Humor Gráfico, L'Avi, Lidia Sanchis, Número 90, Opinión
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Bocados de realidad

Por Lidia Sanchis / Ilustración: L’Avi. Viernes, 12 de enero de 2018

@AviNinotaire

Por primera vez en mi vida en vez de alumna he sido profesora y este hecho singular ha marcado un antes y un después en mi trayectoria profesional. Soy consciente de que he empezado este artículo recurriendo a tópicos y palabras manidas contraviniendo algunas de las recetas que les di a mis alumnos para que fueran capaces de realizar un comentario crítico sobre un texto expositivo-argumentativo: el escritor, el articulista, tiene la obligación de atrapar al lector desde la primera línea, y no lo hará si recurre al viejo ‘un antes y un después’. Pero a veces las palabras no son suficientes para expresar lo que uno siente y tiene que echar mano de lugares comunes. A esos chicos y chicas de 13, 14, 15 y 16 años con los que he compartido tres semanas también les expliqué que el periodista, a veces, utiliza la tercera persona gramatical quizá para intentar ser más objetivo, quizá por pudor. Por eso yo utilizo hoy la primera persona: porque no quiero ser objetiva ni que ningún recato confiera un uso desviado a mis palabras. Pensé que iba a enseñar y la que ha acabado aprendiendo he sido yo: lecciones de realidad, la educativa y la de la vida. Por ejemplo, ¿cómo enseñar lengua a un adolescente que tiene a su padre encerrado en la cárcel de un país lejano, padre del que lo separa no solo un océano sino un abismo? ¿Cómo explicar el sintagma nominal a una muchacha que a sus pocos años tiene que ocuparse de sus hermanos pequeños? ¿Cómo hacer entender el estilo directo e indirecto a unos chavales que viven acogidos por sus tíos? L. me confiesa que, a sus 14 años, bebe alcohol de vez en cuando para relajarse, dice, aunque sé que quiere decir para evadirse, para eludir su dura situación de madre y padre ausentes. R., de 13, me manifiesta su intención de empezar a fumar pronto costo, maría, chocolate, mandanga o cualquiera de los nombres bajo los que se oculta el demonio de la droga. H. me revela que su padre, con el que vive, apenas le dirige la palabra: “Sube, baja, vete, ven”. Como a un perro, un cachorro hermoso de pelo claro y futuro negro. Estas son apenas unas pinceladas de lo que me he encontrado en unas aulas de un instituto normal, de una ciudad normal, de una sociedad normal. Si es que se puede considerar “normal” al hecho de cargar de una manera total a los docentes con la responsabilidad de educar a nuestros hijos. Porque uno puede estar más o menos preparado para enseñar –matemáticas, ciencias, inglés o castellano–pero ¿quién lo está para educar? ¿A cuántos maestros y profesores se les está exigiendo ser psicólogos, médicos, pedagogos, logopedas, abogados, jueces, orientadores sexuales, hermanos mayores, padres y madres? Yo se lo diré: a todos. Lo inaudito es que la mayoría de ellos responde a esa exigencia. Que nadie me hable de valientes de calzón rojo y rayos X en los ojos: para mí, los verdaderos héroes son los maestros y profesores, capaces de salvar a algún adolescente de una caída desde el precipicio. Quizá solo a uno. Lamentablemente, quizá solo a uno.

Las leyes educativas de turno, sin ir más lejos la última, la LOMCE, repiten en sus prefacios que el aprendizaje en la escuela debe ir dirigido a formar personas autónomas, críticas, con pensamiento propio; que todos los alumnos y alumnas tienen un sueño y que todas las personas jóvenes tienen talento. Pero a veces ese sueño se limita a que alguien les dé un abrazo y les hable con cariño. Y ese talento se marchita como un corazón expuesto al sol por la falta de medios de la familia. A veces, por la falta de la propia familia.

La adolescencia es un periodo crucial de la vida, del que casi nadie sale indemne. En algunos casos, el dolor de esos años es tan desgarrador que uno piensa que podrá calmarlo si se corta la piel y la carne con una gillette y ve cómo mana la sangre. O si bebe y se droga hasta el punto de perder la consciencia. O si se estampa con la moto contra un árbol. Lo he visto. Lo sé. Y todo ese dolor y ese (en el mejor de los casos) desasosiego lo ponen las leyes, los legisladores, los padres, la sociedad, en nuestras manos. Bueno, en las mías, no, que solo he sido profesora durante unos días y me he sentido como una intrusa ante ese batallón de ángeles de la guarda que son mis compañeros. Créanme si les digo que han sido las tres semanas más estimulantes de mi vida: no he enseñado nada, pero lo he aprendido todo.

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L'Avi

@AviNinotaire

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