José Romero, Número 93, Opinión
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En defensa del chiste

Por José Romero. Viernes, 23 de febrero de 2018

El chiste ha sido calificado durante la historia como un concepto ambiguo y heterogéneo, en el cual coexisten diversos modos de hacer uso del humor. En los cuales, según algunos dicen, existen los ofensivos y los no ofensivos. Un chiste ofensivo, como dice la palabra, ofende, o puede ofender. Por lo contrario, un chiste no ofensivo es un chiste que no inflige perjuicio alguno.

La finalidad del chiste, a mi parecer, no es sino interpretar la realidad y convertirla en humor. Independientemente de qué realidad se interpreta y de qué modo es llevado a cabo…, un chiste debe de ser esencialmente humor, al menos para el sujeto o sujetos creadores del chiste. Ahora bien, si incluimos el factor ofensivo-no ofensivo dentro de la dialéctica del chiste, estaremos creando incompatibilidad con la misma esencia del chiste, que es reírse de algo o alguien. Esto dificulta notablemente la fluidez del lenguaje con respecto a su retórica.

Como he dicho al principio, el supuesto chiste ofensivo no es sólo algo que ofenda, sino algo que pueda ofender. Y es aquí cuando llega el verdadero problema, y es que todo chiste puede ofender en mayor o menor medida. Si aplicásemos este canon nos quedaríamos con el chiste material, es decir, aquél que no va dirigido a un humano, o a veces ni eso, habría quien sacase connotación humana en el chiste.

Es más, el canon de lo ofensivo varía según la cultura en la que uno esté situado. No es lo mismo contar un chiste en Europa que contarlo en el África más profunda.

Un chiste en esencia, debe ser extramoral. Un chiste no debe acudir a los principios morales de la realidad, pues un chiste es una interpretación, y como tal, debe también interpretar la moral y deformarla. No puede existir chiste alguno sin la interpretación de la moral y su deformación. Si el humor se interpreta moralmente, el chiste muere. La muerte del chiste sería lo peor que le podría pasar a una sociedad. Pues cuando éste muere, mueren con él la libertad de expresión y de pensamiento. Se establecería entonces un monopolio del buen trato, un monopolio del chiste correcto.

Los serios se llamarán a sí mismos, chistosos.

No debe haber límites para el chiste, es el sujeto quien debe imponer el canon del chiste, no un externo y, ni mucho menos la sociedad. El único límite que debe parar a un chiste es el propio límite de mi lenguaje.

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