Ben, Editoriales, Humor Gráfico, Iñaki y Frenchy, L'Avi, Número 90
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Editorial: De ladrones, incompetentes y payasos

Ilustración: L’Avi / Iñaki y Frenchy / Ben. Viernes, 12 de enero de 2017

   Editorial

La  política en los tiempos de la posverdad se ha convertido es un refugio para personajes singulares, por decirlo de alguna manera. Si miramos a nuestro alrededor, notaremos que abunda el político que sueña con hacer carrera como culminación a su currículum y a su sueño de ambiciones y riquezas pero que no sorprende por una inteligencia fuera de lo común. La figura del estadista se ha perdido, ya apenas quedan servidores públicos honestos dispuestos a dar lo mejor de su talento para mejorar la calidad de vida de sus paisanos y en no pocas ocasiones se impone uno de los tres perfiles que proliferan en los pasillos de palacios, cancillerías y ministerios de todo el mundo: el delincuente de guante blanco, el torpe incompetente sin condiciones para gobernar o el payaso chiflado. Personajes como Donald Trump en Estados Unidos, Kim Jong-un en Corea del Norte, Vladimir Putin en Rusia, Nicolás Maduro en Venezuela y tantos otros casos (sin olvidarnos de nuestro Mariano Rajoy, un registrador de la propiedad que bien podría ingresar en el segundo grupo, el del pelotón de los torpes) demuestran que la mediocridad se ha instalado definitivamente en el poder.

En esta última semana hemos podido asistir con estupor a varios casos que confirmarían la tesis de este artículo editorial y que no es otra que estamos en manos de ladrones, incompetentes o payasos. Rodrigo Rato, el superministro de Aznar, el autor del milagro económico español, un hombre al que todo el mundo veneraba por su genialidad con los números y las matemáticas, ha tenido que comparecer esta semana en el Congreso de los Diputados para explicar la chapuza en la gestión del sistema financiero español que nos arrastró irremediablemente a la histórica recesión de 2008 de la que aún no nos hemos recuperado del todo. El caso de Rato, que llegó a dirigir los destinos del Fondo Monetario Internacional, es paradigmático de ese político idolatrado por todos tras cuya máscara no se esconde más que un tramposo que estaba en la función pública para llenarse los bolsillos, tal como demuestra la sentencia de las tarjetas black, que lo condena a cuatro años de prisión por apropiarse indebidamente del dinero de los clientes de Bankia.

“¿Sabe cuánto perdieron los inversores privados durante la crisis? Cien mil millones de euros. Eso no es saqueo, amigo, es el mercado”, dijo bravuconamente el otrora superpoderoso ministro y hoy superpatético delincuente de guante blanco mostrando su lado más arrogante y altivo y acusando a sus compañeros del PP de haberle traicionado. Ni una sola muestra de arrepentimiento, ni una sola palabra para pedir perdón a los españoles por todos los desmanes cometidos en la banca bajo su sórdido mandato. La tragedia de Rato, símbolo de la gran estafa ibérica, es que quiso pasar a la historia como la mente económica más preclara y prodigiosa de su tiempo y al final va a quedar como un carterista de baja estofa, un pillete que se fundía ansiosamente los fondos de los ahorradores, un charlatán de feria que llevó a todo un país a la bancarrota más terrible que se recuerda. Al mismo tiempo que el señor Rato nos daba lecciones de macroeconomía él se pulía alegremente hasta 100.000 euros con su black. Al mismo tiempo que los españoles pagaban de su bolsillo los 77.000 millones de euros para el rescate de la banca él se subía el sueldo hasta niveles estratosféricos y se ponía a remojo entre yate y yate y hacía del caviar carísimo su mejor afición. Afortunadamente, aunque el señor Rato sigue metido en el papel de dios del dinero, ya nadie cree en él, ya todo el mundo sabe que no es más que un dilapidador, un maestro del pillaje y la rapiña, alguien que anteponía su avaricia sin límites y sus ambiciones personales al interés general de una nación. El ex superministro convicto y confeso ya no engaña a nadie. Ha pasado de Rato a raterillo. La gran pregunta es: si el magnate americano Madoff terminó en la cárcel y sigue pagando por sus delitos, ¿por qué este personaje sigue suelto y sacando pecho por ahí?

