Francisco Saura, Número 91, Opinión
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El molino de Garre

Por Francisco Saura. Viernes, 26 de enero de 2018

Francisco Saura

El molino mueve el viento. Es un molino harinero del siglo XIX en el Campo de Cartagena, en Balsicas. El viento es extraño, huele a cambio, sabe a cambio y parece nacer de la veleta, leve al principio, agitando las torres más altas al alejarse, al fondo el Cabezo Gordo, y los cultivos y los almendros y tal vez el fin de los tiempos para una clase política que declina en el horizonte emitiendo apagadas luces azules.

Mientras tanto, los metafísicos hablan de metafísica y los historiadores de historia. Con la primera nunca comimos, con la segunda dibujamos líneas rectas para que las palabras no se tuerzan, que los sueños se torcieron hace mucho y algunos duermen a orillas del Aar y otros observan los restos de un arrabal árabe y mueven la cabeza, y niegan con la cabeza. El silencio de los pasillos y en medio un patio y unas palmeras que callan los secretos del lugar. Están insonorizando la sala de prensa –dicen–, que hay mucha gente ruidosa, muchos mataos como se dice ahora. ¿Cuando se torcieron los sueños?, ¿cuándo la obediencia se hizo pesada y ya es un cuerpo inerte, insoportable? Es terrible la calma chicha, las hojas inmóviles, el cielo siempre azul e imperturbable. Es terrible que la historia no pasara por estos lugares, que se detuviera en algún lugar indeterminado, horrorizada ante los políticos que anunciaban las uvas en Madrid después de un corto viaje en AVE desde la ciudad del Segura.

El molino mueve el viento. Es un molino cartagenero, en Balsicas. Alrededor la tierra, almendros, limoneros, invernaderos. Es un viento que anuncia la decadencia, que tiene el frescor de la aurora, que sabe a rocío; es un viento que nace y se convierte en huracán, es un viento que habla del regreso de la política con mayúscula, del sentido común. Mientras tanto, los rapsodas rememoran la nada: el aeropuerto, la desaladora, el AVE, la criminalización de la Plataforma prosoterramiento, pero sus estrofas huelen a naftalina y las rimas están momificadas. ¡Esa canción, esa canción!. La escuchamos cuando éramos adolescentes, la repiten en la edad adulta. Habrá que abrir las puertas y ventanas, airear los palacios y los edificios de inspiración neocentista. Habrá qué, habrá que…

2019.

Hay un molino cerca de Balsicas. Alguien pensó que anunciaba ruina y decidió derribarlo. Tal vez mientras contemplaba el Aar desde el sombraje de los árboles pensó en los retoños que brotaban de sus zapatos, en la hierba que se enredaba en sus zapatos, en las sombras que oscurecían algunos momentos de su pasado. Pero aquel molino se construyó en 1848, la era de las revoluciones burguesas, la historia heroica de un París azotado por el vendaval de las pasiones políticas, un molino de harina, en el horizonte la lanza de don Quijote sobre la manchega llanura.

El molino que mueve el viento, que anuncia la ruina en el cálido mayo de 2019. Un molino y un hombre de casi sesenta y seis años que contempla el paisaje de Balsicas. ¿Y quién podría decir que el huracán amenaza con tumbar los grandes árboles que enraizaron en Murcia a partir de 1995?. Un huracán que comenzó como brisa en el molino harinero y ahora provoca pesadillas en las noches blancas de la política. Esperemos pues que amaine la tempestad y contemplemos el nuevo paisaje.

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