Luis Sánchez, Número 92, Opinión
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El abrazo de la China

Por Luis Sánchez. Viernes, 9 de febrero de 2018

Luis Sánchez

(Con José Antequera y el resto de gurbitos)

Excepto el nombre, poco más queda de aquel legendario garito. Tal vez, la cortina negra del fondo –y tampoco estoy muy seguro–, que, como testigo húmedo, enjuga las lágrimas de un té con jengibre.

No lo han dejado nada mal; es más, me gusta el tono cálido que le han dado: esa luz suave, como suave es el movimiento de la camarera que atiende, a media voz, a los clientes del salón; la librería de la izquierda, con revistas, libros, tebeos e incluso con una libreta y bolígrafo, por si apremia la inspiración; las dos mesas rústicas, de roble, donde los parroquianos pueden jugar al ajedrez, a las damas, al go o a las cartas; el amplio sofá en ángulo; el mozo perchero; y hasta el armarito-expositor, con varios muñecos rotos, en justo recuerdo de los ángeles perdidos, todo ello dispuesto en un presente inconcluso mientras suena el bandoneón de Astor Piazzolla, los acordes de Franco Battiato o la voz de Laurie Anderson.

En aquella época —hace unos veinte años—, el local era el doble de grande y el ambiente, claro, no tenía nada que ver… Era una especie de cabaret. El abrazo de la China llegó a hacerse muy conocido en Madrid, sobre todo, por el espectáculo que ofrecía los sábados por la noche. Allí actuaba la que, tiempo atrás, había sido una muchacha de provincias, bien parecida, indefensa y de mirada lánguida. A cinco metros, con tres dioptrías y un coñac en el buche, jurabas ante el mismísimo Evangelio que era de la China; pero en la distancia corta, ya te percatabas de que sus rasgos orientales eran fruto jugoso del cuidado acicalamiento. Y aunque mantenía una hermosa estampa y una apariencia impecable, sacada, sin duda, del mundo de Suzie Wong, ya no era ninguna jovencita.

La China movía su grácil cuerpo torneado en la penumbra, provocando una corriente sinuosa que se desbordaba cuando, por el corte del vestido rojo furia, asomaba el ardor de un público ávido de novedades, exotismo y lascivia.

Pero la apoteosis llegaba después del número de baile. El maître le servía, en bandeja de lacado bambú, un puñal antiguo envuelto en paño blanco. Con el brillo líquido de la lengua, la China fundía el acero, y con devoto deleite se acariciaba los recovecos íntimos de la figura. Finalmente, colocaba el cielo de la hoja entre sus finos labios y, al respirar a corazón lento, conseguía sacar unas notas musicales. La merecida ovación no se hacía de esperar. Correspondía la China con una sonrisa, más por cortesía que por agradecimiento y, con el sudor de los aplausos, silbidos, piropos y alguna que otra grosería, abandonaba el escenario, dejando atrás la espesa humareda que desprendían los puros de importación y el rubio americano de contrabando. Pero el espectáculo todavía no había llegado a su fin. Los caballeros, con la tercera copa, recibían un boleto numerado para participar en el sorteo del abrazo… El afortunado cliente era acompañado por el maître hasta el camerino de la China. Los comentarios de los improvisados corrillos que se iban formando por las mesas eran lo que eran, y la curiosidad malsana disparaba turbios deseos y fantasías de ayer y de hoy.

Eso sí, pasara lo que pasase allí dentro, la China sólo pedía una cosa: absoluta discreción, aunque bien que era sabedora de la imposibilidad de mantener silencio total. Pero así, llegado un momento de apuro, siempre podría apelar a la “palabra dada” por un caballero.

El encuentro con la China duraba entre quince y veinte minutos, no más. Una verdad sí que puedo asegurar y es que no había ningún tipo de trato carnal. O bien se confesaban ellos o bien se confesaba ella (cuando hablaba la China, siempre lo hacía de la misma obsesión); pero, en cualquier caso, sólo eran palabras lo que abrazaba la piel.

Una noche de tormenta entró en el camerino un renombrado cirujano, el doctor López-Sarmiento, al que yo conocía de vista. Pero tardó en salir más de la cuenta. Y, al final, quien salió fue Lucía Domínguez, apodada la China: los ojos, fijos en el infierno; paso firme hasta la barra. Pidió una ginebra y, al coger el vaso, dejó una huella de sangre.

Primero decidieron vaciar el local y después llamar a la policía. Se llevaron a la China. La condenaron a más de 20 años de cárcel. Jamás volvió a saberse de ella: se la tragó la tierra, o quizás el cielo. Y todo por el bendito azar o el maldito destino, que quiso juntar para la ocasión el desperdicio de una juventud con el embarazo no deseado de Lucía, y el robo del recién nacido con el médico que firmó la defunción de su hijo.

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1 Kommentare

  1. empar landete bermell dicen

    La exquisita prosa de Luís , nos describe la macabra o cruda realidad, que tuvo que vivir la China , en un antro devorado por la neblina del tiempo, el cual ha sido restaurado en una cafetería-librería donde el sosiego de los libros y la música tenue y amable , han borrado las hechuras del pasado.

    Me ha encantado Luís, gracias amigo por este retazo del Abrazo de la China.

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