Ada Colau, Número 91, Opinión
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Caso Palau

Por Ada Colau. Viernes, 26 de enero de 2018

@AdaColau

Una sentencia que culpa a toda una organización política. La Gürtel de Convergencia. Una sentencia que demuestra que CDC gobernó durante años engañando y estafando a los catalanes. Haciendo trampas en las elecciones. Igual que hizo el PP durante los mismos años engañando y estafando a todos los españoles.

24 horas después de hacerse pública, ni un mea culpa, ni un “perdón”, ni una dimisión… nada. Artur Mas (¿el “M punto Rajoy” de toda esta trama? Cuesta creerse que “no sabía nada”) dice que “Convergencia ya ha pagado el precio más alto que se puede pagar: desaparecer”. Y se queda tan ancho. Parece que ha descubierto la receta para pagar “la pena más alta en un delito”: cambiar de nombre. Visto así, cualquier delincuente podría cambiar de nombre y que juzguen al “otro”. “Desaparecer” es, según el “honorable” ex president, lo más duro que le puede pasar a un partido que, curiosamente, aunque con otro nombre, mantiene su plana mayor y puede hasta volver a gobernar Catalunya. El PP podría tomar nota y, simplemente, desaparecer bajo otro nombre.

Gürtel y Palau son caras de la misma moneda. De un sistema que se retroalimentaba, se tapaba, se “permitía”… hasta que se les fue de las manos. Y que tenía un único objetivo: mantenerse en el poder a cualquier precio, utilizando el patriotismo como bandera.

Lo que ahora debemos exigir es que además de las “consecuencias jurídicas” lleguen las consecuencias políticas. Los responsables políticos no pueden quedar impunes. Porque la corrupción NO es un mal menor ni un daño colateral. Cuando ya no son “personas” sino partidos los imputados, juzgados y declarados culpables, es que el sistema no funciona.

Desde Barcelona en Comú llevamos años insistiendo en la importancia de la lucha contra la corrupción y en nuestra profunda convicción de que es necesario crear sistemas transparentes y mecanismos que no sólo destapen a los corruptos sino que prevengan y hagan imposible la corrupción. Hay que crear una cultura de la transparencia. En Barcelona hemos impulsado, en dos años, medidas valientes contra la corrupción precisamente de la mano de Joan Llinares, uno de los hombres clave a la hora de destapar el caso Palau. No son sólo ideas, ni promesas. Son medidas concretas que ya están funcionando, empezando por un buzón totalmente anónimo, para que quien tenga conocimiento de alguna corruptela pueda denunciarla sin miedo, o un presupuesto abierto que todo el mundo puede consultar en una página donde colgamos hasta la última de las facturas: no hay ni un euro del presupuesto público al que no se le pueda seguir el rastro. Hemos abierto investigaciones en zonas que otros mandatos habían mantenido especialmente opacas y hemos aprobado un Código de Conducta para los altos cargos mucho más exigente que el que tiene la Generalitat o el Congreso. Así se demuestra si la voluntad política es real o mera palabrería.

No me cansaré de decir que no podemos acostumbrarnos a esto. Que debemos, como ciudadanía, estar atentos, exigentes, pedir mecanismos claros, más trasparencia y que se llegue hasta el final en cualquier caso que implique utilizar el dinero público en beneficio privado o partidista. Porque ese dinero es de toda la ciudadanía, y lo necesitamos para atender las necesidades no cubiertas.

Sí, se puede acabar con la corrupción. Pero para ello hay que echar a los corruptos de nuestras instituciones.

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