Alicia García Herrera, Viajes
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Las ciudades jónicas: el eco de Troya y la Grecia asiática

Turistas pasean por las ruinas de Éfeso. Foto: Alicia García Herrera.

Por Alicia García Herrera. Sábado, 30 de diciembre de 2017

     Viajes

Quien regresa de un viaje no es la misma persona que partió

Proverbio chino

 

Mucho antes de que se firmara el tratado de Lausana, que delimitó el ámbito territorial de Grecia, Turquía y Bulgaria, existió un país en el este de Asia llamado Jonia. Jonia era la zona costera de Lidia y Caria. En este territorio, entre el río Hermo al Norte y el promontorio Posidio al Sur, se ubicaban las doce polis griegas que formaban la Liga jónica: Focea, Clazómenas, Eritras, Teos, Lebedos, Colofón, Éfeso, Priene, Miunte y Mileto a las que se agregaban las islas de Quíos y de Samos. Posteriormente a la Liga se incorporó la polis de Esmirna.

En la primavera del año 480 a.C. toda la ribera oriental del mar Egeo desde el suroeste de Turquía hasta la actual Estambul, se estremeció bajo el avance del numeroso ejército del rey Jerjes I, integrado por unos cien mil soldados y una nutrida flota. Jerjes, también conocido como Jerjes el Grande, Xerxes o Asuero, llevaba años planificando la invasión de Grecia. Su ambición era conquistar la Hélade entera y vengar la derrota de su padre, el rey Darío I, durante la Primera Guerra Médica en la batalla de Maratón (año 490 a.C.). Comenzaba de este modo la Segunda Guerra Médica, documentada principalmente por Heródoto, a quien se considera padre de la historia, y Tucídides.

Siguiendo el recorrido del ejército de Jerjes, nos adentramos en este viaje por la Grecia asiática y sus ciudades de la mano de un erudito, el doctor Alejando Noguera Borel, profesor universitario, arqueólogo, viajero y cónsul honorario de Francia en España. El propósito de esta iniciativa, de la que formamos parte veinticinco desconocidos, es comprender mejor la visión de Antonio Penadés sobre Heródoto que, al igual que hiciera Kapuscinski, sigue en su primer libro de viajes las huellas del padre de la historiografía y nos acompaña durante una parte del camino.

Llego a Estambul, la antigua Constantinopla, en una noche clara. La luna llena de diciembre brilla en un cielo sin estrellas. Me sorprenden ya desde el avión de la Turkish Airlines las numerosas luces de la megalópolis que se desparrama a lo ancho de una ladera, bajo las montañas, para albergar a sus más de catorce millones de habitantes. Entre las luces titilantes de la ciudad destacan las de la iglesia bizantina de Santa Sofía, cuya cúpula semicircular se recorta contra el horizonte montañoso. Del otro lado queda la mancha plácida del mar de Mármara, un mar interior que une el Mar Negro y el Egeo.

Estambul es una ciudad moderna. El centro recuerda al de cualquier ciudad europea populosa. Las jóvenes suelen vestir a la manera occidental, aunque  también hay muchas mujeres con velo. Algunas, las menos, visten velo integral. La noche invita a visitar el puerto, desde el que se divisa, al otro lado del puente, la torre de Gálata. A pesar de ser sábado la zona está poco transitada esa noche. En el paseo marítimo encontramos puestos donde se venden maíz y castañas dulces. En varios establecimientos instalados sobre plataformas de madera que flotan sobre el agua se puede tomar pescado fresco. El pescado, muy fresco, se sirve con hojas de lechuga dentro de gruesas rebanadas de pan blanco, casi como un Big Mac. Uno de estos bocadillos cuesta unas cinco liras, es decir, algo más de un euro.

Varios perros que vagan por el paseo llaman mi atención. Son muy dóciles y confiados. Estos perros no tienen dueño pero tampoco están abandonados. En el Islam no está permitido tener perros dentro de la casa pero pueden estar vinculados al hogar y vivir fuera si son útiles, por ejemplo para cuidado y vigilancia. El profeta dijo (sallalaju alaihi wa sallam) que en la casa donde hay un perro salen los ángeles, como cuando hay representaciones de seres con alma (personas o animales). La saliva del perro, además, corta la purificación del musulmán, de modo que debe hacer ablución de nuevo para rezar.

La creencia en los ángeles es uno de los pilares de la fe islámica, junto con la creencia en los libros revelados  (Torá, Evangelios y Corán), en todos los profetas, en el día del juicio final y en el destino (sea bueno o malo). Los musulmanes no piden protección a los ángeles sino a Allah. Dice Allah Ta’ala en el Corán: “Y vuestro Señor dice: ‘invocadme y Yo os contestaré’. En verdad, quienes se muestran arrogantes ante su obligación de adorarme pronto entrarán en el infierno humillados”.

