Artsenal, Humor Gráfico, Número 87, Opinión, Víctor J. Maicas
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Sentirte forastero en tu propia tierra

Por Víctor J. Maicas / Viñeta: Artsenal. Viernes, 17 de noviembre de 2017

Víctor J. Maicas

Cuando allá por 1975 murió el dictador, yo estaba a punto de cumplir los doce años. Sí, recuerdo muy bien aquella época. Aquellos años en los que mi madre le pedía a mi padre y a mi tío bajar la voz, aun estando en casa, cuando hablaban de política (ya se pueden imaginar que no eran elogios precisamente lo que decían de aquel dictador fascista). También recuerdo perfectamente que en el colegio estaba prohibido hablar mi propia lengua materna, el valenciano, que es la que siempre hablé y sigo hablando en mi casa. Igualmente, recuerdo las pintadas en las calles en las que se condenaba aquel régimen, y muy especialmente aquellas que se hicieron después de las sentencias de muerte firmadas por un viejo decrépito que hasta el día de su muerte mantuvo su puño de hierro (ni las protestas internacionales ni la petición de clemencia del Papa ablandaron al dictador ante aquellos fusilamientos que, finalmente, se produjeron en septiembre de 1975).

En efecto, fue una época en blanco y negro, gris, del mismo color que los trajes de la temida policía franquista pero que, a la muerte del tirano, dio la impresión de que las cosas empezaban a cambiar. Puede resultar ahora anecdótico e incluso gracioso, pero todavía recuerdo que en aquellos primeros años de transición, ya con trece o catorce años, una de mis hermanas llegó a casa totalmente exaltada diciéndome que pusiera la radio (no recuerdo ahora concretamente qué emisora era). «Víctor, me acaban de decir que en la radio están hablando en nuestra lengua», me dijo totalmente alucinada y con una amplia sonrisa de oreja a oreja. ¿Sería aquello posible?, pensé yo. Y sí, era verdad, en aquella emisora de radio oí, por primera vez y ya con catorce años (y mi hermana con dieciocho), que se hablaba en nuestra lengua y la policía, según parecía, todavía no había clausurado la emisora. Y si yo con catorce años y mi hermana con dieciocho estábamos alucinados con aquel hecho, por algo tan normal como oír tu lengua materna en un medio de comunicación, no imagino lo que debieron pensar mi padre y mi madre que, con aproximadamente cincuenta años, habían pasado casi toda su vida oprimidos por el pensamiento único, por un régimen en el cual si te expresabas en tu propia lengua en ocasiones te decían aquello de «hable usted en cristiano» (refiriéndose, lógicamente, a que hablásemos en castellano).

Así es, para los jóvenes de hoy en día aquello les puede parecer muy lejano o de ciencia ficción, pero lo cierto es que no ha pasado tanto tiempo. Yo tengo ahora la edad que tenía mi padre por aquel entonces, y mientras durante aquel tiempo de la transición pensé que ya las cosas no podían volver atrás y la convivencia y el respeto a todas las culturas era la bandera que ondearía a partir de aquel momento, durante este pasado mes de octubre he vuelto a revivir aquel pasado. Primero viendo a agentes de policía mandados por el gobierno apaleando a gente que tan solo quería votar. Sí, sí, votar. Algo que debería ser normal en cualquier democracia.

Por cierto, si al leer esto último que acabo de decir alguien tiene la tentación de manipular mis palabras diciendo que eso lo digo porque soy un independentista encubierto, le recomiendo que antes de hacer cualquier valoración al respecto lea uno de mis artículos que lleva por título  ¿Qué patria es la tuya? (un artículo en el que, entre otras muchas cosas, expreso que mi única y verdadera patria es la libertad, la cultura y la defensa de los derechos humanos).

Pero como les decía antes de hacer esta matización, este mes de octubre no solo he tenido que ver porras machacando a pacíficos ciudadanos, incluidas viejecitas, sino también, en mi propia tierra, actuar a grupos de extrema derecha armados con palos y barras de hierro sin que, por lo que parece, esa policía que tan contundente fue con los que querían votar, lo fuera también con esos grupos ultras a los que no les gustaba el lema de una manifestación que decía «Sí al valencià». Nada se decía en dicha manifestación pacífica de no respetar otras lenguas u otras culturas, no. Simplemente se reivindicaba el derecho a hablar en nuestra propia lengua en unos tiempos en los que, según parece, aquella frase del ministro Wert acerca de españolizar a los niños catalanes ha calado hondo en determinada gente y muchos la están interpretando de una manera «muy peculiar» en todo el territorio del Estado, ya sean catalanes o de cualquier otra zona de la península. Así pues, ¿es esta una de las formas de españolizar que tienen algunos, a base de violencia y falta de respeto hacia la cultura del otro? En fin, pues si es así, creo yo que ese es un mal negocio, ya que el odio no lo sé, pero como mínimo el rencor seguro que se hereda al ver cómo y de qué forma agreden a tus hermanos, padres o abuelos.

