El Koko Parrilla, Humor Gráfico, Número 92, Opinión, Xavier Latorre
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Deslenguados

Por Xavier Latorre / Viñeta: El Koko Parrilla. Viernes, 9 de febrero de 2018

Xavier Latorre

Una década después de la conspiración para atracar a los valencianos a plena luz del día, con la bendición papal, con el rugido de los monoplazas de la Fórmula I como banda sonora, sobre la tarima de un estand de Fitur como decorado y con las majestuosas obras de Calatrava formando parte de los exteriores de aquella superproducción, algunas lenguas se desatan. Ricardo Costa, joven promesa de los populares valencianos, se ha desahogado con el expresident valenciano Francisco Camps, su superior inmediato, con el que compartía sastre, que les cortaba presuntamente a ambos los trajes a medida de sus influencias en los bajos fondos de la corrupción política.

Claro que hubo conspiración. Hace una década en la política valenciana solo te aupabas a un cargo público de postín si entrabas, al parecer, al trapo de los juegos sucios, si te prestabas a los chanchullos camuflados tras una contratación amañada en el BOE autonómico. Con una mano insultaban a Zapatero, y con la otra trincaban de cualquier filón de la mina, ya exhausta, de los presupuestos. Con un discurso enardecido pedían el agua del Ebro (traca, traca) y en un susurro, por teléfono, pactaban una comisión sideral, traducida a magdalenas o bizcochos, para ponerse las botas. Vestidos con ternos de gorra, desfilaban por las pasarelas del poder haciendo creer a los ilusos valencianos, a sus incautos y sumisos votantes, que iban a compartir sus minutos de gloria con ellos.

Hace ahora una década se unieron varios capitostes populares para conspirar. Ahora toca cantar, como en Eurovisión, en el plató de la sala de vistas de la Audiencia Nacional. El ahora abogado raso Ricardo Costa ha embadurnado de mierda al señor Camps, sabiendo que a ese señor el tema ni le roza, porque le ha prescrito en las manos, no así las dos causas abiertas por los dichos bólidos de carreras. Algo le debió hacer, porque contra los jefes de Madrid, instalados en Génova, el tal súper-Costa no abrió la boca, ni dijo ni pío. Convienen los tipos rencorosos a la hora de declarar ante el juez. El amigo Ricky, el pecador que acaba de pedir perdón a los valencianos, se muestra arrepentido en busca de una penitencia leve. El bocazas interesado habla con desdén de sus exjefes, los acusa en plan chivato y espera redimirse o pillar una condena corta que le exima de presidio.

Conspiraron de lo lindo. Nos tragamos su cuento. Nos vendieron la moto y se la pagamos al contado. Ahora los amiguitos del alma no son tales. Algunos de los procesados apuntan hacia Francisco Camps y a su vicepresidente Juan Cotino (quién al parecer fijaba las cuantías de las mordidas), unos gobernantes de pacotilla, una dupla cristiana de falsos políticos, unos timadores profesionales insaciables que se lucraban de cualquier trapisonda financiada con caudales públicos. Unos honorables ladrones, según se deduce del juicio que se sigue por la rama valenciana del caso Gürtel.

Esa trama para conspirar existía. Diez años atrás, los valencianos les votaban sin miramiento alguno. Eran fans de la banda de asaltadores del PP y seguían fascinados con sus trapisondas transmitidas en un serial televisado por Canal 9. Los empresarios obedientes pagaban gastos electorales a cuenta de sus boyantes negocios de obra pública y de concesiones millonarias. Era muy poco para el dividendo que ofrecían aquellos turbios negocios. Siguen siendo los reyes del mambo pero ya todos conocemos su modus operandi. Incluso ellos han llegado a delatarse. Prefieren el escarnio y la multa por la confesión que la prisión, no son nada tontos por eso tienen abogados de campanillas.

Los valencianos hace una década nos mirábamos en el espejo de esos prohombres. Nos creímos el cuento. Ahora, el parlanchín Ricardo Costa certifica la gran mentira. Los teníamos en un altar. Supieron encandilarnos. Nos trataban de gilipollas para arriba, y nosotros solo hacíamos que sonreírles. Ahora un deslenguado, un falso arrepentido, nos confirma el engaño. Somos culpables de picar el anzuelo. Nadie nos absolverá de haber sido tan primos.

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