Regresamos al hotel en tranvía. El tren está abarrotado. Acaba de jugar el Besiktas contra el Galatasaray y los hinchas comienzan a salir del estadio. Los hombres me miran con curiosidad. Conscientes de mi condición de extranjera me ceden un asiento. No lo acepto, prefiero ir de pie y mirar por los cristales para ir fijando en mi retina cada imagen.

Estambul es en este viaje grupal una ciudad de paso. Como nuestro objetivo es seguir la ruta que trazó el ejército de Jerjes durante la primavera del año 480 a. C. debemos continuar camino hacia Cannakkale, a unos 320 km al sur de Estambul, para visitar las ruinas de Troya. Salimos a las siete en autobús, tras escuchar la llamada del almuédano. Nos acompaña la guía turca, Sheffika.

Los primeros rayos de sol nos traen la imagen de un mar en calma, un mar que ha sido testigo de acontecimientos históricos sin precedentes. En la ruta hacia Cannakkale se encuentra la península de Gallipoli. Allí tuvo lugar una de las batallas más sangrientas de la Primera Guerra Mundial, de las que da testimonio el museo dedicado a la contienda y los diversos momentos funerarios que se erigen a ambos lados de la carretera. La batalla se inició el 25 de abril de 1915. Durante esa primavera, las tropas de Churchill se dirigieron hacia el paso de los Dardanelos, el Helesponto de los antiguos helenos, un lugar fatídico, como muestra la trágica historia de amor de Hero y Leandro. Es el mismo lugar donde, según la leyenda, Jasón y los Argonautas se enfrentaron a la prueba de las Rocas Cianeas (azules) o Simplegadas antes de llegar al Mar Negro, el mismo lugar que atraviesa el ejército persa de Jerjes II en los comienzos de la Segunda Guerra Médica, Alejandro en su viaje a Asia o Lord Byron en su hazaña a nado. La maldición de los Dardanelos no dejará indemne a las tropas del ambicioso Lord del Almirantazgo como tampoco a uno de sus soldados, el joven oficial Brooke. Rupert Brooke (1887-1915), poeta, había navegado hacia el terrible estrecho con Heródoto y Homero como guías, tal y como escribió a su madre. Tan solo dos días antes de la batalla de Gallipoli, el joven murió a causa de una infección causada por la picadura de un mosquito. No viviría, por lo tanto, para escribir que, entre el 25 de abril de 1915 y el 9 de enero de 1916, el mundo parecería enfrentarse al mismo apocalipsis que poco antes se había vivido en el frente occidental en las desastrosas campañas que segaron las vidas de toda una generación. “El joven más guapo de Inglaterra”, tal como le calificara otro poeta, Keats, yace enterrado en la isla de Skyros, junto al mar.

Aunque Gallipoli supuso una sonora derrota militar, la campaña sería clave para que australianos y neozelandeses, que perecieron por millares en el campo de batalla, construyeran su identidad nacional. Por esa razón el 25 de abril quedará registrado como el Día ANZAC, sigla del Ejército de Tierra de Australia y Nueva Zelanda.

Paseando por las ruinas de Troya. Foto: A.G.H

Por la tarde llegamos a nuestro destino, personalmente el más ambicionado. Cannakkale es considerada la capital de los Dardanelos. Muy cerca de la ciudad se encuentran las ruinas de la antigua Troya (la actual Hirsalik turca), declarada en 1998 Patrimonio de la Humanidad por la Unesco y también Parque Nacional. Troya no es tan solo una ciudad literaria sino que también fue ciudad real. La Troya histórica, bordeada por los ríos Escamandro y Silios, estuvo habitada desde principios del tercer milenio y ocupaba una posición estratégica junto al estrecho de los Dardanelos como puerta de acceso al Mar Negro.

A la entrada de la ciudad histórica, que descubrió el arqueólogo Heinrich Schlieman en 1871, varios gatos atigrados, quizá unos quince, me rodean de repente. Caminan alrededor de mis piernas y se rozan contra mis botas con curiosidad. Los famosos gatos de Troya son felinos grandes y dóciles. Uno de ellos, el más atrevido, se introduce en mi bolso, muy grande. Pronto me desentiendo de mis amables anfitriones, atraída por la efigie que se adivina tras las barreras de acceso a la ciudad, la del célebre caballo. A esta figura mítica alude Homero en la Odisea y más tarde Virgilio en la Eneida. A pesar de su atractivo, propiciado por el mito, la imagen que identifica la ciudad no deja de ser un tanto kitsch, tanto como el actor vestido de troyano que se fotografía con los escasos turistas que visitan el recinto. El actor turco, de ojos claros y cabello rubio, recuerda vagamente al Aquiles que interpretara Brad Pitt en la célebre película de Troya (2004), un imán para los turistas.

