Editoriales, El Arruga, El Koko Parrilla, Humor Gráfico, Número 88
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Editorial: El difícil dilema del señor Puigdemont

Viñeta: El Koko Parrilla / Elarruga. Miércoles, 6 de diciembre de 2017

   Editorial

La anulación de la orden internacional de detención contra Carles Puigdemont y los cuatro exconsellers refugiados en Bélgica –dictada por el juez del Tribunal Supremo, Pablo Llarena–, ha provocado sorpresa en el mundo político y judicial. La retirada de la euroorden permitirá a los prófugos moverse con entera libertad por cualquier país extranjero, aunque podrán ser detenidos en el momento en que pongan sus pies en España. Juristas y expertos en Derecho Internacional tratan de interpretar qué razones han podido llevar al magistrado Llarena a tomar la decisión de exonerar a los huidos de la amenaza que suponía para ellos la posibilidad de ser extraditados por Bruselas y ser juzgados en España por los delitos de rebelión, sedición y malversación de caudales públicos. Unos creen que la medida, pese a que en principio puede parecer beneficiosa para el president de la Generalitat y los suyos, supone un paso más en la operación de acorralamiento de los fugados (no en vano, a partir de ahora a Puigdemont y sus colaboradores solo les quedarán dos opciones: o permanecer en Bélgica por una larga temporada o regresar a casa, en cuyo supuesto serían inmediatamente detenidos y enviados a la cárcel). Otros, los más duros y críticos con el auto del juez, consideran que su decisión no solo da oxígeno a los independentistas sino que supone “abrir la mano para dejar volar a los pájaros”. De hecho, el abogado del expresident catalán ya ha asegurado que su cliente no volverá a España de momento para evitar así la prisión provisional.

Con su decisión, la Justicia demuestra que Puigdemont no es ningún peligro para la democracia española. Que el honorable decida lo que quiere hacer con su vida

En cualquier caso, la decisión de Llarena se antoja calculada y estratégicamente efectiva, ya que pone la pelota en el tejado de Puigdemont para que sea él mismo quien decida qué quiere hacer con su vida, si desea regresar o quedarse indefinidamente en su frío exilio bruselense. De esa manera, al dejar en libertad al expresident para que decida su futuro −nunca mejor dicho−, la Justicia española muestra su lado más flexible y generoso que pone en entredicho, una vez más, la demagogia habitualmente utilizada por los independentistas cuando tratan de identificar al Estado español con un país neofascista. La decisión de Llarena demuestra que Puigdemont, pese a que es un problema para España, no es una obsesión que quite el sueño a los magistrados del Tribunal Supremo. Al anular la euroorden, el juez le está enviando un mensaje claro y rotundo al líder del PDeCAT: no consideramos que usted, señor honorable expresident del Govern, sea un peligroso terrorista a quien haya que detener a toda costa, cuanto antes y cueste lo que cueste, ni un mafioso sanguinario, ni un narcotraficante poderoso, simplemente un político que un buen día se obnubiló en su delirio, se creyó su papel de líder de la resistencia de la patria catalana, se lio la manta a la cabeza y se echó al monte irreflexivamente, como un maquis del siglo XXI. Por supuesto, nada de eso era cierto ni real, solo una especie de alucinación transitoria (o permanente) del honorable que tiene sus momentos de euforia y sus bajones depresivos. En realidad Puigdemont ni era el enemigo público número uno de España, ni un Charles de Gaulle que luchaba contra el supuesto fascismo español, ni un héroe de guerra que estaba arriesgando su vida por la patria en una supuesta fuga trepidante en la que le pisaban los talones las tropas de Franco, los falangistas y los siniestros espías de la Gestapo. Esa paranoia anacrónica, esa vuelta enfermiza al 36, ese remember histórico, solo estaba en la cabeza del president, y por eso nadie, ni en España ni en Europa ni siquiera el New York Times, le ha comprado la película bélica de bajo presupuesto y escasa credibilidad. Tras pasar varias semanas en el supuesto exilio de Bruselas y haber tenido tiempo suficiente para pensar, el mismo Puigdemont, que no es tonto sino más bien un hombre inteligente, se debería haber dado cuenta de que su estrategia de internacionalizar el conflicto apelando al victimismo de los pobres catalanes sojuzgados y oprimidos por el brutal totalitarismo español, no ha dado el resultado que esperaba, de modo que el único que ha hecho el ridículo con su disparatado remake de la guerra civil española que nadie se traga ha sido él. De ahí que el Supremo, más allá del lenguaje oscuro y complejo que emplea en sus resoluciones, lo que le está diciendo a las claras a Puigdemont es esto: “ya se cansará usted de vivir la loca aventura de héroe solitario de entreguerras. Ya se dará usted cuenta de que no es aquel Rick Blaine de Casablanca que luchaba contra los nazis, por mucho que se empeñe en emular a Bogart cuando camina por las calles belgas con el cuello subido del gabán. Ya volverá a España si quiere, y si no quiere hacerlo allá usted, quédese en Bruselas, que se vive muy bien, aunque sea una ciudad llena de burócratas aburridos”. Ese ejercicio de relativización de la huida de Puigdemont que ha hecho contra todo pronóstico la Justicia española resta épica al personaje, empequeñece su supuesta aura de mesías y lo pone en su sitio, que no es otro que el de un turista accidental, burgués y desocupado, que pasa unas largas vacaciones en Centroeuropa.

Puigdemont debería asumir que la vía unilateral, tal como él la había concebido, ya es pasado. Se impone un nuevo tiempo en la política catalana

Si Puigdemont fuera un político sensato y racional y no un visceral amasijo de nervios patrióticos con piernas, debería aceptar que su momento ya ha pasado, que el procés, tal como él lo diseñó, desde la perspectiva unilateral, ha resultado ser un fiasco, y que aquí lo que toca es dar un paso a un lado y dejar que otros inicien un nuevo tiempo marcado por la reconstrucción del diálogo y las instituciones catalanas perdidas tras la aplicación del 155. Llevar de nuevo la normalidad a Cataluña, en fin. Sin embargo, la tozudez es el peor enemigo de un gobernante y Puigdemont, consciente de que estamos en plena campaña electoral y la noticia de la retirada de la euroorden podía reportarle un puñado de votos entre los independentistas que aún creen en él, no ha tardado ni veinticuatro horas en convocar una rueda de prensa para comparecer ante los medios de comunicación y aparecer como vencedor en su litigio contra la aborrecible España, que ha terminado claudicando y poniéndose de rodillas ante el valiente chico de la película. Si finalmente España ha retirado la euroorden contra él ha sido sin duda para “no hacer el ridículo internacional”, por “cobardía” y porque le ha tenido “miedo” al president. Una vez más, estamos ante la ensoñación casi literaria, ficcional, de un hombre que se ha metido tanto en el papel de héroe que ha terminado creyéndose el rol. Esperemos que no termine durmiendo en un ataúd como le pasó a Bela Lugosi tras muchos años de interpretar al Conde Drácula. Eso de vivir atrincherado en castillos góticos como el Palau de Sant Jordi conlleva sus riesgos y uno acaba perdiendo la noción del espacio y del tiempo. De cualquier manera, que sea Puigdemont quien hable de “miedo” del Estado español no deja de ser soprendente, ya que fue precisamente a él a quien, al día siguiente de proclamar la gloriosa república independiente de Cataluña, le temblaron las canillas y salió huyendo a Bruselas para no ser arrestado por rebelión, mientras otros compañeros del Govern, como su vicepresidente Oriol Junqueras y otros consellers, decidían quedarse para comerse el marrón de Estremera.

En todo caso, se equivoca el expresident de la Generalitat en su empeño por seguir manteniendo el pulso con el Estado español. Debería darse cuenta de que su estrategia unilateral, su estrambótica declaración de independencia sin ningún valor jurídico, no va a ninguna parte porque se ha agotado en sí misma. Puigdemont está amortizado, por mucho que pretenda volver a presentarse a president como un Tarradellas revivido, solo que su exilio no ha estado tan afectado de penurias, hambres y miserias como lo estuvo el viejo y gran patriarca de la Generalitat, sino más bien lleno de tranquilos paseos matutinos por Bruselas, conferencias en el Club de Prensa, jugosos capuchinos y exquisitos chocolates y hoteles con encanto. Cuenta hoy la prensa que muchos en el PDeCAT (antes Convergència, hoy Junts Per Catalunya, quién sabe cómo se llamará ese partido dentro de un cuarto de hora) ya no quieren saber nada de un hombre que ha llevado a la derecha catalanista y pactista a la ruina total por su obcecada deriva secesionista. Lo mejor que podría hacer ahora Puigdemont es afrontar que el procés tal como él lo había concebido está muerto y enterrado y asumir que todo ha sido un tremendo dislate que ha conducido a millones de catalanes a un callejón sin salida, a la confrontación social entre dos bandos y al éxodo masivo de empresas y bancos. Tal ha sido el temporal político que ha desatado este Harry Potter del independentismo catalán.

Dicho lo cual, váyase a casa, señor Carles, relájese en la piscina de Soto del Real, prepare su defensa que le vendrá bien, supérelo, deje atrás su etapa de cuatrero del Parlament, el runrún del procés, la matraca de una independencia que no puede ser posible mientras tenga en contra a la mitad de su ciudadanía. Eso sí, hacer campaña electoral a miles de kilómetros de distancia, mediante el plasma, el holograma y el tuit apresurado ha sido todo un hallazgo, toda una innovación de la política en estos tiempos de posverdad. Ciertamente, le ha quedado muy moderno y muy milenial y seguro que habrá un antes y un después. Por algo tenía que pasar usted a la historia.

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