Humor Gráfico, LaRataGris, Número 93, Opinión, Rosa Regàs
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Crisis en Catalunya

Por Rosa Regàs / Viñeta: La Rata Gris. Viernes, 23 de febrero de 2018

@rosaregas

Hay quien cree que la crisis que sufre hoy Catalunya la provocaron por una parte Puigdemont al frente de un mini ejército de ERC y CIU o PDeCAT que, a pesar de sus errores y contradicciones supieron despertar el siempre presente orgullo de ser lo que ya se es –catalán en este caso– en casi dos millones de catalanes. Y por otra el impasible ademán del presidente del Gobierno de la nación, que en cinco años no se ha tomado la molestia ni siquiera de reconocer que España tenía un grave problema y, cuando tras tanta pasividad la situación llegó a un punto de no retorno y no tuvo más remedio que actuar por exigencia de sus votantes y de los poderes fácticos a los que siempre ha sido tan fiel, se limitó a enviar el Piolín cargado de policías y guardias civiles y a jurar y perjurar que no se pondrían urnas, no habría referéndum y se respetaría la legalidad vigente.

Pero dicen otros expertos que lo que provocó la situación social y económica que vivimos hoy fue el patético desenlace final del procés con la declaración –ara sí ara no– de la independencia y el bombazo final del estado de excepción, más conocido como “el 155”.

Y tienen razón, pero es una razón parcial porque esta crisis no surgió de pronto como un fuego de artificio sino que, afianzándose en una minoría de catalanes que llevan generaciones suspirando por la independencia, su número y entusiasmo se vieron incrementados cuando se produjo la vergonzosa recogida de firmas del señor Rajoy contra el Estatut de Catalunya por ilegal. Depositadas en grandes cajas y con una actuación televisiva y muy teatral, en 2006 Rajoy entregó sus millones de firmas al Tribunal Constitucional, reclamando la anulación de la mayoría de sus artículos y olvidando que había sido aprobado por el Parlamento catalán y ratificado en referéndum por el pueblo de Catalunya y por el Congreso de los Diputados de España. El Tribunal Constitucional le hizo caso y anuló muchos de esos artículos sin reparar –o reparando– que eran y son iguales a los que rigen en otras comunidades del país. Este fue el comienzo.

No voy a relatar los despropósitos llevados a cabo por ambas partes desde entonces porque son de dominio público.  Me he referido a los primeros solo por poner de manifiesto que hoy, arrastrando los errores de los dos bandos enfrentados, nos encontramos con una Catalunya en la que, aún sin ser mayoría, hay casi dos millones de ciudadanos que no desean bajo ningún concepto seguir siendo españoles. Y nada se vislumbra en el horizonte que pueda hacerles cambiar de opinión, ni la apresurada propuesta, ni la superficialidad con que se ha emprendido, ni el incumplimiento de los pronósticos de los líderes, ni su imprevisión, ni sus posteriores actuaciones y contradicciones: Europa a nuestros pies, empresas disputándose un lugar en la economía, realidad de la República catalana una vez proclamada, implantación del paraíso terrenal o la sorprendente afirmación de que la declaración unilateral fue una invención del Estado.

¿Cómo se gobierna un país con un problema tan enraizado en la comunidad? Pues al parecer respondiendo con lo mismo, porque ni Rajoy ni sus partidarios cambiarán por reconocida universalmente que haya sido la mala gestión del líder, ni por la evidencia de que en contra de lo prometido sí hubo urnas y sí pudieron votar los catalanes, a pesar de carecer de garantías y de la lamentable e innecesaria actuación de las numerosas fuerzas del orden que intentaron evitarlo.

Rajoy, de facto el actual president de la Generalitat de Catalunya desde la aplicación del 155, sigue impertérrito buscando en la Justicia los nuevos modos legales de gobernar y castigar, convencido de que acabarán con el problema, al tiempo que ignora cualquier posible solución política: cuando en un alarde de generosidad se sacó de la manga una solución infalible y convocó elecciones se le olvidó prever qué ocurriría si el 21D ganaban los independentistas.

Y por si fuera poco, son infinitos los medios de comunicación que llenan los espacios siderales de banales noticias y pronósticos sobre Catalunya y sus habitantes tan tópicas que pocos catalanes, independentistas o no, entienden y menos aún se reconocen en ellas.

Y así estamos, sometidos a un estado de excepción y esperando que los dioses rebajen el entusiasmo independentista, aunque solo sea para no repetir una situación ya vivida y donde tanto en Catalunya como en el resto de España han resurgido con demasiada frecuencia aquellas macabras ideologías que añaden al desconcierto el miedo a un futuro peor.

En cuanto a que Catalunya, sea o no sea una nación, a mí me dice poco y no entiendo la diferencia entre serlo y no serlo. ¡Hay tantas definiciones de “nación”! Catalunya es lo que es, no lo que escribe y reconoce de ella la derecha o la izquierda, y no veo en qué puede mejorar lo que somos ni arreglar las múltiples dificultades que tenemos que seamos nación, comunidad, país o barrio.

No soy independentista, pero si un día acabara siéndolo, nunca sería “con estos ni de esta manera”. Tampoco soy excesivamente patriota, y aun así me parece indecoroso que en nombre del amor a la patria se haya sometido a Catalunya a un movimiento que la ha sumido en el ridículo y la humillación y cuyo único soporte no ha sido ni el conocimiento de la realidad, ni el debate, ni la solidez del proyecto, ni la previsión, ni una visión real del presente y del futuro, ni la legalidad, la justicia o la dignidad, y menos aún la verdad económica, política o histórica, sino solo el sentimiento inflamado de nuestro corazón.

Tal vez por esto creo que esta crisis, tal como la encaran las dos partes, no tiene mucha solución, no por lo menos a corto plazo. Los independentistas agarrados a lo suyo seguirán siendo bufanúvols (soplanubes, soñadores), y tanto el PP como C’s seguirán agarrándose a la legalidad que los protege, sin abrir los ojos a la realidad, desde donde podrían entender la crisis y, de interesarles, tal vez ayudar a solucionarla.

Pero no seamos megalómanos y comencemos por lo inmediato: oigamos lo que dicen los políticos, leamos sus programas y votemos con clarividencia y coraje. Y no estaría mal que unos y otros nos diéramos el gustazo de no votar a quienes centran sus aspiraciones en denigrar al contrario y a todas horas nos dan lecciones de honestidad: “Dime de lo que presumes y te diré de lo que careces”, dice un sabio proverbio.

Sí, este sería un buen comienzo, al menos para desintoxicar un poco el ambiente.

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