Humor Gráfico, Igepzio, Jose Antequera, Número 90, Opinión
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Cierra Interviú

Por José Antequera / Viñeta: Igepzio. Viernes, 12 de enero de 2018

@jantequera8

Interviú echa el cierre, también Tiempo. Persianazo y a otra cosa. Otras dos revistas en papel que se van al garete. Ya son muchas, demasiadas publicaciones las que se han visto obligadas a desaparecer acosadas por las deudas. Son los signos de los nuevos tiempos. Resulta triste comprobar cómo los dinosaurios de la vieja prensa española de toda la vida se van hundiendo poco a poco en el barro de lo digital, Facebook, Twitter y todo ese fango electrónico. Ascazo de redes sociales llenas de energúmenos, haters, analfabetos y fanáticos. El papel ilustra, enseña, educa. Es cultura. La pantalla catódica del ordenador desinforma, pervierte, confunde. Es poco más que ocio, entretenimiento, espectáculo, casi siempre una pérdida de tiempo.

Interviú fue el histórico semanario de la Transición, el que nos enseñó lo que era la democracia y un par de tetas. Lo cual no era poco en aquellos tiempos oscuros. Al muchacho que pillaban con una revista de esas bajo el brazo lo llevaban a presencia paterna y de ahí directamente a la iglesia de guardia, de una oreja, para que el cura limpiara sus pecados. “Hijo mío, si sigues leyendo estas cosas te quedarás ciego”, solía espetar el vicario de turno. La advertencia del cura no era para tomársela a broma y le hacía plantearse a uno muchas cosas trascendentales sobre la existencia humana, entre ellas si merecía la pena perder la vista de ambos ojos por contemplar una esplendorosa doble página de Susana Estrada o la Cantudo tal como dios las trajo al mundo. Curiosamente, la respuesta final siempre era que sí. Claro que merecía la pena. Los chicos de antes no recibíamos clases de educación sexual como los de ahora, a los que enseñan todo lo que hay que saber sin tapujos y con acompañamiento de manual de instrucciones. Así que teníamos que recurrir a los destapes del kiosco si queríamos aprender las cosas buenas de la vida. La insurgente Interviú semanal suponía una herramienta ideal de aprendizaje. La revista siempre la traía el mayor de la pandilla tras robársela a su padre. El chico llegaba con cara de conejo asustado, como si escondiera un kilo de droga bajo la chaqueta, y se la iba pasando a los demás. “Rápido, que rule, que me la tengo que llevar. Si me pilla mi padre me mata”, decía el diligente traficante del morbo. Y así, en la clandestinidad y con la amenaza constante de ser descubiertos, aprendimos lo que era el cuerpo de una mujer. Quizá no fuera la forma más sana desde el punto de vista intelectual y emocional, pero no había otra. Yo nunca entendí por qué era tan malo leer aquello, a fin de cuentas no dejaban de ser simples fotografías, naturalezas muertas aunque las señoras parecieran muy vivas. Con los años comprendí que había una cosa que se llamaba Conferencia Episcopal, una serie de tíos con sotana siempre empeñados en ocultar el sexo, y de ahí la represión.

Tras la desaparición de Interviú no solo se cierra una época gloriosa de nuestro periodismo sino una parte esencial de la crónica sentimental en rojo de millones de españoles de toda una generación, los llamados hijos de la Transición. Para la historia quedará aquel mítico número del millón de ejemplares de septiembre del 76, cuando Marisol apareció en pelotas para escándalo de una sociedad mojigata que pensaba que La Pepa seguía siendo la rubita niña prodigio emblema del franquismo yeyé de los sesenta. Pero la Pepa le salió rana al régimen, más bien le salió roja, y una pionera en todo, también en eso de marcarse un posado desnudo. Su portada sirvió para denunciar una moral pacata y de paso reivindicar el derecho de la mujer a disponer de su propio cuerpo frente a una sociedad que la seguía reprimiendo y sometiendo al poder del machito español. Muchas fueron las divas que posaron en cueros para Interviú a lo largo de la historia, algunas eternas como Lola Flores, Concha Velasco o Victoria Abril. Otras algo más mortales, como Ana Obregón, Marta Sánchez o Chenoa. Con su destape, enseñando cacho, hizo más Nadiuska por consolidar la libertad en España que el Rey Juan Carlos, Suárez y los Pactos de la Moncloa todo junto. Las chicas de la brigada ligera (de ropa) fueron auténticos agentes democráticos en unos tiempos donde los Legionarios de Cristo repartían estopa de lo lindo contra todo lo que oliera a pornografía. Ellas, las musas de la Transición, se jugaban el tipo, aunque también ponían el cazo a cambio de la exclusiva y bien que hacían. Con su coño cada una hace lo que quiere, faltaría más.

Los años pasaron y la portada de Interviú fue perdiendo el glamour de antaño, cayendo en el morbo fácil de la poligonera sin talento y con cara de tonta que iba a Gran Hermano para venderse después con el culo al aire. Todo degenera.

Interviú es una revista que nos ha acompañado siempre y que nos seguía trayendo cierta nostalgia de un tiempo pasado que nos tocó vivir y que ya no volverá. Hizo buen periodismo y no solo destapó divas del cine, también casos célebres (el crimen de los Urquijo, la trama de los GAL, los niños robados del franquismo o los primeros escándalos de corrupción) pero no seamos hipócritas, nadie compraba la revista solo por sus excelentes reportajes de investigación. Sus portadas polémicas rebosantes de carne tuvieron su momento histórico y su razón de ser en un período de revoluciones pero hoy, cuando se impone la hipocresía conservadora y lo políticamente correcto, empezaban a chirriar un tanto. Antes, de Estados Unidos nos llegaba aquello de “la ola de erotismo que nos invade”, hoy nos llegan los ecos de una moral gazmoña y puritana impulsada por el tea party. El escándalo Weinstein sacude las conciencias de los americanos mientras Hollywood sigue utilizando la imagen de la mujer, descaradamente, como icono sexual y como negocio. Fue Max Frisch quien dijo aquello de que los cuerpos son honrados. Los que posaban en las portadas de Interviú lo fueron durante una época. Hoy solo eran un negocio algo turbio que había perdido su razón de ser y su sentido. Un anacronismo en papel couché abocado a la triste desaparición. Que descanse en paz.

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