Deportes
Deje un comentario

El Brujo vuela alto

Por JLR / Real Sporting de Gijón. Miércoles, 28 de febrero de 2018

   Deportes

El Brujo no pudo conjurar el último hechizo, el que se lo llevó de la forma más cruel y para siempre. Un fallo cardíaco cuando conducía cerca de su casa acabó con la vida de Enrique Castro ‘Quini’, goleador, santo y seña del fútbol español, pichichi universal, icono del bacelonismo y sobre todo una buena persona, según cuentan quienes le conocieron. Los asturianos, sobre todo los aficionados al Sporting de Gijón, lloran por la desaparición de su mito más querido, su ídolo más admirado y glorioso.

La máxima esencia del fútbol son los goles, precisamente lo que Quini representó en grado máximo. A ello añadió Enrique de Castro González (Oviedo, 1949) un carisma arrollador que le ha convertido en una de las figuras más populares que haya dado Asturias a lo largo de los siglos XX y XXI. Independientemente de los colores de las camisetas que vistió, el concepto geográfico está perfectamente acuñado para quien, nacido en Oviedo y criado en Avilés, lideró en Gijón la época más brillante del fútbol asturiano a lo largo de su historia.

Con Cruyff cuando era jugador del Sporting.

Los datos avalan su leyenda. Ser cinco veces máximo goleador de la Primera División es una gesta a la que sólo pueden aspirar verdaderas estrellas de la talla de Zarra (lo fue en seis ocasiones), Di Stéfano o Hugo Sánchez. A esta cifra añadió Quini la consecución de otros dos entorchados como máximo realizador las dos temporadas que jugó completas en la categoría de Plata. Todo un hito para el fútbol español y todo un mito el asturiano. “¡Ahora, Quini, ahora!”, se convirtió en el grito más coreado de la más espléndida época sportinguista. Todavía hoy se escucha en las gradas de El Molinón en las tardes de domingo.

Como futbolista, Quini ha sido por encima de todo un hombre de club. De un lado, porque su contagioso entusiasmo adquiría el máximo valor en la continuidad del trabajo cotidiano, en el día a día en el campo, en el vestuario o en la misma calle. De otro porque, sin menosprecio de la selección nacional, fue precisamente en el Sporting y en el FC Barcelona donde más rendimiento lograron extraerle a sus virtudes goleadoras, axioma, como queda dicho, del fútbol y de su indiscutible valor como deportista.

Se da la curiosa circunstancia de que sus inicios en el Ensidesa y Sporting no fueron precisamente como delantero centro. Lo mismo le ocurrió también en el Barcelona. No obstante, en todos los casos el dorsal con el número nueve pasó pronto a su poder, porque se lo ganó en todos los casos por méritos propios.

Quini siempre mantuvo un continuo idilio con el gol. Su capacidad para desmarcarse, para jugar sin balón y para alcanzar la posición más ventajosa coronaban un innato instinto dentro del área contraria que aderezaba con unas dotes rematadoras portentosas.

Quizá porque en su familia los genes eran de guardameta (lo fue su padre y sus hermanos Jesús y Falo, y hasta él mismo llegó a actuar en juveniles como esporádico portero), Quini supo encontrar el antídoto para llevar el balón a las mallas contrarias. La realidad es que él también quiso ser portero, pero ejerció con responsabilidad de hermano mayor. Sólo hay un guardameta en cada equipo y si ocupaba él ese puesto, lo normal era que relegara a Jesús al banquillo. Jesús, el héroe que entregó su vida en el Cantábrico a cambio de la de un niño inglés al que ni siquiera conocía y al que salvó de morir ahogado.

Quini se distanció así de la portería propia, pero para acercarse a la contraria. Se convirtió en un experto en horadarlas. Dominó todas las artes del remate. Si bien no disponía de una cintura especial, le bastaba un gesto o una mirada para clavar sobre el terreno de juego al defensa contrario. Un descuido y ahí estaba Quini para rematar el gol. Siempre oportuno, puso de moda su famosa bolea, la bolea Quini, de las que hizo unas cuantas en El Molinón y cuantos campos visitó.

