Número 91, Opinión, Susana Gisbert
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Agridulzura: las dos caras del triunfo

Por Susana Gisbert / Viñeta: Viernes, 26 de enero de 2018

Susana Gisbert

El mundo del espectáculo vive entre el yin y el yang. O entre la cara y la cruz de la moneda. Todo son parabienes cuando la obra es un éxito, alfombra roja, premios y parafernalia en marcha. Y todo se vuelve llanto y rechinar de dientes cuando las expectativas se estrellan en un estrepitoso fracaso. Ya se sabe, Más dura será la caída. Que del fracaso al éxito nada más hay un paso por más que se sea El gran showman, y de éste al olvido, ni eso, que siempre puede llegar El crepúsculo de los dioses. Y quien ayer era era héroe hoy puede convertirse en villano. Si no, que se lo digan a Woody Allen estos últimos días.

Nuestro teatro también tiene su cara B. Y aunque a veces tendemos a reducir los términos al blanco y negro del éxito o del fracaso, hay matices grises que no siempre se tienen en cuenta. Y muchas veces también, son precisamente esos matices los que nos dificultan conciliar el sueño y los que se nos quedan pegados a la piel y a las entrañas para siempre.

He de reconocer que la idea de este estreno me llegó, musas mediante, al hilo de un tuit de un compañero, @nandogerman, que respondía a la felicitación por haber logrado una contundente condena en un delito execrable. Como no encuentro mejores palabras que las suyas, las transcribo textualmente: “la satisfacción por el trabajo bien hecho no evita la profunda tristeza por la desgracia de ese niño. En el informe me costó seguir un par de veces tratando de transmitírselo al jurado”. Chapeau, querido compi. No se puede decir mejor. Y tal vez mejor que el resto de este post, porque esas tres líneas ya lo dicen todo. Pero me arriesgaré a escribirlo porque creo que la cuestión bien merece ser tratada. Con tu permiso, claro, que ya te dije eso de “a los tacones vas”. Aviso a navegantes.

Quienes habitamos Toguilandia estamos acostumbrados a este trabajo donde, más que en muchos otros, vemos desnudarse almas cada día. Y vemos también las grandezas y las miserias del ser humano. Pero como el papel es muy sufrido, y hay que seguir adelante sin dejarnos llevar por nuestros sentimientos, a veces caemos en la inercia del reduccionismo al mero asunto jurídico. Me dan la razón o me la quitan, consigo una condena ejemplar o una absolución frustrante, me estiman el recurso o me lo rechazan, me confirman el sobreseimiento o me abren el juicio oral.

Y no solo hablo de fiscales. A buen seguro jueces y juezas sienten esa misma sensación si les revocan aquello que tanto les costó o por el contrario se lo confirman. Y otro tanto en quienes ejercen la abogacía con esa esquizofrenia de ser ora el defensor del acusado, ora el representante de la víctima, cuando logran una resolución conforme con los intereses de su cliente.

Pero no todo es blanco o negro. Y, como comentaba mi compañero, se queda ahí la sensación de que, a pesar de haberse hecho justicia, la verdadera justicia hubiera sido que ese hecho terrible nunca hubiera tenido lugar. La familia del niño asesinado podrá estar satisfecha, pero jamás volverá a ser feliz. Lamentablemente, en muchos casos, podemos paliar los efectos, pero no devolver las cosas al estado que tenían antes de la tragedia. Y la alegría del triunfo y la satisfacción del deber cumplido se diluyen rápidamente.

Tras veinticinco años con mi toga y mis tacones, he tenido muchas veces esa sensación. Y la sigo teniendo, por supuesto. Si dejara de tenerla, creo que sería el momento de colgar la toga y dirigir mis taconados pasos  hacia otra dirección. Por eso, recordaré algunas de las historias que más me han impresionado, historias de las que la prensa se hizo eco en su día pero que casi todo el mundo ha olvidado, a excepción, por descontado, de aquellos a quienes esas historias les partieron la vida en dos.

Uno de ellos fue el asesinato de una chica joven por otra en el aparcamiento de una discoteca. La sensación de una vida joven y llena de futuro truncada nos partía el alma a profesionales y miembros del jurado. Se notaba en las caras. Y la de otra vida joven, la de la autora –y su entorno–, también destrozada. El juicio fue largo y doloroso y quienes intervinimos acabamos agotados. Recuerdo la angustia en las horas –días– en que estábamos esperando el veredicto del jurado, una sensación que solo puede comprender quien la ha vivido, porque va mucho más allá que lo que se llama “gajes del oficio”. Y el subidón de escuchar ese veredicto tajante de culpabilidad. Una victoria en toda regla que, una vez la adrenalina baja al quitarse una la toga, se convierte en una sensación agridulce. Nadie devolverá la vida a aquella joven, ni volverán a verla su familia ni sus amigos. Y esa sensación barre buena parte de la alegría con que recibimos la noticia de la condena.

Otro de estos casos fue el asesinato de una mujer cometido a puñaladas por su pareja. Pocas cosas más incomprensibles para el ser humano que el hecho de que alguien cometa semejante atrocidad en nombre de un sentimiento llamado “amor” que nada tiene de eso. Lo condenaron, sí. Incluso con la agravante de ensañamiento que tan difícil resulta de apreciar. Y sé, porque alguien me lo dijo, que mi informe supo trasladar la angustia que sufría esa mujer mientras estaba siendo asesinada. He de reconocer que me alegró saberlo. Pero también he de reconocer que esa angustia se me quedó enganchada en el alma y ahí sigue. Como me dice una buena amiga, no soy de plástico, aunque a veces pueda parecerlo.

Y, como no hay dos sin tres, y ya que he abierto la caja de los truenos, contaré otra historia en sentido inverso. Una mujer que, presuntamente, había asesinado a su pareja. La prueba era complicada y se complicó aún más durante el juicio. Así que, por más que intenté darlo todo en la vista, acabó siendo absuelta tras una costosa deliberación del jurado. Ha sido mi única absolución en un juicio de jurado pero juro que todavía me pregunto si es que yo hice algo mal o si de verdad se hizo justicia. El veredicto y la sentencia fueron impecables, pero ahí me quedará para siempre la duda. No somos de plástico, sin duda.

Recuerdo también a un compañero que lloró tras un juicio terrible y mediático. Toda la prensa se hizo eco de ello. Hubo quien, incluso, le cuestionaba por mostrarse vulnerable. Pero a mí jamás me pareció tan grande nuestra profesión que en aquellas lágrimas que supo contener hasta el final. Las togas también lloran.

Podría citar más ejemplos. Y seguro que quienes me lean añadirían otros. Y no solo en asuntos tan graves y sangrientos. Esa misma sensación agridulce nos invade cuando se logra que devuelvan a alguien el dinero estafado, o se le reconoce su derecho a cualquier otra cosa. O cuando se consigue castigar al corrupto. Pero ahí queda lo sufrido por el camino. Eso ya no se lo quita nadie.

Así que hoy el aplauso va a ir para quienes saben ser profesionales y humanos al mismo tiempo, para esas lágrimas contenidas y ese dolor que, a veces, nos acompaña en sueños. Y un agradecimiento especial a los dos compañeros a los que me he referido por recordarme por qué estamos aquí. Mil gracias.

*Susana Gisbert es fiscal de violencia sobre la mujer y escritora.

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