La ciudad de Troya haría sin duda las delicias de cualquier arqueólogo, puesto que las excavaciones han permitido encontrar hasta nueve niveles de habitación. Los profanos, sin embargo, nos limitamos a sentir la magia del recinto y a admirar los paisajes que circundan la ciudad en ruinas, construida sobre un promontorio. Al situarnos frente a la puerta de acceso a la ciudad (nivel estatigráfico VIIA) vemos materialmente a Héctor que, empuñando su espada de bronce, se dirige con paso firme hacia esa muerte segura que le promete Aquiles mientras Helena y Andrómaca, y su padre Príamo le contemplan desde las murallas con una tristeza no exenta de orgullo. El mito literario se confunde con la realidad, hasta el punto de que ya no importa la realidad histórica. La realidad histórica parece apuntar a que, durante el conflicto, que debió producirse unos quinientos años antes de que Homero escribiera La Ilíada (siglo VIII) Helena estaba en la corte de Egipto y no en Troya, como advirtiera Heródoto. Es una licencia que hoy sería imperdonable en el terreno de la novela histórica.

La historia de Troya sería, sin embargo, triste si no fuera por el efecto benéfico de la literatura, que permite salvarla para la memoria del terrible olvido. Cuando la guerra finalizó el territorio donde se asentaba la ciudad, dañada por un gran incendio, no fue ocupado por los griegos, el bando victorioso. Parece que durante muchos años la zona quedó deshabitada hasta que en el año 900 d.C llegaron al territorio los eolios, originarios de Tesalia. El rey de Lidia conquistó posteriormente la ciudad, hasta que después cayó bajo el dominio persa. Tras la célebre batalla del Gránico, en que las huestes de Darío III fueron derrotadas por el célebre Alejandro Magno, Troya fue liberada. Alejandro sentía verdadera fascinación por los héroes mitológicos. Se consideraba a sí mismo descendiente de Aquiles y, sobre todo, quería forjar un nuevo imperio, de modo que supo vincular el mito con la conquista de Troya. La historia no acaba aquí. Tras diversos avatares, la ciudad cae en manos del Imperio Romano y resulta arrasada. En el siglo XIII es prácticamente una aldea.

El tercer día de nuestro viaje llegamos a Asos. Asos es para mí una auténtica sorpresa y lo es porque va a convertirse en uno los puntos más fascinantes de todo el recorrido. Ubicada a unos treinta kilómetros del Mar Egeo, frente a las costas de la isla de Lesbos, Asos fue fundada por los colonos eolios que procedían de Metimna o Mitilene en torno al siglo VII a.C. En el siglo VIII la ciudad pasó a ser dominada por los lidios y los persas, que fueron expulsados por Alejandro Magno. Al término de las guerras Médicas, Asos se unió a la Liga de Delos, puesto que ya es una ciudad autónoma. El período de esplendor de la ciudad se produce alrededor del 360 a.C., bajo la tiranía de Eulubo y después de Hermias de Atarneo. Bajo la tiranía de Hemias afluyeron a la ciudad muchos filósofos. Uno de ellos era Aristóteles, que fundó en la ciudad su primera academia. Aristóteles contrajo además matrimonio con la hija o sobrina de Hermias, una joven llamada Pitia. El declive de la ciudad comienza cuando Hermias fue ahorcado por orden del rey persa Atajerjes III. Alejandro Magno libera la ciudad de los persas. Más tarde cae bajo el dominio de los seleúcidas, antes de ser integrada al reino de Pérgamo, nuestra siguiente visita.

Templo de Atenea en Asos. Foto: A.G.H

Hoy día la ciudad de Asos recuerda a muchos pueblos medievales castellanos. Las calles grises y empedradas están desiertas. Solo algunas mujeres ataviadas con velo permanecen junto a los comercios, que ofrecen múltiples baratijas a los turistas, entre ellas unos chales tejidos con nudos de colores. Al final de la pendiente empedrada, sobre la cima de la colina que corona el pueblo, se erige el templo de Atenea, del que se conservan tan solo unos pocos restos. En la religión griega Atenea era considerada la diosa de la inteligencia, puesto que nació de la cabeza de Zeus en un parto prodigioso. Se trataba de una diosa guerrera, por lo que vestía coraza y en sus manos blandía la lanza y la égida, pero no representaba la brutalidad de la guerra, papel reservado a su hermano Ares, sino la táctica militar. Era protectora de héroes como Aquiles, Ulises, Perseo, Heracles o Teseo. Tenía los ojos claros y brillantes, como los de la lechuza, ave considerada su símbolo.

El templo de Atenea en Asos se construyó en el año 530 a.C. El friso esculpido que corría en el interior de las columnas se conserva en el Museo de Estambul. Lo mejor de Asos, sin embargo, no es el templo. Lo mejor de todo es la vista marina, absolutamente espectacular. Entre las columnas dóricas reconstruidas destaca el mar Egeo. Egeo fue el padre de Teseo, el héroe que derrotó al Minotauro y abandonó a la princesa Ariadna, la misma que llevada por el amor le dio el famoso hilo que le hizo regresar del laberinto. En el mito, el rey Egeo pide a su hijo que, si regresa victorioso de Creta, a donde ha ido para acabar con el monstruo, cambie las velas negras del barco por otras blancas. Teseo lo olvida y, al avistar el barco Egeo, roto de dolor al pensar que ha perdido a su hijo, se arroja al mar, que desde entonces lleva su nombre.

Desde la colina, coronada por la bandera turca, se divisa la isla de Lesbos, el lugar hasta el que llegó flotando la cabeza de Orfeo, arrojada por las ménades tracias al río Ebro. Este motivo de la cabeza fue retomado por Pedro Salinas en el poema La memoria en las manos perteneciente a la trilogía La voz a ti debida, donde recrea su historia de amor y su ruptura con la profesora Katherine Withmore. “Recuerdan ellas, mis manos, haber tenido una cabeza amada entre sus palmas. Nada más misterioso en este mundo”. De la isla de Lesbos también nos llegan los poemas de amor de Safo. Nadie como ella para describir la pasión amorosa: “apenas te miro y entonces no puedo decir ya palabra. Al punto se me espesa la lengua y de pronto un sutil fuero me corre bajo la piel, por mis ojos nada veo, los oídos me zumban, me invade un frío sudor y toda entera me estremezco, más que la hierba pálida estoy, y apenas distante de la muerte me siento, infeliz” (poema 2D en Antología poesía lírica griega, 1986, Alianza Ed.).

Con la retina aún poblada del azul marino, llegamos a la ciudad de Pérgamo. La tarde es lluviosa, algo disuasoria. Nunca me protejo de la lluvia, por lo que jamás llevo paraguas. No me importa mojarme. Es así como conozco Pérgamo, sintiendo la humedad de la lluvia sobre el rostro y el pelo. Cuenta la leyenda que la ciudad de Pérgamo fue fundada por Neóptólemo y Andrómaca, la familia de Héctor. En los siglos III y II a. de C., durante la dinastía de los atálidas, la riqueza de su industria de manufacturas de pergamino y su posición privilegiada en las rutas comerciales atrajeron a artistas que buscaban nuevos horizontes. En la época de máximo esplendor la ciudad, convertida en un importante centro cultural capaz de competir con la mismísima Athenas, albergó unos 60.000 habitantes.

Las vistas del funicular de Pérgamo son espectaculares. Foto: A.G.H

La acrópolis se encuentra en la cima de la colina, de modo que es necesario acceder a ella usando un funicular. A las puertas de la ciudad hay puestos que venden baratijas, recuerdos de Turquía. Antes de tomar el funicular uno de los escritores que forma parte del grupo protagoniza una divertida anécdota, al empeñarse en comprar el caballo de Troya más grande de todos los que se exhiben. No se percata de que es un caballo de exposición. Por esa razón el vendedor se muestra renuente y le exige un precio desorbitado, unas 400 liras turcas, que nuestro acompañante paga sin rechistar. Naturalmente el vendedor se enfada y se niega a entregar la mercancía. Al aceptar el precio el comprador ha privado al mercader de buenas dosis de diversión. El regateo es absolutamente necesario en los bazares turcos. La generosidad de mi compañero tiene un efecto benéfico. El vendedor está dispuesto a regalarme varios objetos, entre ellos un sombrero de seda. No lo acepto pero sí el ojo de Horus que prende sobre mi solapa. Es un amuleto egipcio de carácter protector.

Las vistas desde la húmeda Pérgamo son impresionantes. Alrededor se yergue la ciudad de Bérgama, famosa por la calidad de sus alfombras, tejidas con lana. La antigua acrópolis de Pérgamo desciende en sucesivas terrazas. Una excelente recreación de la ciudad tal como era en su época de máximo esplendor la encontramos en la pintura de Friedrich von Thiersch (1882). Las principales construcciones de la Acrópolis son los templos de Atenea, Dionisos, el Altar de Zeus, el teatro, o la biblioteca, además de palacios, arsenales, viviendas helenísticas, stoas o el propylon, las puertas monumentales de acceso a la acrópolis. Las calles amplias, de unos veinte metros de anchura, permitían que el paisaje se integrara en la ciudad. La parte más alta de Pérgamo estaba destinada a la vida religiosa, residencial y militar. En esa parte se ubicó el santuario de Atenea, la diosa de la ciudad, del período de Eumenes II, y también su biblioteca, obra de Atalo I, la segunda más importante del mundo antiguo después de la de Alejandría. Los atálidas eran bibliógrafos, lo que les llevó a coleccionar más de 200.000 títulos, muchos de ellos de la época de Eumenes II.  Años más tarde Marco Antonio llevó esos títulos como regalo de bodas a Cleopatra para compensar algunas de las pérdidas que se produjeron durante el incendio del año 48 a.C., cuando el general romano Julio César, para ayudar a Cleopatra, prendió fuego a una flota egipcia que traía a la biblioteca entre 40.000 y 400.000 libros.

En el corazón de la acrópolis, se encuentran restos de casas, barracones militares y las ruinas de los palacios de Eumenes II y Atalo II. También el templo de Trajano, finalizado en época de Adriano. Otras construcciones importantes son el teatro, uno de los más empinados del mundo, el Asklepion o centro médico y sobre todo el Altar de Zeus, construido por Eumenes II (197-159 a.C.) para celebrar la victoria de Pérgamo sobre los gálatas bajo el reinado de Atalo I. Esta construcción fue descubierta por el ingeniero alemán Carl Humann en 1871 y llevada a Berlín, donde se expone en la actualidad. Lo poco que podemos ver de esta magnífica obra de arte son los vestigios existentes del podio, de seis metros de altura, sobre el que se asentaba el Altar. Durante la época bizantina algunas de sus piedras fueron utilizadas para levantar las murallas de la ciudad. En la parte baja de la ciudad se ubican las tumbas de los reyes de Pérgamo.

Conmocionados aún por la belleza de Asos y el interés de Pérgamo, llegamos a Kusadasi. Pernoctamos en un gran hotel de cinco estrellas, arrullados por el mar embravecido. Los hoteles de cinco estrellas en Turquía equivalen realmente a un cuatro estrellas inferior europeo. Uno de los principales problemas es el personal de servicio, poco cualificado y con un pobre nivel de inglés, como también el poco variado menú que se ofrece en los desayunos.

A unos 178 kilómetros al sur de Pérgamo se encuentra Éfeso, que visitamos el tercer día muy de mañana, siempre en nuestro autobús ambulante. La convivencia ya ha hecho que se estrechen los lazos de afecto entre los viajeros. El viaje es ahora más distendido y cómodo, gracias a este acercamiento que propician las circunstancias.

Éfeso fue una de las doce ciudades jónicas frente al Egeo. Fue fundada por los griegos entre los siglos X y IX a.C, y alcanzó su apogeo entre los siglos II a.C. y III d.C, período en el cual fue la ciudad más populosa de Asia Menor y una de las más importantes del Imperio Romano. Las ruinas que visitamos son las de la ciudad romana, en la que llegaron a vivir unas 200.000 personas.

Imagen del puerto de Kusadasi. Foto: A.G.H

En 1863 un arqueólogo británico, llamado John Turtle Wood, que se encontraba trabajando en la construcción de una red ferroviaria en Turquía, se dedicó a realizar excavaciones en la abandonada ciudad de Éfeso en busca del templo de Artemisia, una de las siete maravillas del mundo antiguo. En mayo de 1869, encontró la pared del pery/bolos del Templo. Tuvo la mala suerte de que poco después el doctor Schliemann encontró Troya, por lo que su hallazgo no tuvo las repercusiones que hubieran sido deseables. Más tarde, el equipo de Hogarth, uno de los arqueólogos más prestigiosos del momento, completó las excavaciones. Los principales hallazgos se deben, sin embargo, a los trabajos dirigidos por Bendorf en el año 1895, continuados por el Austrian Archaeological Institute a lo largo del siglo XX.

Biblioteca de Éfeso. Foto: A.G.H

Éfeso fue una ciudad muy rica. Sus principales ingresos provenían del turismo, atraído por el templo de Artemisia, más tarde llamado templo de Diana, y a causa del comercio, propiciado por su situación geográfica, dado que contaba con el puerto más importante del Egeo, el de Panormo. El gran problema que aceleró su declive, además de las convulsiones religiosas y el cristianismo, fue precisamente el estar ubicada en la desembocadura del río Caistro, que arrastraba numerosos materiales que se depositaban en el puerto, de modo que había que dragarlo. En la época del declive de Roma esos trabajos se abandonaron y en el siglo X el templo de Artemisia quedó enterrado bajo el limo. Por fortuna la Artemis Polymaastos y la columna del viejo Artemision, pudieron recuperarse y hoy se exhiben, junto con otros hallazgos únicos, en el museo de Éfeso.

Además del templo de Artemisia, Éfeso contaba con construcciones monumentales, como el teatro grecorremano o el Bouleuterión. Muchos de estos edificios se construyeron a partir del reinado de Augusto, una época de esplendor. El apogeo constructivo se incrementa durante la época de Trajano y Antonino Pío. Describir las construcciones de este período sería una tarea titánica, razón por la que nos centraremos en uno de los edificios más llamativos, la Biblioteca de Celso, que se divisa desde lo alto de la amplia avenida principal. Esta avenida en su momento debía recordar a los actuales campos Elíseos de París o a la Quinta Avenida de Nueva York, con numerosos comercios, casas con pequeños jardincillos frontales y un tráfico populoso.

Delante de la Biblioteca de Celso y el gran teatro están las casas colgantes. Estas casas se construían hacia arriba en pendiente, como si se tratara de escaleras descendentes. Es, sin embargo, la Biblioteca la que atrae todas las miradas. La fachada entera tiene dos pisos diseñados con columnas de estilo corintio a lo largo de la planta baja, así como las tres entradas al edificio. Entre las columnas hay cuatro estatuas que representan la sofía o sabiduría, episteme o conocimiento, enoia o inteligencia y areté, que desde Platón y Aristóteles se identifica con la virtud.

Como muchas otras joyas, la Biblioteca de Celso fue destruida. Al parecer, durante la invasión de los góticos en el año 262 d.C. hubo un incendio que destruyó sus pergaminos. Un terremoto terminó por asolarla.

Aún con las impresiones de la visita a Éfeso, nos dirigimos a la isla de Samos desde el puerto de Kusadasi. Es el cuarto día de viaje y debemos utilizar nuestros pasaportes y visados de entrada. Situada en el mar Egeo, al norte del archipiélago del Dodecaneso, las aguas cristalinas de Samos atraen cada año a miles de turistas. Samos fue la cuna de personajes ilustres: Teodoro (siglos VII-VI a.C.), arquitecto, escultor e inventor; Pitágoras (siglos VI-V a.C.), filósofo; Polícrates (siglo V a.C.), gobernante; Epicuro (c.341-270 a.C.), filósofo; y Aristarco (c.310-230 a.C.), astrónomo y matemático. También el lugar de nacimiento de la diosa Hera, razón por la que se le consagró un enorme templo.

En el mundo mítico Hera era una de las principales diosas del Olimpo. Ostentaba la condición de legítima esposa de Zeus pero también era su hermana. Representaba el modelo de esposa fiel aunque su carácter era muy celoso, por lo que tenía muchas discusiones con Zeus. Sus hijos eran Hefesto y Ares, dos de los dioses menos agraciados. Su papel en el Olimpo tenía, sin embargo, más que ver con el de esposa que con el de madre. A Hera se la conoce también porque fue una de las perdedoras del primer concurso de belleza de la historia, la causa última de la guerra de Troya. Cuenta el mito que durante la boda entre la ninfa Tetis y Peleo, Eris, la diosa de la discordia, la única que no había sido invitada a los esponsales, se había presentado ante los novios y, ante su asombro, lanzó entre los concurrentes al banquete una manzana de oro, que debería ser entregado a la diosa más bella de todas. Hera, Atenea y Afrodita quisieron para sí tan precioso fruto, al creerse cada una con más derecho que la otra. Como ningún dios deseaba inclinarse por ninguna, Zeus  decidió enviar a las diosas a la Tierra, al monte Ida, para que fuera un mortal quien juzgara quién era la más bella. Dicha tarea recayó sobre Paris, príncipe de Troya. Hera le ofreció poder, Atenea sabiduría y Afrodita, la más encantadora de las diosas, el amor de la mujer más bella de la tierra. Esa mujer era Helena, esposa de Menelao, rey de Esparta. Fue una suerte para la literatura que Paris escogiera a Afrodita y, de paso, su regalo. Como en la vida, en la literatura la ausencia de pasión significa la ausencia de buenas historias. Si Paris hubiera escogido de otro modo, Homero no nos habría ofrecido la obra más grandiosa de todos los tiempos, la Ilíada, como tampoco las historias de cada uno de sus héroes. Es una injusticia que únicamente perviva la historia de Odiseo o el héroe mentiroso mientras que las de otros héroes más nobles, como el gran Áyax, se perdieron, una pena.

Nos acercamos ya al ecuador de nuestro viaje, cansados pero felices. No hablo mucho, prefiero observar, observar por fuera y observarme por dentro. Intuyo que este día nos aguardan grandes impresiones. Comencé este viaje casi por accidente, sin guion ni brújula, del mismo modo que procedo en la vida. Nada mejor hay que aceptar sus regalos y seguir por donde el viento nos lleve. No sabía qué vería a cada paso, de modo que cada día ha sido una sorpresa, un nuevo descubrimiento. Aún quedan por ver los restos arqueológicos de tres significativas ciudades del país de los jonios: Priene, considerada la ciudad perfecta en la antigüedad; Mileto, que destacaba por ser un gran emporio comercial; y Dídima, famosa por su oráculo.

Llegamos a Priene muy de mañana. El estado de conservación de la estructura urbana es excepcional, tal como revelan las excavaciones realizadas desde 1895 por Carl Humann, completadas por Wiegand en 1898. Priene  fue concebida como un modelo de plano urbanístico racional. La ciudad debió de ser fundada en el siglo XII a.C. en otro emplazamiento. La urbe primitiva se encontraba en las estribaciones sur que conformaban la bahía donde desembocaba el Meandro. Los habitantes de la antigua ciudad de Priene se vieron forzados a abandonar el primitivo asentamiento debido a las frecuentes inundaciones del río, que anegaron sus puertos. La nueva ciudad fue capaz de albergar unas 6.000 personas en unas quince hectáreas.

La construcción de la nueva ciudad, levantada en una estribación del Monte Micale, fue decidida por Mausolo, el sátrapa de la Caria, antes de su muerte el 353 a.C. En el 334 a.C., cuando los macedonios conquistaron la región al Imperio Persa, ya había comenzado la construcción de la ciudad. Alejandro Magno asumió personalmente la continuación del proyecto de Mausolo. Sufragó también la construcción del Templo de Atenea e hizo de Priene una ciudad modelo. Muchos ciudadanos ilustres siguieron el ejemplo de Alejandro y sufragaron con fondos privados la mayoría de los edificios públicos, como acreditan las inscripciones con los nombres de los donantes.

Para la construcción de la nueva Priene se utilizaron piezas de mármol gris de las canteras cercanas de Mycale. Priene, muy rica, disponía de una red de alcantarillado y de aljibes, lo que permitía que las casas dispusieran de agua corriente. Se diferenciaban tres niveles. A unos treinta metros sobre el nivel del mar se levantaba un estadio y un gimnasio. La segunda terraza se emplaza a unos 79 metros sobre el nivel del mar. Aquí se situaba el centro de la ciudad, con construcciones como el ágora y el Templo de Zeus Olímpico. En la tercera plataforma, a unos 97 metros de altura, teníamos el santuario de Atenea Polias, el bouleuterium y el priatenio, el teatro y el gimnasio más antiguo.

El complejo religioso, referencia obligada en todos los manuales de arte, fue construido, según Vitruvio, por Pytheos, el arquitecto del Mausoleo de Halicarnaso, una de las siete maravillas.

Al otro extremo de la ría, a tan solo 17 kilómetros en línea recta hacia el sur, se encontraba la ciudad de Mileto, que compartió destino histórico y geológico con Priene. Mileto dio grandes figuras, como Tales, filósofo, matemático, geómetra, físico y legislador griego y Aspasia, la amante de Pericles.

Teatro de Mileto. Foto: A.G.H

Mileto tenía uno de los teatros más grandes de Asia con capacidad para más de 15.000 espectadores, y fue el origen del pensamiento filosófico debido a sus contactos pacíficos con ciudades orientales de otras culturas. La ciudad estaba unida a Dídima a través de la vía Sacra, que cubría una distancia de 25 kilómetros. La vía se ha recuperado y en el futuro se prevé celebrar en ella actos culturales.

Llegamos a Dídima a media tarde. Hace un sol casi primaveral que nos lleva a despojarnos de la ropa de abrigo. Frente al santuario hay un pequeño restaurante acristalado y una tienda donde venden recuerdos. En la puerta, una escultura barata representa a unas ranas de largas ancas. He visto otras en otro establecimiento situado unos metros atrás. No puedo confirmarlo pero supongo que aluden a la comedia de Aristófanes.

Destaca en Dídima el santuario de Apolo, el monumento griego más importante de la actual Turquía. Datado hacia el 340 a.C, fue levantado por Dafnis de Mileto y Peonio de Éfeso y destruido en el año 494 a.C. por los persas de Darío (según Heródoto), que se llevaron la estatua del Dios a Ecbatana. La anchura de sus columnas jónicas da la idea de su magnificencia. El templo tenía unas medidas colosales: 109×51 metros, con una doble hilera de columnas alrededor del mismo (díptero) y diez columnas en las fachadas (decástilo). De las más de cien columnas del doble peristilo, sólo perviven tres. La mayor parte de ellas fueron víctimas de los terremotos que han asolado la zona desde la Antigüedad, como el de finales del siglo V d.C. o el del año 1493.

Especial atención merece la cabeza de Medusa, que decoraba los arquitrabes del templo y debía de causar una honda impresión a los visitantes del templo. Otras esculturas pertenecientes al templo se encuentran en el Louvre de París, el Museo de Pérgamo de Berlín o el British Museum de Londres. En éste último se hallan las esculturas situadas a lo largo de la Via Sacra, que unía la ciudad de Mileto con el Templo de Apolo en Dídima, y que fueron transportadas a la capital británica en el siglo XIX.

El oráculo de Dídima compitió en importancia con el de Delfos. Fue visitado por personajes de la talla de Alejandro Magno, Lysimachus, Seleuco I o el emperador Trajano. En torno al 331 a.C. el oráculo de Apolo determinó que Alejandro Magno era el hijo de Zeus. Siglos después, el propio emperador Diocleciano, tras una consulta al Oráculo, inició la persecución de los cristianos.

Templo de Apolo en Dídima. Foto: A.G.H

Frente al templo, recuerdo los versos que Píndaro destinó al Dios cuyo oráculo está en Delfos: “el término destinado a todas las cosas lo conoces tú y todos sus caminos: cuántas hojas de la tierra en primavera brotan y cuánta arena, en la mar y los ríos, al batir de las olas y el viento se amontona. Lo por venir, y de dónde ha de llegar, bien lo sabes Tú ver” (Pítica IX, 43 ss). Unos cuantos gatos se han detenido a escucharme y se amontonan a mi alrededor mientras miran con sus ojos enigmáticos, verdes y amarillos. Ninguno de nosotros sabemos qué nos tiene deparado el destino. Ya no hay sacerdotisas a quienes preguntar. Para desafiarlo siempre hará falta un toque de locura, como nos advirtió Marguerite Yourcenar.