No era especialmente alto, pero eso tampoco era óbice para que de cabeza fuera capaz de amaestrar el balón a su antojo. No sólo dominaba Quini el lenguaje del área. Tras ayudar en tareas defensivas, sus arrancadas desde el centro del campo, con aperturas a las bandas, tenían siempre el objetivo de que el balón le regresara cuando hubiera alcanzado la cercanía de la portería rival. Los guardametas que tenían enfrente temían su brujería de delantero letal.

Su estampa de goleador al estilo clásico, con el semblante tenso y el brazo izquierdo elevando el puño al cielo, iluminan todavía el recuerdo del mejor goleador que ha tenido el Sporting en su historia y el mejor artillero del fútbol español desde Zarra.

De Llaranes a El Molinón

El poblado avilesino de Llaranes fue el primer escenario de los cortejos de Quini con el balón en Los Salesianos, su estreno como futbolista. En edad juvenil pasó a engrosar las filas del Bosco Ensidesa. Ya destacaba entonces por su facilidad goleadora, lo que tuvo la pronta recompensa de la selección asturiana.

El Ensidesa (Tercera División) corrobora su evolución y le incorpora a su primer equipo en la temporada 1967-68. Sin embargo, le sitúan como extremo izquierdo. La facilidad goleadora que había demostrado en las categorías inferiores pareció desvanecerse situado en la banda. No obstante, le surge la posibilidad de fichar por el Oviedo. Acompañado por su padre acude a las oficinas del club azul, donde le ofrecen actuar en el Vetusta. Era un momento clave que podía cambiar el rumbo de su vida, pero también la historia más inmediata del club… y del Sporting.

El Vetusta militaba entonces en Tercera División. Ya lo habían hablado antes en familia y su padre responde tajantemente: “Para jugar en el equipo filial del Oviedo, perfectamente puede hacerlo en el Ensidesa, que también está en la misma categoría y, además, en Llaranes, a la puerta de casa”.

La oferta del Oviedo se desvanece en su cabeza. Quini regresa a Avilés. Compagina las clases de ajustador en la Escuela de Aprendices de Ensidesa con el fútbol. Tiene demasiadas dudas y atraviesa por un mal momento. La vida le parece una encrucijada que le lleva a pensar incluso en la posibilidad de dejar el fútbol. Surge entonces la figura de su madre. Le anima continuamente, le repite una y otra vez que es el mejor, que nadie es capaz de pisar el área como él. Es la voz cálida que logra arropar hasta el más íntimo de sus sentimientos. Gracias a ella no se viene abajo, hasta que llegó lo único que podía aclararle las ideas y ponerle en el camino correcto: el gol.

Tras su fichaje por el FC Barcelona.

El Ensidesa se hace con los servicios del técnico Molinuevo, que le alinea como interior. Quini vuelve a marcar y a sonreír. Es ahora el Sporting quien pone sus ojos en él y el 9 de noviembre de 1968 ficha como rojiblanco. Pocas semanas después acude a los entrenamientos diarios con su hermano Jesús, que con 17 años ya había adquirido el puesto de guardameta titular en propiedad. Con los hermanos Castro también viaja Avilés Florín, el veterano capitán sportinguista. Es él quien los lleva a las instalaciones deportivas en su viejo 600.

Apenas mes y medio después, El Brujo debuta en Sevilla, el 22 de diciembre, ante el Betis, en partido de Liga de Segunda División. Una semana después, en El Molinón, ante el Racing de Ferrol, se estrena como goleador. Su caminar será ya tan arrollador como imparable. Nacía un ídolo, el más grande que jamás haya tenido el fútbol asturiano.

La campaña siguiente logra su primer “Pichichi” (Segunda División), el ansiado ascenso a la máxima categoría y el reconocimiento de una bien ganada fama de goleador, cimentada también en el plano internacional con los cuatro tantos que le marcó a Italia en el Campeonato de Europa amateur, en el que logró el entorchado con un equipo en el que también estaba su hermano Jesús Castro y los sportinguistas José Manuel y Herrero II.

