Artsenal, Humor Gráfico, Número 92, Opinión, Rosa Regàs
Deje un comentario

En casa del abuelo nunca hubo celebración

Por Rosa Regàs / Ilustración: Artsenal. Viernes, 9 de febrero de 2018

@rosaregas

El 18 de julio no tuvo importancia en mi infancia porque en verano quedábamos solo cinco o seis niñas con problemas políticos familiares. Las monjas seguían con sus rezos cantando al atardecer sus vísperas en la capilla, y nosotras no celebrábamos más fiesta que la de todos los días. Y si alguna vez pasábamos el 18 de julio en la casa de verano del abuelo, ni este día ni nunca hubo más celebración que los padrenuestros tras la comida por los que murieron, por los ausentes, y por los que tendrían que estar, seguidos de un inacabable silencio y la cara del abuelo cubierta con su máscara de tragedia.

Pero todo cambió cuando llegó nuestro padre del exilio porque aunque nunca nos contó nada de sí mismo ni de su paso por el campo de Argelés, de su vida oculta en París o de su regreso a Barcelona por la influencia del abuelo, que había estado en Burgos durante las guerras y en cuya casa vivía medio escondido y sin permiso para trabajar, no paraba de hablar de hechos y situaciones de tiempos, luchas y tragedias, y los hermanos lo escuchábamos embobados guardando en la memoria mil anécdotas de personajes famosos de la República y de la guerra que olvidábamos pero que aún aparecen de vez en cuando en breves latigazos de memoria. Algunas, sin embargo, forman parte de nuestro ideario, porque como ideario las oímos, nos cautivaron y las hicimos nuestras. Aprendimos que El Glorioso Alzamiento Nacional no fue el 18 de julio sino el 19, y no fue ni glorioso ni alzamiento sino un golpe de Estado ilegal contra la República, ni los años de la posguerra fueron de paz, sino de hambre, injusticia y terror, igual que la guerra no fue civil, es decir, nacional, sino internacional por la intervención de tropas, y armas, de Hitler y Mussolini, sin contar con los miles de moros que ayudaron al ejército subversivo y acabaron formando parte de la guardia personal del dictador. Mi padre, quizá para consolarse de su derrota, siempre estaba de buen humor y repetía que había venido al mundo a pasar el verano. Aun así, mi hermano Oriol recuerda emocionado en sus memorias cómo nunca hizo el odiado saludo fascista cuando todo el estadio en pie y brazo en alto cantaba el himno nacional.

En la mente torturada del abuelo no cabía el 18 de julio: lo trasladó al 25, día de Santiago, y le pidió a mi padre que a los postres leyera unos versos. Aceptó y ante el asombro de curas y escritores que celebraban con ellos la fiesta franquista disfrazada de religiosa, leyó en catalán, lengua subversiva, una balada que decía más o menos así: Sant Jau-me patró d’Espanya, / feu aclarir tot el món [San Jaime, pa-trón de España, aclarad el mundo entero]. (…) Y si cal que altre vegada / per podes donar la ma / a cavall de l’euga blanca / tornesiu a galopar, / no us hi penseu gens ni mica, / no ho deixeu pas per demá / treieu als moros d’Espanya / i aquell que els hi va portar. [Y si fuera preciso que para volver a ayudarnos, montado en la yegua blanca, volvierais a galopar, no lo penséis una pizca ni lo dejéis para más tarde, sacad a esos moros de España y al que los fue a buscar].

*****

Si te ha gustado puedes visitar nuestra página oficial de Facebook o Twitter.

@ARTSENALJH

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *