Humor Gráfico, L'Avi, Lidia Sanchis, Número 88, Opinión
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Se llamaba Paco y era un hijo de puta

Por Lidia Sanchis / Ilustración: L’Avi. Viernes, 1 de diciembre de 2017

@AviNinotaire

Hace tanto tiempo y ella era tan pequeña que a su casa aún no había llegado la tele. Precisamente por eso contestó que sí con una sonrisa de oreja a oreja cuando su vecino le sugirió que podía pasar a ver Un globo, dos globos, tres globos después de merendar, justo a la hora en que su madre se subía al piso a preparar la cena y ella se solía quedar un buen rato jugando en la calle, sola, lejos de la mirada de un adulto. Las casas de la niña y del vecino, cuyo padre era el casero de la familia de ella, estaban pegadas. Él era un joven de pelo largo y pantalones vaqueros, hijo del director del principal banco del pueblo.

La casa olía a meados, a gato, a cerrado. En la habitación donde estaba el televisor había un sofá tapizado con uno de esos terciopelos adamascados de color verde. Él se sentó y le  pidió a ella que se sentara sobre sus rodillas. Como un juego de papás y mamás. La niña accedió mientras la sintonía del programa infantil llenaba la salita de la casa y los monigotes en blanco y negro le anunciaban desde la pantalla que aquello iba a comenzar. Él empezó a acariciarle las piernas mientras María Luisa Seco recitaba el cuento de turno. La mano de él subió por la rodilla, y después, se detuvo en su muslo flaco de niña pequeña hasta que se posó en su pubis. Muy despacio, la mano de él se metió entre las braguitas de ella y, rítmica y asquerosamente, comenzó a toquetearla durante una hora, justo el tiempo que duraba el programa. La luna es un globo que se me escapó. Cuando él acabó, ella salió de la habitación  y se sentó en el umbral de su casa, incapaz de comprender lo que había pasado, ni de reaccionar. Y allí la encontró su padre, que empezó a interrogarla sobre si se había peleado con alguien y sobre por qué estaba tan triste. Al fin la niña pudo articular alguna palabra y su padre fue a hablar con el vecino. Ella no recuerda nada más, solo que no volvió a aquella habitación ni a ninguna otra y que jamás se habló de aquello en su casa: las familias son tumbas silenciosas donde se custodian los peores secretos. Poco tiempo después, su padre compró un televisor y ella empezó a tener una pesadilla de la que ahora, décadas después, aún se acuerda. Era un hombre con su cara hecha de agujas. La aterrorizó hasta el punto de no haberla olvidado. Ahora sabe que era la cara de él. Que fue su cara punzante lo que la dejó marcada para siempre y que esos alfileres afilados eran reflejo de su dolor y de su sentimiento de culpa.

Una noche la niña, que ya es adulta, hizo recuento: recuento de víctimas, de otras mujeres que, como ella, fueron objeto de abusos sexuales. Mujeres que ahora son abogadas o amas de casa, enfermeras o cajeras en un supermercado, y que alguna noche de confesiones arrebatadas fueron capaces de contarlo. Como esa amiga que cuando era pequeña y vivía en una gran ciudad le abrió el portal de la finca a lo que le pareció un amigable cartero que la sujetó por las piernas con la excusa de que no alcanzaba para introducir una carta en el buzón más alto y le metió los dedos en la vagina y le provocó un desgarro que ella no supo ni explicar a sus padres. O esa otra amiga, a la que el padre de una tercera manoseaba cada vez que iba a bañarse en la piscina de su chalet. Y esas otras que, ya universitarias, fueron acosadas en un autobús de la EMT de Valencia atestado de gente. Y acosadas quiere decir que un individuo les pegó al pubis su miembro asquerosamente enhiesto y asquerosamente les palpó las tetas, apenas unos segundos antes de llegar a la parada en la que, abriéndose paso a codazos, logró escapar sin que la mayoría de pasajeros se diera cuenta de lo que había pasado. O aquella jovencita a la que un verano, siendo camarera de un chiringuito de playa, un policía local de farra con sus amigotes le metió la mano por debajo de la falda y le tocó el culo mientras otros diez o doce tíos se reían por su proeza que, era evidente, ya había alcanzado en otras ocasiones.

Aquella noche, pues, ella hizo recuento y le salieron tantas víctimas en el haber que dejó de contar. Aún tiembla cuando piensa en ello, cuando piensa en todas aquellas niñas. Ahora mismo está temblando. Y cuando va a las manifestaciones del 26 de noviembre se pregunta si alguno de esos hombres solidarios que acompañan a las mujeres que corean consignas contra el maltrato, contra el abuso y contra la violencia no será hijo o nieto de su vecino. Porque si no, tampoco le salen las cuentas.

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L'Avi

@AviNinotaire

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