En nuestra visita a la Grecia turca no podemos olvidarnos de la isla de Cos, que actualmente también pertenece a Grecia. Las distintas excavaciones que hay alrededor del puerto han revelado los basamentos de un santuario dedicado a Afrodita, a quien debemos, en última instancia, el inicio de la literatura (recordemos el juicio de Paris). Afrodita era la diosa del amor. La diosa destacaba por su espléndida y seductora belleza. Su nacimiento fue prodigioso, pues nació de la espuma del mar. Caminando sobre ella Afrodita llegó a una isla, Citera, y luego a Chipre. La diosa solía acompañarse de Eros e Hímero, considerados sus hijos, a los que protegía, y también de las Cárites. Aunque estaba casada con Hefesto, tuvo múltiples amantes, del que Adonis fue su favorito. Hay dos símbolos que se asocian con Afrodita, la manzana y la paloma, ave que representa la suavidad del amor. Pero al igual que otros dioses era muy despiadada con aquellos que despreciaban su poder.

En Cos nació Hipócrates, el padre de la medicina. Su árbol también se encuentra en esta parte de la ciudad. Visitamos de la mano del guía local el Asklepion, donde la curación del cuerpo no podía entenderse sin la curación del alma y del espíritu. Era una visión holística de la Medicina que se recupera en el momento actual.

Vista marina de Asos. Foto: A.G.H.

Después de la visita a Cos volvemos a Bodrum, donde hemos establecido estos últimos días nuestro campamento base y donde termina nuestro viaje a Turquía. Bodrum fue el lugar de nacimiento de Heródoto, inspirador de este viaje en grupo. En la actualidad Bodrum es una ciudad turística, similar a cualquier ciudad costera del Mediterráneo. Destaca una fortaleza imponente erigida en el siglo XV por los Caballeros de la Orden de San Juan de Rodas. En nuestro recorrido por las calles de la ciudad, donde se mezcla lo moderno y lo antiguo, nos llama la atención el mercado de hortalizas. Las frutas, de variados colores, se apilan en perfecto orden. Los vendedores me llaman y me ofrecen mandarinas y manzanas y se animan a fotografiarse conmigo. Un joven me regala un dulce de nata y chocolate. Al otro lado de la calle está el mercado de pescado. Uno de los vendedores me ofrece una dorada. Esta vez no puedo aceptarla.

No quedan en Bodrum demasiados restos de la antigua Halicarnaso, únicamente el anfiteatro y los restos de la tumba de Mausolo, el sátrapa de la Caria. Este gobernador persa tenía gran admiración por la cultura griega, lo que quedó reflejado en su imponente tumba, otra de las siete maravillas del mundo. Alguna reproducción del mausoleo se exhibe en el vestíbulo de uno de los hoteles que hay junto al anfiteatro. Durante su apogeo, el teatro tenía capacidad para unos 13.000 espectadores y se utilizaba principalmente para celebrar batallas entre gladiadores y representar obras de teatro. En el centro se erigía un altar dedicado al sacrificio. Allí, frente al altar, una de las viajeras lee unas palabras dedicadas a Heródoto. Otro compañero nos cuenta con gran sentido del humor una anécdota que toma como escenario nuestro Mercado central y sus tenderas.

Es el final de nuestro viaje, el mismo que muchos emprendieron con tanta ilusión y tantas expectativas. Celebramos la última noche en Bodrum con una intensidad especial bajo un cielo cubierto de estrellas en que pueden verse con claridad las constelaciones. No ha sido premeditado pero, tras romper la cremallera de uno de mis vestidos favoritos, uno de los pocos que traje en mi desigual e improvisada maleta, saco del cajón mi última camiseta limpia. En ella está escrita una frase: “Ahora o nunca”. Es algo que he aprendido durante este viaje en el que he ido levantando velos, reconociendo verdades: la vida no se puede postergar. Es tan solo un pequeño hilo de aire, frágil, el que nos ata a este mundo. Mientras miro los rostros alegres de mis compañeros me pregunto de qué manera podré integrar todo lo que he aprendido de ellos para seguir recorriendo el camino, cómo podré deshacer los lazos que he ido trenzando durante estos días de convivencia. Creo que lo mejor de este viaje no ha sido la historia antigua sino la historia que muchos de nosotros hemos construido juntos mientras leíamos poemas de Safo, textos de Epicuro, de Píndaro, compartíamos risas en el autobús, o hablábamos de constelaciones, de árboles, nubes y sueños. Al final de este viaje creo haber ganado algunos hermanos nuevos, algún padre y alguna madre, amigos nuevos que sustituirán a los que se fueron. Y aunque sé que muchos de los caminos trazados se separan de forma irremediable, esas piedras que yacen desparramadas sobre el suelo de Turquía nos unirán de algún modo en el recuerdo, vayamos donde vayamos.

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Alicia García Herrera

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