Aitana Castaño, Número 92, Opinión
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Miedo

Por Aitana Castaño. Viernes, 9 de febrero de 2017

@Sairutsa

“Entraba en el despacho. Cerraba la puerta con él y yo dentro… Y yo me quería morir”. Me decía una de las víctimas. Y las demás asentían.

Escuchar hablar a mujeres dañadas en lo más profundo de su ser por abusos crea un vacío en el estómago que de repente se llena de rabia, y a veces también de asco, de mucho asco.

Varias mujeres victimas del mismo acosador se reunieron conmigo un día en una cafetería para denunciar los abusos, vejaciones y acosos a los que las sometía su jefe, un hombre poderoso. Querían hacerlo público y contar la situación en la que estaban viviendo (en algún caso desde hacía años). Pero una de las víctimas no tenía claro lo de sacar el tema en prensa. Porque tenía miedo. Mucho miedo. Y por eso habían decidido hablar conmigo, a ver qué pasaba… A ver cómo podíamos enfocarlo. Sin compromisos. Sin miedo.

Su historia, entonces, se dilucidaba ya en los juzgados y ellas estaban por aquellos días sometidas a todo tipo de reproches, ya no solo del susodicho señor (un hombre con poder, insisto en ello) también de abogados y familiares del hombre. Había mucha presión.

Por supuesto, nosotros, no íbamos a publicar la historia si una de las mujeres no quería. Estaba claro. Así que hablamos durante largo, largo, largo rato.

“Tenemos que pensarlo”, fue la respuesta final.

“No pasa nada. Lo pensáis y con lo que sea me decís. Estamos aquí para lo que necesitéis”, les dijimos al final, para despedirnos con un abrazo fuerte. Lo peor de todo es que tal parecía que eran ellas las que me consolaban a mí.

Así que después de escucharlas, de escucharnos, con un café en la mano que no pudimos terminar y el estómago lleno de rabia y asco quedamos a la espera de una llamada.

No tardó en producirse.

Al día siguiente.

“Adelante. Puedes publicar la historia”.

Me sorprendió.

No lograba saber qué había hecho cambiar de opinión a la víctima que se negaba a salir en la tele. Le mandé un wasap. Tampoco su respuesta tardó:

“Nada de lo que pueda pasar una vez se haga pública nuestra historia será peor ni podrá darme más miedo que lo que me daba cuando entraba en el despacho y cerraba la puerta con él y yo dentro. Me quería morir”.

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