Pero al margen de este radicalismo extremo y violento, lo que está claro, al menos para mí y para mucha más gente, es que Wert y los muchos que a día de hoy todavía piensan como él, es decir, los que quieren imponer una cultura sobre otra, deben ser la excepción que confirma la regla de la teoría de la evolución de Darwin. Sí, por lo que parece, y a pesar de que hayan pasado más de quinientos años desde la conquista de América, su intelecto apenas ha evolucionado, pues así como en aquella época se trataba de «cristianizar» a los indígenas, ahora su objetivo es “españolizar” a todo bicho viviente que viva en la llamada «piel de toro». Para ellos la variedad de culturas no es una riqueza, sino un problema, y una tiene que prevalecer sobre la otra, mostrar su poderío o, por decirlo de otra forma, demostrar por la fuerza su derecho de conquista. No se trata de convivir y aceptar por igual una cultura y otra, sino que una ha de dominar a la otra sí o sí. Tienen muy claro que si van a Francia han de aprender el francés, o el inglés en Inglaterra, pero aprender por ejemplo el gallego si se van a vivir a Galicia, el catalán o el valenciano en Cataluña o Valencia, o el euskera en Euskadi, ¿por qué? Sí, ¿por qué?, se preguntan, si eso es tierra conquistada. Así es, si se medita detenidamente, desgraciadamente, y ya en pleno siglo XXI, hay quien hace prevalecer el derecho de conquista y la supremacía de una sola cultura a la convivencia de todas las culturas y con los mismos derechos todas ellas (hace tan solo tres años, y en otro de mis artículos titulado Vuelve el fascismo, ya advertí de la deriva totalitaria a la que determinados personajes nos están llevando).

Y sí, por primera vez, y ya con más de cincuenta años a mis espaldas, me estoy empezando a sentir «forastero en mi propia tierra». Bueno, mejor dicho, determinadas actitudes y personajes me están haciendo sentir forastero en mi propia tierra. Porque si bien en aquella época de la transición había un consenso generalizado en todo el país acerca de respetar la cultura y la lengua autóctona de cada comunidad, dotándola de los mismos derechos que al castellano, en la actualidad cada vez hay más gente (eso lo estoy oyendo cada vez más) que dice, por ejemplo, que para qué se tiene que saber hablar el valenciano para ocupar un puesto de trabajo en la administración pública si con el castellano es más que suficiente. Y es que, según parece, aquel sentido de la convivencia que parecía imperar a finales de los 70 después de cuarenta años de dictadura, ya se ha perdido hoy en día.

Así es, con catorce años y a pesar de no haber oído hablar mi lengua materna en un medio de comunicación, nunca me sentí forastero en mi propia tierra puesto que se palpaba en el ambiente (no solo en mi tierra sino también en el resto del país) que casi todos íbamos a una para intentar crear una sociedad mejor para todos, incluidas lógicamente las minorías y los estratos más desfavorecidos de la sociedad. Algo que, en muchos sentidos, y como estamos viendo, ya no sucede hoy en día, pues además de españolizar a los catalanes, en mi tierra según parece mi lengua materna ya no tiene el reconocimiento de casi todos, por lo que quizá, y al ritmo que vamos, pronto se volverá a oír aquello de «hable usted en cristiano».

Sí, los derechos individuales, los de las minorías y el respeto a la cultura (sea cual sea) se están perdiendo a marchas forzadas, por lo que la única forma de acabar este artículo es recordando una frase que, tanto mi padre como mi madre, decían en plena dictadura: «Forasters vindran que de casa mos trauran».

¡Ah!, por cierto, creo que la frase se entiende perfectamente, pero por si alguien no la quiere entender, se la traduzco con mucho gusto (de hecho, tanto este artículo como la mayor parte de mi obra literaria está escrita en castellano puesto que jamás he tenido, ni tendré, ningún problema en utilizar cualquier tipo de lengua y respetar cualquier cultura ya que eso es sinónimo de convivencia, justicia y bien común). Esta es, pues, la traducción por si a alguien le dolían los ojos al leer una frase no escrita «en cristiano»: «Forasteros vendrán que de casa nos sacarán».

Así pues, o vuelve la cordura, el diálogo y el respeto mutuo a todos los niveles para así poder convivir en paz, o todos lo acabaremos pagando. Y es que «la ley del más fuerte» y la violencia no soluciona ningún problema, solo lo enquista y lo empeora.

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