 Larga vida como internacional

Al igual que le había ocurrido en los inicios de los demás equipos por los que pasó, la selección española absoluta permitió pocas veces a Quini disfrutar de la libertad que ofrece llevar el número nueve a la espalda. Así fue como se le llegó a encomendar hasta labores específicas de marcaje, como ocurrió ante Alemania Federal, en Sarriá, donde su misión fue anular a Beckenbauer. Extraña tarea para un goleador que, no obstante, cumplió a la perfección. Nunca defraudó.

Desde su debut como internacional absoluto, con 21 años apenas estrenados (el 28 de octubre de 1970, ante Grecia, en Zaragoza), hasta su última actuación con la camisola nacional, (el 2 de junio de 1982, ante Alemania Federal, en Madrid) pasaron más de 12 años, pero támbién una pléyade de magníficos futbolistas a los que sobrevivió y con los que compitió por un puesto en el mundo futbolístico (Arieta, Gárate, Quino, Marañón, Rubén Cano, Santillana, Roberto Martínez, Marianín, Dani, Clares, Pichi Alonso, Satrústegui…). Si discutible es que los seleccionadores no supieran sacarle el verdadero rendimiento a sus extraordinarias dotes goleadoras, de lo que no cabe duda es que durante aquel período fue el mejor rematador de la Liga española.

El palmarés internacional de Quini es admirable. Ha sido internacional absoluto en 35 ocasiones, nueve amateur (campeón de Europa) y una sub-23. Asimismo, ha disputado dos fases finales de la Copa del Mundo (Argentina-78 y España-82) y una Eurocopa de Naciones (Italia-82).

Los días amargos del secuestro.

También resulta extraordinario su palmarés tanto con el Sporting como con el Barcelona. Como rojiblanco fue dos veces campeón de Liga de Segunda División (1969-70 y 1976-77) y una subcampeón de Primera (1978-79). También con el equipo rojiblanco logró cinco veces el título de máximo goleador: dos en Segunda División (1969-70 y 1976-77) y tres en Primera (1973-74, 1975-76 y 1979-80). Como barcelonista, además de otros dos títulos de máximo realizador (1980-81 y 1981-82), único jugador azulgrana que lo ha logrado hasta ahora en su dilatada historia liguera, sumó una Recopa de Europa (1981-82), dos copas del Rey (1981-82 y 1982-83), una Copa de la Liga (1982-83) y una Supercopa de España (1983-84), además de ser una vez subcampeón de Liga (1981-82) y otra de Copa del Rey (1983-84).

A lo largo de su carrera, desde juvenil, disputó un total de 940 encuentros y marcó un total de 545 goles.

 Un antideportivo codazo

Al margen de otras de menor importancia y de dos luxaciones de codo, la lesión más grave que sufrió Quini se la produjo un antideportivo codazo de un jugador de Irlanda del Norte en la ciudad inglesa de Hull, en un partido que disputó con la selección española. Quini resultó con fractura del pómulo izquierdo. Aquel 16 de marzo de 1972 nunca se le podrá olvidar al sportinguista. El jugador vivió un calvario: el viaje de regreso, la operación, el postoperatorio y la recuperación tanto física como psicológica. Fueron muchos los que temieron que ya no volviera a ser el mismo en las canchas. Ese rematador valiente que nunca volvía la cara. Necesitó más de un año y de un gran esfuerzo y mentalización para lograrlo. Así llegó la temporada 1973-74, que devolvió al Sporting  al mejor Quini, quien pudo así saborear su primer Pichichi en la División de Oro.

Era el indiscutible líder del equipo y pieza apetecida por otros clubes de mayor potencial, pero el derecho de retención le mantenía ligado al Sporting. Fueron tiempos de polémicas declaraciones que, como siempre, solventó con la pócima de los goles en el siguiente partido que disputó en El Molinón.

