Ben, Humor Gráfico, Jose Antequera, Número 89, Opinión
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El muermo de los ERE

Por José Antequera / Viñeta: Ben. Viernes, 15 de diciembre de 2017

@jantequera8

Más de setecientos millones de fraude, cientos de investigados, dos presidentes andaluces en el banquillo de los acusados, un sindiós político, otro desmadre, en fin. Eso es lo que queda del caso de los ERE, el formidable escándalo de corrupción que ha asolado a los andaluces durante más de una década y que empieza a juzgarse estos días en la Audiencia Provincial de Sevilla. Sin embargo, y pese a la gravedad de los hechos, el juicio ha quedado eclipsado por otros que, por lo visto, tienen mucho más glamur y más thriller. Aquí, en esta España que se nos descascarilla, no solo hay comunidades de primera y de segunda, naciones históricas y sin historia, sino también una corrupción de relumbrón, de guante blanco y altos vuelos y otra inferior, más rateril y zíngara si se quiere, que viste menos y no interesa a nadie, ni siquiera a la prensa. Siempre ha habido clases y el mundillo del hampa política que se lo lleva muerto no iba a ser menos.

El caso de los ERE, pese a que nos ha costado a los españoles una mina de oro, parece pasar desapercibido porque, según dicen los tertulianos plomizos de Ferreras, entra dentro de lo que sería la “corrupción de reparto”, no de apropiamiento con lucro, como si hubiera un robo malo y repudiable y otro inofensivo con el que somos más tolerantes y condescendientes. En el fondo, de lo que estamos hablando aquí es de la condición humana del español, clasista hasta en el crimen. Si nos roba un cacique o una princesa ponemos el grito en el cielo, pero si lo hace un pobre diablo con muletas y sin dientes es picaresca, aventura clásica, y decimos aquello de “qué listo el jodío, y yo que pudiera hacerlo”. Nos guste o no, seguimos sin tener conciencia de que el dinero público es de todos, con independencia de si nos lo quita un traje de Hugo Boss o un mono de faena comprado en Alcampo. Si el que nos roba la guita es un señor con abrigo Chesterfield de cuello terciopelo eso resulta mucho más excitante informativa y hasta literariamente que si el palo nos lo da el funcionario gris de una consejería aburrida en algún negociado del endogámico cortijo andaluz. Nos hemos acostumbrado al atraco y al crimen en plan espectáculo, como el cine y el fútbol, y nos fascina cuando lo perpetra un banquero del FMI que con sus pulgares mueve los hilos del mundo o un Bárcenas engominado que trasiega maletines a Suiza, como en una película trepidante de James Bond, mientras que nos aburre el menudeo burocrático de un oficinista calvo, un chupatintas callado y tímido rodeado de montañas de impresos y papelamen anodino que nerviosamente se atreve a meter la mano en el cazo durante su cuarto de hora del almuerzo, entre cuño y cuño y bocadillo de sardinas.

Damos por hecho que lo mismo que hay ricos y pobres hay una derecha poderosa que roba por vicio y una izquierda muerta de hambre que roba para comer; una corrupción Vip que fascina al personal y otra proletaria, menesterosa y de supervivencia que interesa menos porque carece de los ingredientes básicos para ser un best seller de éxito en plan Agatha Christie. El burgués, como lo tiene todo en la vida y dispone de tiempo para pensar, deja crímenes mucho más refinados, sofisticados y fascinantes. El pobre, más preocupado por sobrevivir, deja el navajazo hambriento, el delito de chabola pestilente, el robo por necesidad –el de los ERE no deja de ser un hurto famélico solo que a lo grande por el nutrido número de cómplices que chupaban de la teta del Estado– aunque a Dostoievski le saliera redondo su Crimen y castigo con una trama sobre parias desclasados. Hace poco me decía mi buen amigo Alejandro Gallo, maestro de la novela negra, que un relato policial no es tal si a los cinco minutos no hay un fiambre caliente sobre la mesa, a ser posible bien sangriento. Pues lo mismo sucede en la vida real. Si un caso de corrupción no tiene su puntito de poder, de vicio, de Ferraris, de paraísos fiscales, de yates, de coca, de volquetes de putas, de grabaciones del CNI, de lujo y a ser posible un muerto como dios manda paseándose por los despachos del Gobierno, como un topo infiltrado, no engancha al ciudadano, no estimula su interés y es un fracaso informativo y editorial, por mucho que los Chaves, Griñán y su clan de funcionarios muermos nos vayan a dejar un agujero insondable de casi ochocientos kilos de vellón, quizá el atracón más gigantesco de la historia de la democracia. Y ustedes me dirán: pero en el caso de los ERE había un chófer de la Junta de Andalucía que traía y llevaba la droga para sus jefes. ¡No me compare usted, oiga! Eso es menudeo, las rayitas para la fiesta, yonkarras de barrio marginal. Para mí que el macrocaso andaluz será un bluf de juicio, dará para un titular mal puesto el primer día y luego a la columna de breves, entre los deportes y el cotilleo, y si no al tiempo. Que el fiscal no nos cuente historias sobre rudos bandoleros de la Sierra Morena socialista traficando con fondos estructurales, planes de empleo, solicitudes amañadas, falsos informes de reconversión y prestaciones sociales de no sé qué ventanilla de la Consejería de Industria y Empleo porque eso no le interesa a nadie. ¿Dónde están los gánsters de verdad, los testaferros, los espías, los cuernos lujuriosos, los cochazos, las joyas aristocráticas, las palmeras de Delaware, los cuadros de Miró y todo eso que sueña con poder alcanzar algún día todo honrado ciudadano? Insisto: una estafa de estafa este culebrón de los ERE. Que pase otra vez por la sala de vistas el señor Rato, que es un profesional y tiene el taquillazo asegurado. Ese tío sí que sabe darle al público lo que le gusta. Puro rock and roll, como decía Jose Coronado en No habrá paz para los malvados. Yeah.

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@BenBrutalplanet

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