Pero es que apenas unas horas antes de la comparecencia de Rodrigo Rato, la gran nevada que cayó sobre España el día de Reyes y que dejó tirados en la carretera durante 20 horas, y bajo el hielo, a más de tres mil de personas, puso al descubierto la ineptitud de algunos de nuestros dirigentes, desde el ministro del Interior, Juan Ignacio Zoido, hasta unos cuantos directores generales, pasando por colaboradores, asesores, cargos intermedios, recaderos y gentes de panllevar, toda la fauna que forma la extensa y súperpoblada burocracia española. La gota que colmó el vaso fue la declaración del director general de Tráfico, Gregorio Serrano, quien trató de quitarse el muerto de encima alegando que él no era el culpable de la chapuza en la gestión porque estaba de vacaciones con su familia en Sevilla. Naturalmente, y como era de esperar, su argumento encendió la redes sociales y el hombre se vio obligado a rectificar, aunque no sin cierto mal gusto y bastante desprecio hacia el ciudadano, al alegar: “Pido disculpas a todos los que estén molestos porque la tarde de la tremenda nevada sobre la AP-6 estaba con mi familia en Sevilla pasando el día de Reyes, una maravillosa ciudad donde funcionan las líneas telefónicas e internet”. Más de tres mil vehículos bloqueados en la carretera, cientos de personas atrapadas durante 20 horas en las autopistas como ratoneras, el caos, el desmadre, y el sindiós nos volvieron a confirmar que lamentablemente estamos en manos de ineptos, torpes e incompetentes. Año tras año, los ciudadanos españoles tenemos que soportar que una simple nevada –no una bomba ciclogenética ni un violento temporal americano, sino una helada de las de toda la vida–, colapse un país entero. La situación resulta intolerable en una sociedad que se dice avanzada y alguien tendría que pagar de una vez por todas con una sonora dimisión por tanta incapacidad. Ahora vendrá lo de siempre: las exasperantes comisiones parlamentarias de investigación que no servirán para nada, las ruidosas trifulcas entre políticos marrulleros, las inadmisibles excusas de los responsables de la DGT, que tratarán de echarle la culpa a los conductores por no llevar cadenas, un termo y una mantita en el maletero. Y lo peor de todo: el silencio administrativo vergonzante de unos concesionarios de autopistas que son auténticos cuatretros, asaltacaminos y bandoleros de serranía que nos roban a punta de pistola cada vez que pasamos por el peaje y que a la hora de la verdad, a la hora de la nevada, se lavan las manos impunemente para que sea la Guardia Civil la que se coma el marrón, en este caso el blanco de la nieve. Si la altura de un país se mide por la previsión con la que sus gobernantes reaccionan ante las catástrofes, España sin duda sigue siendo un Estado enano. Afortunadamente siempre hay profesionales como los de la UME que se remangan y sacan a las víctimas del atolladero de hielo e ineptitud en el que caen por culpa de sus políticos. Lo de este año ya está resuelto, las carreteras expeditas de nuevo. Hasta la próxima nevada de incompetencias. Ancha es Castilla.

Y por último llegamos al tercer prototipo de político que abunda en los tiempos cibernéticos de la posverdad: el payaso, el actor, el clown. Fuego y Furia: Dentro de la Casa Blanca de Trump, el polémico libro del periodista Michael Wolff, está siendo un terremoto político en Estados Unidos. En sus páginas nos encontramos la verdadera personalidad del hombre que dirige los destinos del mundo a golpe de locura y tuit. Según se desprende del libro, Donald Trump nunca creyó que podía llegar a ser presidente del Gobierno, solo buscaba publicidad para abrir un canal de televisión. Hasta él mismo se sorprendió cuando los americanos le dieron el voto y desde ese momento le temblaron las piernas y “parecía un fantasma”, tal fue el canguelo que le entró. Los primeros días en la Casa Blanca se los pasó recluido en su habitación, bajo llave, como un niño asustado, y pidió que le instalaran dos televisores para ver la Fox. A lo largo del libro, corrosivo como cien litros de ácido sulfúrico, Wolff airea los contactos del magnate con los espías rusos, algo que su exasesor Steve Bannon califica de “antipatriota” y “traición”. Lo peor de todo es que sus ayudantes tienen que esconderle el maletín nuclear a todas horas porque el presidente da muestras de serios desequilibrios mentales y una obsesión enfermiza con el botón rojo. Es decir, Trump es lo que parecía: no solo un bufón, sino un maníaco peligroso, un tipo que no está en sus cabales. En su vida familiar se comporta como un auténtico déspota. Suele referirse a su esposa Melania como “un trofeo” y el día de la toma de posesión la abroncó duramente en público porque ni un solo famoso había querido acudir a la investidura. Todo Hollywood huía del ricacho enloquecido como de la peste. Trump es un tremendo mujeriego y durante la campaña electoral se agravó su condición de sátiro acosador. Según uno de sus asesores, el líder del mundo libre es “tonto como la mierda” y otro lo califica lisa y llanamente de “bobo”. Trump, como no podía ser menos, ha intentado que el libro de Wolff no saliera a la venta pero no lo ha conseguido. El emperador que por momentos recuerda a aquel Calígula chiflado que quiso nombrar cónsul a su caballo ha quedado desnudo ante todo el mundo. Y sus vergüenzas son como para echarse a reír. O a temblar.

Pues así están las cosas. Es lo que hay. Allá donde no gobierna el mangante corrupto de turno lo hace el necio, y si ambos fallan no se preocupen, que siempre habrá un actor dispuesto a ponerse la careta y a interpretar el papel entre bufonadas e histrionismos. Como suele decirse, que Dios nos coja confesados.

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IÑAKI Y FRENCHY

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L'Avi

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