Humor Gráfico, L'Avi, Lidia Sanchis, Número 87, Opinión
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Vidas de diario

Por Lidia Sanchis / Ilustración: L’Avi. Viernes, 17 de noviembre de 2017

@AviNinotaire

Mi corazón es como un folio arrugado donde en una noche de insomnio he escrito algo, un poema o un grito, un papel con el que luego he hecho una bola y he lanzado de un puntapié lejos de aquí. Pero después, indefectiblemente, intento alisar la cuartilla emborronada de naderías y devolverla a su estado anterior sin que ello sea posible: así es la nostalgia. Y así es también escribir desde la nostalgia. Melancolía de un momento donde los pies no estaban hinchados ni las venas eran azules ni las banderas tristes. En las hojas de las grandes palabras algunos habrán escrito el nombre de su patria. Pero yo solo soy de los libros que he leído, incluso de los malos libros que he leído. Solo me reconozco en ellos y solo ellos explican quién soy y adónde pretendo ir. Si es que hay que ir a algún sitio. El mundo, que siempre ha sido un lugar inhóspito, se ha vuelto ahora insoportable: ya cualquiera escribe novelas. Y esas letras grandilocuentes y puntiagudas se convertirán en la patria querida para algunos. Escribirán sobre ese dolor que no es el suyo, sobre esa vida de la que nada saben. De pensarlo me dan escalofríos.

Siempre el cielo ha sido gris en la plaza Roja de Moscú. Después de tanto, su único deseo es que mañana fuera domingo y poder estar un rato más en la cama. Ni tener un chalet, ni un coche deportivo, ni conocer NY, ni la plaza Roja de Moscú, donde siempre el cielo es gris. Solo la tibieza de las sábanas en las que se arrebuja esperando que, al abrir los ojos a un nuevo día, su sueño se haya cumplido y que el folio esté allí, inmaculado, y que nadie lo haya manchado escribiendo su nombre en él.

Domingo. Ojalá fuera mañana domingo y no lunes o martes como será. Primero, amábamos los sábados de limpieza general y compra en el mercado; de café con las amigas por la tarde y cena de sándwich club en el ‘Michel’s’ de Nules, o en el bar ‘Los caracoles’, de Madrid o Barcelona. Los días siguientes, los domingos, tenían una luz cegadora de octubre, aunque estuviéramos en pleno mayo; de paella familiar en casa de la abuela (los niños en una mesa, los adultos en otra, y los adolescentes sin saber cuál era su lugar). Más tarde, los domingos eran todos de resaca, una resaca que dejaba la lengua estropajosa y que habían empezado el viernes anterior. O el anterior al interior, y cuya música machacona resonaba en la cabeza y en los oídos hasta varios días después de haber salido de la discoteca, cegados por el brillo de un domingo en el Valencia de la ruta. Mucho más tarde, aquel sonido hipnótico y electrizante a la vez ha dejado de sonar y ella se arrebuja entre las sábanas buscando un poco más de calor y deseando que mañana sea domingo. Un domingo. Un último domingo. Y está segura de que ella, esa chica de 18 años, la misma edad que tuvimos todos, también lo desea con todas sus fuerzas para no tener que volver a su vida de diario y encontrarse con tantos que la ensucian. Espiándola, escrutándola, violándola de nuevo.

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L'Avi

@AviNinotaire

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