Humor Gráfico, Luis Sánchez, Luis Sánchez, Número 90, Opinión
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Punto final

Por Luis Sánchez. Viernes, 12 de enero de 2018

Luis Sánchez

Cuando eres veinteañero (eres inmortal) vas a 200 por hora, aunque no sabes muy bien adónde te diriges; cuando has cumplido los sesenta, ya sabes adónde vas (la constancia de los años), por eso no tienes prisas: el final que vislumbras es ineludible.

La peor condena de esta vida es acabar tus noches tirado como un despojo, morir rabiando. En El País Semanal, número 2.146, leo la bochornosa noticia de que en Estados Unidos –¡el país más poderoso del mundo!–, los pacientes que padecen linfoma de Hodgkin (un cáncer de sangre) tienen una esperanza de vida del 35%, mientras que en Europa es del 80%. Es obvio que no hablamos del desarrollo de la ciencia, sino del puto dinero, de si te puedes pagar o no el costoso tratamiento; en definitiva, hablamos de un derecho fundamental, inalienable, hablamos de la medicina pública (para todos) frente a la medicina privada (para unos pocos). Una observación: el cáncer, como el capitalismo, no es más que crecimiento descontrolado (sobreproducción).

Y ya instalados en Europa, detengámonos a ver, por ejemplo, de cuántos desfibriladores disponemos (aparatos para la reanimación del paro cardiaco): en Francia, 100.000; en Alemania, 80.000; en Reino Unido, 50.000; y en España, 10.000. Sin duda, los recortes en sanidad llegan a matar (¡por 4 minutos!). Eso, para que, después, te digan que la política nada tiene que ver con el discurrir de la vida cotidiana: ¡conviene afinar el voto en las elecciones! Despreocuparse del bien común es renunciar a la parte de bienestar que te corresponde como ciudadano. Y menos mariposeo de lacitos de color y más firmeza para exigir políticas que inviertan en sanidad, servicios sociales e investigación.

La importancia de la muerte radica no sólo en que pone punto final a una vida y la cierra, sino en que le da sentido, y desde ahí, desde la muerte, puedes explicar toda una vida. Es el caso de quien lucha por unos ideales y entrega su vida por una causa noble. Es como el final de una historia: puede acabar bien o mal; pero debe acabar de la mejor manera posible (la coherencia). De este modo, la persona descansará en paz, pues habrá cumplido su destino.

“La vida no vale nada si no es para perecer…”, que cantaba, entre otros, la hermosísima y, ahora, olvidada Soledad Bravo. En varias décadas, hemos pasado de la utopía (el gran anhelo) a la distopía (el anunciado porvenir). Y es que, en la actualidad, el neoliberalismo ha barrido de la mente de muchísimas personas este tipo de ideas, y hablar de cualquier asunto que no implique un beneficio económico, resulta ofensivo, desafiante y… ¡hasta subversivo! La muerte es un tabú, porque espanta; pero los seguros de vida, no (¡son un negocio!).

Hace poco, mientras me tomaba un café en la terraza de un bar, escuché la conversación de unos abuelitos que estaban sentados a mi espalda. Uno de ellos, entre risotadas, comentó: “Ahora que ya sabemos de qué va esto, ahora nos tenemos que ir para el otro barrio. ¡Esta es la jodienda!”. ¡Sí, qué absurdo!, me dije. Días después estuve reflexionando sobre el asunto hasta que caí en la cuenta. ¿Y por qué no le damos la vuelta a la tortilla? ¿Y si la vida no consistiera más que en eso: en realizar nuestra misión, en representar nuestro papel? Una vez hemos cumplido, se acabó la función. He aquí una vida plena. Y, ahora, un recordatorio: la generosidad ahuyenta el temor a la muerte (y pasar el testigo, también).

¡Ah!, y nada de síndrome de Peter Pan (negarse a crecer) ni de gerascofobia (negarse a envejecer). Hay que lavar las heridas. La ideología dominante está empeñada en meternos miedo –nos quiere infantilizados– y no dejarnos madurar (el despertar de la conciencia). Si sabes quién eres, sabes lo que quieres; el resto es cuestión de estilo (o no).

Aún no había cumplido los cinco años y la vida ya me había dado más hostias que a un tonto: fallecimiento del padre; pobreza; cambio de casa; operación de anginas y una semana después, el subcrup; pedrada de un niño que, por los pelos, no me vació un ojo (sólo me partió la ceja); enfermedad genética rara; tristeza; inseguridad; miedo; una soledad inmensa… Aunque gracias a esa solitud sentí la necesidad de concebir un mundo mejor.

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