Humor Gráfico, Luis Sánchez, Luis Sánchez, Número 91, Opinión
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Estamos en cinta

Por Luis Sánchez. Viernes, 26 de enero de 2018

Luis Sánchez

El neoliberalismo, con su implacable globalización –un hombre, un globito: uniformidad, pensamiento único–, ha convertido el planeta Tierra (un jardín) en una inmensa fábrica: un espacio de máxima explotación (EME, y eme, también, de mugre).

En una fábrica, la cadena de montaje es fundamental, sin ella no habría producción en serie eficaz (¡bien que lo sabía Henry Ford!). Y ocurre algo similar en otros ámbitos de la vida. Al lado de la caja registradora de un supermercado hay una cinta transportadora; en una planta de envasado, con mayor razón; y hay una cinta de andar (y de correr) en el gimnasio, como la hay para desplazarse por los aeropuertos o estaciones de ferrocarril (¿personas o maniquíes?). Lo curioso es que, a nivel simbólico, pasa lo mismo.

Corría el año 1978 o 1979, cuando un compañero de Filosofía que había regresado de una corta estancia en los Estados Unidos de América, nos comentaba, alarmado, que allí la televisión no metía ningún corte o señal de separación entre la película que emitía y la publicidad que la acompañaba; de tal modo que si, en un momento dado, agachabas la cabeza para rascarte el pescuezo, cuando levantabas la mirada, ya no sabías muy bien si aquellas imágenes que tenías delante de ti pertenecían a la película que estabas viendo o a un ocurrente anuncio publicitario. Aquello era todo un mismo continuum, una cinta continua en la que todo estaba junto, pegado… Ya todo era lo mismo, todo era igual (la misma valoración; pero a la baja). Unos cuantos años después, aquello empezamos a verlo aquí. Y, ahora, nos parece tan normal (se ajusta a la norma y sirve de norma); nos hemos acostumbrado a la confusión: la hemos aceptado.

Hasta la fecha, la publicidad te tocaba el bolsillo; ahora queremos tocarte el corazón para llegar mejor a tu bolsillo. Sí, porque ahora construimos relatos que funcionan –te contamos una historia seductora–, y así te vendemos mejor nuestro producto, ¡y olvídate de la vieja literatura, de la ficción analógica!

Y no sólo eso, sino que como, en los contenidos de los telefilmes, la carga ideológica es cada vez más sutil y sofisticada, cada vez somos más vulnerables. Un ejemplo: crees estar viendo una inocente película para pasar el rato, cuando, en realidad, estás sumergiéndote en un estilo de vida (hábitos y valores) en el que, en vez de ocupar el lugar que te mereces, ocupas el sitio que te han asignado con arreglo a una jerarquía social determinada.

Pero el asunto no acaba ahí. Con la televisión, el enemigo se instaló en tu hogar; con el teléfono móvil, el enemigo te acompaña las veinticuatro horas del día; y con las gafas de inmersión virtual, el enemigo acabó colándose en tu mente. Sí, demasiada tecnología y poco humanismo. Recuerda: el enemigo –la ideología dominante– no te abandona nunca; te quiere sumiso y controlado, te quiere predecible, te quiere rentable (¡los datos!).

En las redes sociales, la cinta opera a pleno rendimiento: una cadena de noticias (y asuntos cualesquiera) sin principio ni fin, y en la que todo es equivalente; en el mismo anaquel te encuentras el ofensivo disparate de un gaznápiro y la sensatez de un hombre lúcido, la mera opinión de un hombre simple y la fundada razón de un especialista. Todo se disuelve ya en un mar de excesos, de saturación y de desquicio. Una realidad líquida,  insegura, impactante, que pasa a gran velocidad, te aturde, te impide reflexionar y te elimina la memoria. Usar y tirar. “¡Vamos, vamos, que nos vamos!”. Es una democracia de opinión (democracia formal y no real), donde cualquiera puede opinar sobre esto o aquello, incluso con malas maneras (la “ignorancia agresiva”, en palabras de Salman Rushdie), y, claro, se oye cada estupidez… Y ese perverso gusto por la equivalencia se detecta hasta en el ámbito docente. En una carrera universitaria como Comunicación Audiovisual (ni es carne ni es pescado), todo aparece nivelado en el mismo plano: oratoria, periodismo, vídeo, cine, márquetin, publicidad… Todo, reducido a simple comunicación. ¡Cómo me acuerdo de la película de Michael Haneke, La cinta blanca (2009)!, en la que, como inaplazable tributo a la memoria histórica, reflexiona sobre los componentes educacionales de unos niños que de mayores formarían los principales cuadros de mando del nazismo.

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1 Kommentare

  1. Encarna dicen

    Me ha encantado. Maravilloso como de costumbre

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