Vuelve a probar la hierba amarga de la Segunda División, pero sólo durante una temporada. El nuevo retorno a Primera muestra a un futbolista que, además de como goleador, ha madurado como líder para ponerse al frente del equipo y escribir las páginas más importantes de la historia del club. El modesto Sporting pasa a ser uno de los grandes, al menos en el plano deportivo.

 Veinticinco días de secuestro

El derecho de retención había permitido a la afición rojiblanca disfrutar de los goles de Quini durante doce temporadas. Sin embargo, había impedido al jugador saborear otras glorias futbolísticas en un equipo de mayor relumbrón. El 9 de junio de 1980, en plena Eurocopa de Italia, Quini es traspasado al Barcelona por 80 millones de pesetas. Estaba cerca de los 31 años.

Apenas tarda unos meses en acoplarse al club y a la ciudad y enseguida se convierte en un ídolo para la afición azulgrana, que celebra alborozada una gran remontada que coloca a los culés a las puertas del título de Liga. Sin embargo, una noticia conmociona no sólo a los barcelonistas, sino también a todo el universo futbolístico: Quini es secuestrado.

Durante 25 días estuvo privado de libertad hasta que fue liberado por un cuerpo especial de la Policía en Zaragoza. Todavía con el rostro marcado por el encierro y con los ojos vidriosos por la tensión vivida, tuvo la generosidad de perdonar a sus secuestradores. “Daño personal no me hicieron. Sí en lo moral, porque estar 25 días en la situación que estuve no era normal para un ser humano, pero decidí no hacer nada en contra de ellos. Tuvieron un juicio y era la justicia la que tenía que juzgar, yo no era ni soy nadie para hacerlo. En la vida todos cometemos errores, algunos que se pueden perdonar y otros que no, pero hay veces que necesitas una segunda oportunidad. Ellos necesitaban dinero y se equivocaron”, llegó a declarar.

Cuatro temporadas actuó Quini en el club catalán, donde se ganó el respeto, la admiración y el cariño de los barcelonistas, que nunca le han olvidado.

Nuevas metas

El jugador tiene 34 años y la sensación de que el fútbol todavía no puede haberse terminado para él. El Oviedo, entonces en Segunda División, le ofrece un contrato, que puede ser el último de su carrera. Un contrato, pese a la categoría en la que milita el equipo azul, con muchos números, con muchos millones de pesetas. Pero tiene muy claro que si sigue en activo sólo puede ser para retornar a El Molinón.

Quini volverá a vestir la camiseta rojiblanca durante otras tres temporadas más. Ya no es un chaval, pero actúa con el ánimo contagioso de un juvenil y continúa hasta el último día dando clases del oficio de goleador que nunca ha olvidado.

Con la elástica de la selección durante un partido contra Alemania.

Abandonado el fútbol, tuvo la humildad de trabajar como comercial, hasta que definitivamente el Sporting le pidió su regreso al club para convertirse en el delegado del primer equipo, labor que ejerció con ejemplar dedicación en un doble trabajo: el de delegado y el de ser Quini, porque allá donde iba era requerido para una fotografía, un autógrafo o para un abrazo que nunca negó.

Quini, operado de un cáncer por dos veces en los últimos años, siguió goleando. Derrotó a una enfermedad que le había restado salud, pero que nunca logró arrebatarle la sonrisa.

Día a día, siguió impartiendo clases sobre cómo enfrentarse a las adversidades. Se convirtió en un catedrático del fútbol que entregó su ejemplar impronta a los más jóvenes, a los que enseñó, cuantas veces tuvo oportunidad de hacerlo, que el deporte es un vínculo de satisfacción y que nunca hay que dejar de luchar, porque en el empeño de cada uno está la capacidad de conseguir el logro.

Por esas jugadas maestras que dejó en la vida y no solo por sus goles fabulosos, Quini se merece el dorsal número 9, el del titular indiscutible, allá arriba, en el cielo.

*****

Si te ha gustado puedes visitar nuestra página oficial de Facebook o Twitter.

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *