Aitana Castaño, Número 89, Opinión
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G de guaje

Por Aitana Castaño. Viernes, 15 de diciembre de 2017

@Sairutsa

María llamó a la puerta de su casa enfadada, rabiosa, llorando y magullada. Las lágrimas y las heridas fueron lo primero que vio Elvira, su madre, que se puso de rodillas frente a la niña.

–¿Con quién te pegaste esta vez, fia? –preguntó entre asustada por la sangre y cansada de las continuas peleas de su hija mientras comprobaba que los rasguños de la cara de la pequeña no eran nada graves.

–Pablo y yo…

–¿Te pegaste con Pablo? –preguntó Elvira sorprendida.

Y María le explicó que no. Que Pablo y ella lo que habían hecho era enfrentarse a los tres niños nuevos que había en la barriada. Tres hermanos, los Repiso, hijos del Cabo Repiso de la Guardia Civil, que eran enormes, que eran unos macarras, y que además, hablaban muy raro.

–¡Son cazurros! –gritó María como resumen de la contienda. Y Elvira, claro, la riñó. Le recordó que le tenía dicho que no se podía meter con otros niños por nada, pero menos por el lugar de dónde provenían, por su origen.

–Ye que no son guajes como nosotros… Mamá. Que no lo digo yo. Son ellos los que dicen que no son guajes, que llamar a alguien guaje ye como un insulto. Y que ellos no quieren ser guajes. Son distintos.

–No digas tonterías María. Todos los guajes del mundo sois iguales. Toditos. Y los Repiso también.

–Pero mamá.

–Pero nada. Y mira, ya sé lo que vas a hacer de castigo.

María miró a su madre que ya se había incorporado y le acariciaba la cicatriz de la ceja. Era una madre tan rara a la hora de castigar que María no se podía imaginar lo que le iba a tocar como castigo en aquella ocasión. Elvira y Dulce, la madre de Pablo, siempre les imponían penitencias cuanto menos extrañas. Una vez que los pillaron arrancando flores de las jardineras del parque, tuvieron que cuidar durante todo el invierno unos jacintos que sus madres les compraron en el mercado. Otra vez, para compensar el robo de cerezas en casa de Josefina La Bizca, tuvieron que acompañar a la vieja durante todas las tardes de un mes mientras rezaba el rosario.

Por eso se temía que, con estos antecedentes, la bronca con los Repiso obligara a María a jugar con ellos al futbol de por vida. Y no le apetecía nada.

Pero no. Su madre quedó en silencio, le limpió las heridas con agua oxigenada, le sopló con delicadeza para que no resquemaran y finalmente dijo:

–Vas a escribir en un papel todas las cosas que diferencian a los guajes de las cuencas de los Repiso, y después me lo vas a leer para explicármelos.

Ante la hoja en blanco, sentada en el salón de casa con la radio de fondo, María empezó mordiendo el lápiz con fruición. Iba a enumerar una a una todas las cosas que ella creía que diferenciaba a los guajes de la barriada de los guajes Repiso. Iba a escribirlo, aunque después, para que quedara bien claro, le pediría a Pablo que lo dibujara. Porque Pablo era el guaje que mejor dibujaba de todo el colegio, aunque cuando se lo decía alguien él solo resoplaba un “bueno”. Alargando la “e”. Pensó otro rato y empezó a escribir:

“Cosas que tenemos los guajes y que no tienen los Repiso”: Playeros del Economato, el pelo cortado “a lo pota”, los jerseys de lana que nos hacen las madres, los bocadillos de mantequilla y cacao, porque los de ellos son de “nocilla”, las piedras con fósiles que nos trae Carlos Abella de la Mina, las gorras de Cajastur que nos trae Cisco, el güelu de Pablo de la Feria de Muestras, los calorinos que también nos trae Cisco de cuando va a los talleres a ver a sus compañeros y el “chandar” del colegio que el nuestro es gris con una raya azul y el de ellos no.

“Esto es para que veas que nosotros somos guajes y los Repiso no”, terminaba el escrito. Cuando Elvira vio a María recoger el folio le dijo.

–¿Ya acabaste?

María se puso seria.

–Pero para que no te queden dudas. No me importa seguir con el castigo, y que Pablo lo dibuje. Para que veas que tengo razón y que los guajes y los Repiso somos distintos.

Elvira tuvo que ahogar la risa.

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