Humor Gráfico, Luis Sánchez, Luis Sánchez, Número 89, Opinión
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Un país de boniatos

Por Luis Sánchez. Viernes, 15 de diciembre de 2017

Luis Sánchez

Los problemas seculares –y el del soberanismo en Catalunya lo es, aunque no es el único que padecemos– exigen sosiego y un repaso histórico, para centrarnos mejor en el debate (hay que leer, hay que estudiar). Recuerdo un libro muy recomendable: Trabajos prácticos de Historia de España, de Ana María Ballarini, Teresa Font, Dolores Baqué y Margarita García. Ediciones Akal. Madrid, 1988. Nivel: 3º de BUP (alumnos, entre 16 y 17 años). De él extraigo tres apuntes:

–A principios del siglo XVI, los comuneros (Castilla) y los agermanats (València) luchan contra la aristocracia aliada del poder real. El soberano que los oprime es el mismo (Carlos I); pero no se les ocurre montar un frente común, unir sus fuerzas. Actúan, clases medias, como si pertenecieran a naciones distintas, lo que no deja de ser cierto. Pues bien, aquí tenemos ya un caso que muestra la división política de España.

–En el siglo XVIII (la Ilustración, la revolución industrial…), aunque en otro orden diferente, tenemos una situación similar. Mientras Castilla (una economía agraria cerrada) produce trigo en exceso e importa tejidos del extranjero, la periferia (sobre todo, Catalunya y València) fabrica tejidos e importa del extranjero grandes cantidades de cereales. Dos sociedades que se dan la espalda. Falta, pues, un mercado de ámbito nacional.

–En nuestro tumultuoso siglo XIX, la oligarquía (aristocracia terrateniente), ante la imposibilidad de restaurar el Antiguo Régimen y el temor a las fuerzas populares (bando apostólico), decide pactar con la emergente burguesía (le basta con renunciar a unos derechos incobrables, que sabe convertir en títulos de propiedad burguesa de la tierra); así, una y otra defienden mejor sus respectivas propiedades. La monarquía absoluta es sustituida por una monarquía parlamentaria, de sufragio censitario (voto sólo en función de la fortuna), y los viejos propietarios feudales se transforman en terratenientes burgueses. La revolución liberal salva la riqueza de la oligarquía y acentúa el empobrecimiento de los campesinos. ¡Una mano de pintura y adelante con el carro!

Y llegamos a la España invertebrada (1922) y a La rebelión de las masas (1929), de Ortega y Gasset (un liberal conservador, según José Luis López-Aranguren, que no advierte la conexión entre libertad y economía). Y a la Guerra Civil, a la Dictadura, a la Transición política, al posfranquismo y al frente neoliberal (PP, C’s y PSOE), a lo que ya conocemos, por ser historia reciente. ¡Pura metafísica!

Esa falta de conocimiento, de intercambio, de diálogo, de interés, de cohesión; esa falta de desarrollo, de equilibrio, de evolución, ¡qué caro lo seguimos pagando todavía hoy!, en términos políticos, económicos y culturales.

Dejando a un lado las características orográficas de la Península –Castilla siempre se ha sentido encerrada y, por lo tanto, con la necesidad de expandirse–, habría que superar el tradicional recelo del interior hacia la periferia (ver mapa radial de las principales vías de comunicación terrestre) y poner en marcha, de una puñetera vez, el Corredor Mediterráneo (de Girona a Cádiz) y, en el otro extremo, el Tren Ruta de la Plata (de Gijón a Sevilla). ¡El impulso comercial y económico sería enorme! Y España respiraría a pleno pulmón.

Y puesto que acabamos de avanzar por los flancos, por el Este y por el Oeste, hacia el Sur peninsular –el Sur también existe–, convendría plantearse, muy seriamente, por qué los gibraltareños no quieren ser españoles y qué tipo de políticas se han aplicado para no ganarnos las simpatías de los llanitos. En efecto: falló la Reconquista.

¿Y nuestro eterno vecino dorsal? ¿No nos iría mejor a todos si Portugal se integrara en una federación ibérica, como propugnaba el escritor portugués José Saramago y, aún hoy, el pintor valenciano Juan Genovés?

Anoche soñé que el magistral José Luis Cuerda, director, entre otras, de Amanece, que no es poco (1989), estaba escribiendo el guión de su última película: Un país de boniatos. ¡Lo que da de sí esta despiadada tierra, menudo peliculón!, me dije, asombrado, poco antes de que el despertador empezara a saltar de alegría.

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