánto para que rompamos el techo de cristal.

Pero ahí estamos. Nos hemos dejado las cejas preparándonos, nos hemos pelado los codos estudiando, nos hemos quemado las pestañas buscando información, hemos perdido dioptrías de cara al ordenador, nos hemos hecho llagas en los pies pateando las calles en busca de una oportunidad, nos hemos comido las uñas esperando una respuesta, hemos perdido noches de sueño hasta que las ojeras se han instalado en nuestra cara, hemos perdido pelo y ganado canas con las preocupaciones, hemos aumentado de peso por falta de tiempo para hacer ejercicio, nos hemos dejado la voz reclamando derechos, y nos hemos hecho mayores mientras hacíamos todas estas cosas.

Y, cuando ya estamos más preparadas y formadas que nadie, resulta que no basta. Que es preciso que restauremos nuestros codos pelados para que sean tan suaves como el culito de un bebé, que nos maquillemos las pestañas para que resalten nuestra mirada, que nos pongamos lentillas o nos operemos de la vista, que nos aupemos en unos tacones aunque nos duelan los pies, que esmaltemos nuestras uñas hasta que cualquiera pueda reflejarse en ellas, que cubramos nuestras ojeras para aparecer lozanas como una rosa, que luzcamos una melena con volumen y color impecable, que pasemos hambre y nos machaquemos el cuerpo hasta enfundarnos en una talla infantil, que tengamos una voz atiplada y armoniosa y, sobre todo, que nos demos prisa, que el tiempo no perdona.

Y, cuando ya estamos más preparadas y formadas que nadie, resulta que no basta.

Porque, después de preparanos a conciencia y de creer que lo hemos conseguido, siempre llegará alguien a quien le importe más una carrera en las medias que una carrera profesional, una mancha en el vestido que un expediente inmaculado. Y, lo que es peor, alguien que le jaleará, y no serán pocos. Ni pocas. Porque las mujeres también entramos en este juego, y a veces con más fuerza que ellos. Porque nosotras sabemos lo que cuesta estar divinas de la muerte y algunas no están dispuestas a perdonar a las que no lo estén. O a las que no lo estén a su gusto, que también.

Como siempre, no es justo. Pocas veces, o ninguna, he visto que a un hombre en un cargo público se le critique por vestir de tal o cual manera, por llevar determinado peinado o por calzar deportivas. Pocas veces, o ninguna, he visto titulares referidos a políticos que hablen de su estilismo y no de su discurso. Y, cuando de hombres se trata, el peso de la responsabilidad les da una pátina de interés y de sabiduría mientras a nosotras, simplemente, nos avejenta o afea. Y, en algunos casos, hasta nos descarta. Tal como suena.

Y que no se me malinterprete. No defiendo ni propugno que nadie descuide su aspecto, o deje de maquillarse o ponerse tacones si le viene en gana. Yo misma lo hago a diario –o casi, que a cualquiera le pillan en un renuncio– porque quiero y me gusta, y porque además hay que estar adecuada a cada ocasión. Pero “adecuada” no significa inmejorable, ni radiante, ni excepcional. Significa “conforme a las circunstancias”, que no es otra cosa que lo que se les pide a los varones, sin ningún plus adicional.

Pero mientras sostengamos esos cánones de belleza imposibles, seguirá siendo imposible ser cada vez más iguales. Porque hasta las propias mujeres caemos en sus redes y criticamos a las otras sin darnos cuenta de que estamos siendo víctimas de la misma esclavitud, la que nos ha exigido desde niñas no llevar un cabello fuera de su sitio ni pesar un gramo de más.

Dejemos de una vez de fustigarnos por no ir siempre divinas de la muerte. Y tampoco permitamos que nadie lo haga ni le sigamos el juego. Porque a veces, lo que realmente es divino de la muerte es no serlo.

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