Artsenal, Francisco Saura, Humor Gráfico, Número 89, Opinión
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El muro que nos separa

Por Francisco Saura. Ilustración: Artsenal. Viernes, 15 de diciembre de 2017        

@pacosaura2

La ciudad es un sentimiento. Pasear por ella es navegar por una mar rizada, el viento agitando las blancas velas, la luna arriba violenta luz carmesí en las orlas de las nubes. O las calles y los árboles, los sauces y los alces, las palomas en derredor, el Moneo al fondo, aún siento tu aliento al cruzar la calle, los escaparates reflejando las siluetas de los paseantes. Un sentimiento es algo intangible. Yo lo vivo, tú lo sofocas al atardecer, un muro se alza entre ambos y el viento sopla de la sierra y luces azules parpadean en la tenue oscuridad mediterránea. Nos divide ese sentimiento que algunos llaman amor por la tierra  otros lo confunden con el poder. Y este es duro como el pedernal y no es difícil descolgar el teléfono y exigir mano firme con los revoltosos, con esos poliedros que incomodan cuando se cuelan en un poema que llama a la libertad y a la lucha contra el despotismo.

Las fiestas se suceden. La música suena alta, las dulzainas, los tambores, las sinfonías imperiales y los caballos arrastrando los toros muertos en el coso. Los sentimientos, sí. Hay gente que vive el poder como una fiesta perpetua y no soportan que se les interrumpa cuando beben champán o se las enseñan para dilucidar la más larga y la más gruesa. Ni en el tercer cuarto de un partido de baloncesto, ni en el banderilleo del cuarto toro de la corrida, ni vestido a la milenaria usanza, con toga y sandalias con restos de vísceras.

Septiembre es un mes hermoso. Las hojas de las moreras amarillean, los membrillos maduran y un escalofrío recorre la membrana de las noches. Y de cuando en cuando el cielo estalla en luces y un vendaval que precede a la tormenta desarbola las acacias. La ciudad es un sentimiento y pasear por sus calles oliendo la libertad y la decencia de su gente lo exacerba y te fija a ella por toda la eternidad.

Ya no creemos en dioses ni en sus profetas. Hablan desde los periódicos con el orgullo del que nunca reconoce sus errores, ventean “yo o el caos” o sentencian estupideces como “lo que no es legal no es democrático” en las emisoras de televisión sin que nadie responda con un argumento del tipo “la esclavitud era legal, ¿era también democrática, caballero?” Realmente para esa gente que ordena sofocar protestas, que inmediatamente se ponen en modo “los que reivindican en las calles sus derechos son violentos” confunden la legalidad con la democracia y confunden los sentimientos con el folclore.

Las vías de ferrocarril se alargan en el horizonte. A través de ellas se aceleró el progreso y la libertad. Sentimientos que vuelan por encima de los muros y de las altas torres del poder. A poco más de un kilómetro, los afortunados viven su ciudad bien cuidada y planificada, allí donde hay dinero y poder. Más de treinta años desde entonces y una enorme cicatriz sigue incrustada en nuestros corazones. La barbarie que responde al derecho.

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@ARTSENALJH

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