Cipriano Torres, El Petardo, Humor Gráfico, Número 87, Opinión
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El proceso y la Axarquía

Por Cipriano Torres / Ilustración: El Petardo. Viernes, 17 de noviembre de 2017

@CiprianoTorres

Te levantas por la mañana y sales de la casa. Notas el rocío en el suelo, en la tierra, en las hojas de los árboles, y vas buscando ese rayo de sol que se cuela con la fuerza del oro por la higuera, por el enorme y espeso aguacate, monumental, una mole delicada que amamanta con sabiduría silenciosa los frutos que le cuelgan como zarcillos de jade que van madurando durante meses, dudas si coger ahora o luego ese membrillo, si te llevas la chirimoya antes de que acabe en el suelo y se reviente, y no quieres ni mirar, tan temprano, la dulce tentación de los caquis, algunos en el suelo abiertos en canal con su carne lujuriosa, preparada para que le metas la boca, la lengua, y te llenes y te manches y descubras que nunca te cansas de ese sabor que te chorrea por la cara y te vuelves loco hocicando como un animalillo en su interior de miel, y al final, recorriendo el huerto, llegas a donde ibas, y cortas cuatro, cinco, seis naranjas, y lo haces como el que recoge el diario tesoro que la tierra te tiene reservado, y vuelves a la casa en la ladera del cerro donde crecen más frutales y ya hueles el café que te dejaste en el fuego, y preparas el pan para las tostadas, haces el zumo y notas cómo el aire se perfuma con gotitas de un ácido dulce, y pones en la bandeja el aceite de los olivos del Puente de Don Manuel, de La Viñuela, de Periana, y cuando te sientas en el porche a desayunar le das gracias a la vida porque un día más estás ahí y apenas necesitas nada más que esas naranjas o ese aceite.

Luego, en el mismo sitio, en la misma mesa, notando cómo el sol va caldeando el aire conforme se levanta la mañana, saltas de un diario a otro, escarbas en los titulares con desgana, lees algo que te llama la atención, consultas páginas especializadas, y al final escribes la columna que mañana publicarán los periódicos con una fuerza, gana y un oficio que a ti mismo te sorprende. Abres el libro que ahora te acompaña, estiras los pies y los colocas en la silla de enfrente, te abandonas, y dejas que la modorra que te llega de este sol de otoño haga su trabajo, y líe en tu cabeza una madeja que va de la somnolencia a la realidad de ese cacareo de gallinas sueltas que sabes que picotean la tierra buscando lombrices, tallos tiernos y húmedos, y ya, en ese limbo entre el viaje en una órbita azulada y la conciencia más terrenal sabes que hoy comerás huevos fritos con patatas y pimientos que cogerás del bancal, y cuando quieres darte cuenta estás en la cocina, y notas que por detrás llega tu amor y te da besitos en la nuca y le dices que cuidado, que a ver si nos quemamos, pero no quieres que se retire, y te busca los labios y te deja un manojo de cariño, y te estremeces y te gusta que aún te queden sentidos para notar cómo huele al pimiento recién cortado, cómo esa yema naranja promete un sabor como no lo encontrarás en ningún supermercado porque han sido tus manos las que han cogido el huevo recién puesto.

Pasas la tarde entre mimos, paseos por los caminos de la zona, lecturas, o excursiones a pueblos que aún no conoces, y notas que llega la noche porque las gallinas se han metido en la jaula, y el fresco y alguna brisa que trae sabores de mar cercano te acarician como invitándote a que vuelvas a dentro. No has hecho nada especial durante el día, eso crees. Pero cuando enciendes la tele descubres todo lo contrario. Ahí sigue la misma banda. El del flequillo, el barbas, el guapo, el coletas, el rancio yogurín con corbata, el del ojo bizco, la del flequillo cortado a tazón y camisetas con mensaje, el rufián revenido, con lengua de vinagre, y entonces sí, entonces te alegras de que tu proceso esté aquí, en La Axarquía malagueña o en la vega granadina, escuchando sin parar Jay Jay Johanson, paseando las calles del Albaicín, y «el procès» allí, lejos, y te pille cansado y hasta los cojones de tanto gilipollas, y con ganas de que llegue mañana para volver a tomarte el zumo de unas naranjas recién cortadas del árbol esperando que alguien te dé besitos sin parar.

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@petardohuelva

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