Humor Gráfico, LaRataGris, Número 89, Opinión, Víctor J. Maicas
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Los buenos y los malos

Por Víctor J. Maicas / Ilustración: La Rata Gris. Viernes, 15 de diciembre de 2017

Victor J. Maicas

Últimamente son cada vez más los que intentan manipular a la opinión pública con dualidades tan simplistas como, por ejemplo, dividir a la sociedad entre buenos y malos. Y es que dicho así, sin profundizar y sin analizar nada más, es obvio que la mayor parte de la gente quiera estar en el lado de los buenos, aunque tan solo sea para tranquilizar a su propia conciencia.

Pero claro, si resulta que a uno le da por pensar y no se limita a creer ciegamente en lo que desde las altas esferas le dicen e intenta analizar el comportamiento de esos autoproclamados buenos, entonces un sinfín de dudas se abren ante sus ojos, o mejor dicho, ante su propio razonamiento. Porque claro, si resulta que los buenos son incapaces de querer acabar con los desahucios (y ni tan siquiera se deciden por la dación en pago, algo en lo que se les insiste incluso desde la conservadora Europa), si no hacen casi nada (o nada) para intentar hacer desaparecer de una vez por todas esa indignidad que significan los paraísos fiscales (no creo que las Islas Caimán o Panamá le declarasen la guerra a los EE.UU y a Europa si muchos de estos países decidiesen acabar con ese fraude que será legal, porque ellos así lo quieren, pero que a todas luces es totalmente inmoral), si además esos buenos tampoco se comprometen en la esfera internacional a apoyar seriamente y sin hipocresías  pueblos masacrados como el saharaui, el palestino o el kurdo (por poner solo unos ejemplos de los muchos que hay), e incluso si estos autoproclamados buenos no son capaces (con todo el poder que tienen) de parar guerras como la de Siria y sin embargo se oponen a que todas las gentes que están siendo masacradas en aquel país (curiosamente masacrados tanto por los buenos como por los malos, según las noticias que nos llegan) se refugien en nuestros propios países, a pesar de que el asilo internacional es un derecho de toda la humanidad contemplado en la carta de los Derechos Humanos de Naciones Unidas, entonces a uno le da por pensar que, quizá, eso de ser “bueno” no es lo que uno se imaginaba.

Y claro, si en ese supuesto alguien les lleva la contraria y, a través de la lógica y el razonamiento, les dice que están contradiciendo muchos de esos planteamientos que expone precisamente esa Carta de los Derechos Humanos de las Naciones Unidas, entonces le responden que lo que le pasa es que es un demagogo (tan de moda durante los últimos tiempos para desprestigiar a los críticos, aunque estos sus quejas las hagan por medio de razonamientos), o que es un populista (palabra también empleada a menudo por “los buenos” para no tener que debatir públicamente sus incoherentes actos), o un antisistema (esto ya son palabras mayores si un “bueno” se lo dice a un “malo malote”) e, incluso, como última instancia y si ya no saben por dónde salir, a esos críticos se les denomina “buenistas”, es decir, que tratan de presentarlos frente a la opinión pública como una especie de ingenuos bonachones que no saben en qué mundo viven para, evidentemente, justificar así sus incoherencias respecto a eso de ser “bueno”.

Leyendo estos días el último libro de Noam Chomsky (¿Quién domina el mundo?), una lectura que por supuesto recomiendo, y en el apartado en el que habla de la responsabilidad del mundo de la cultura y la intelectualidad respecto a la sociedad que le rodea, me recordó algo que a día de hoy se repite a diario, aunque a lo largo de la historia ha sucedido en innumerables ocasiones como por ejemplo en el caso de Sócrates, al cual condenaron a beber cicuta por criticar al poder establecido e intentar hacer razonar a sus contemporáneos (aunque bueno, al menos de momento, en los llamados países democráticos actualmente ya no se condena a muerte al disidente). Un párrafo que dice así:

“El patrón de premio y castigo se repite a lo largo de la historia: aquellos que se sitúan al servicio del Estado suelen ser elogiados por la comunidad intelectual general, mientras que los que se niegan a alinearse al servicio del Estado son castigados”.

O dicho de otra forma, quienes desde el mundo de la cultura ven la paja en el ojo ajeno a la vez que son incapaces de ver la viga en el propio, son premiados y elogiados por esos grandes medios de comunicación pertenecientes al gran poder. Mientras que todos aquellos que por medio del razonamiento son críticos con la sinrazón y la incoherencia venga de donde venga, son ninguneados e incluso vilipendiados tachándolos, como anteriormente he dicho, de demagogos, populistas, antisistema…

En fin, pues por no extenderme más, puesto que el tema da para mucho, tan solo añadiré, a modo de moraleja de esta reflexión que acabo de hacer, uno de los párrafos que aparecen al final de uno de mis libros, concretamente en La República dependiente de Mavisaj, una novela cuya trama transcurre precisamente en una sociedad tan parecida a la que estamos viviendo que en muchos momentos sus personajes parecen extraídos de la vida real (ya saben que no pocas veces la realidad supera incluso a la ficción):

“A pesar de lo que algunos nos quieran hacer creer, la perfección no existe. Ni tan siquiera la naturaleza lo es, por lo que está claro que además de no haber buenos buenísimos, tampoco existen malos malísimos. No obstante, lo que sí es evidente es que la única forma de conservar ese equilibrio que todo lo mantiene, es respetarnos entre nosotros. No existe pues el ser humano perfecto, eso es un hecho, pero sí aquellos que tienen mejores intenciones que otros, y eso es algo que se puede percibir en sus actos, en esa forma de actuar respecto a sus semejantes”.

Es decir, que pese a lo que digan esos autoproclamados buenos, a mí que no me vengan ya con la dichosa frasecita de “los buenos y los malos”, ya que lo que cuenta son sus verdaderas intenciones y, sobre todo, sus actos, esos que a fin de cuentas le pueden solucionar o hundir la vida a muchas personas. Y sí, aunque nos sigan llamando buenistas o antisistema (o lo que les venga en gana), que tengan claro dichos autoproclamados “buenos” que, mientras nos queden fuerzas, somos muchos los que seguiremos utilizando el razonamiento y la coherencia frente a sus embustes y su hipocresía.

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