Artsenal, Humor Gráfico, Número 86, Opinión, Víctor J. Maicas
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¿Qué patria es la tuya?

Por Víctor J. Maicas / Viñeta: Artsenal. Viernes, 3 de noviembre de 2o17

Víctor J. Maicas

A menudo, cuando por televisión veo imágenes terribles como por ejemplo la de los refugiados sirios retenidos a las puertas de Europa, o manifestaciones xenófobas protagonizadas por un tipo de gente que alega defender su patria frente a los extranjeros, doy gracias a Dios o a quien corresponda (probablemente a mis padres) por haber sido educado sin el fanatismo de pertenecer a una patria en concreto.

No, desde muy niño, en mi casa nunca me inculcaron el amor a una bandera o a un himno, muy probablemente porque dicha bandera y dicho himno vigente que en teoría debía representar a todos los integrantes de mi país sin excepción, de alguna manera se había convertido en la bandera y en el himno del opresor. Sí, en tiempos de la dictadura, aquellos símbolos que en teoría nos debían unir a todos, en la práctica se habían convertido en instrumentos de opresión hacia mi propia lengua materna, hacia mi propia cultura y, también, hacia mi derecho a pensar por mí mismo y no como quería la rígida moral de la época. Así es, esos símbolos también significaban, de alguna forma, la opresión de mi libertad.

Así pues, recuerdo que otros símbolos como la bandera cuatribarrada (la del País Valenciano, por ejemplo) o himnos como el de Riego o la propia “Muixeranga” más que identificarme con una patria concreta me identificaban con el ansia de libertad en el sentido más amplio de la palabra. Libertad de pensamiento, defensa de los Derechos Humanos de todos sin excepción aunque los demás no pensaran como tú, e incluso admiración hacia esos pueblos que basaban su sociedad en el bien común y en el respeto al diferente. Sí, sociedades, por ejemplo, como las de los países escandinavos representados por un símbolo que siempre me ha fascinado, la apuesta clara y contundente por un “Estado del Bienestar” en el que se garantizaba no solo la libertad de sus individuos, sino también su derecho a una vida digna.

En efecto, en mi adolescencia y juventud, y también he de decir que ahora en mi madurez, no me hubiese importado que mi nacionalidad hubiese sido la sueca, la noruega o la danesa. Incluso en esos años de mi adolescencia, precisamente cuando empezaba a descubrir la historia a través de los libros, me sentía francés al descubrir los principios que originaron la revolución francesa o madrileño cuando alguno de esos libros me contaba, cómo y de qué forma, la ciudad de Madrid combatió hasta el último momento al fascismo durante la guerra civil para así conservar la libertad y la democracia con aquella conocida frase de “no pasarán”. Y también me sentí catalán, vasco, andaluz o extremeño cuando descubrí igualmente que en los tiempos de la dictadura en un sinfín de pueblos y ciudades de la península muchos arriesgaron sus propias vidas desde la clandestinidad para combatir a la sinrazón, aquella que estaba representada por el pensamiento único y por un sentido de patria que no respetaba al diferente.

Y cuando oía aquella canción de Georges Brassens cantada en nuestro país por Paco Ibáñez y cuyo estribillo decía aquello de “no, a la gente no gusta que uno tenga su propia fe; todos, todos, me miran mal, salvo los ciegos, es natural”, yo también me sentía como él, como Paco Ibáñez, y más aún cuando en la misma canción, y en otra de sus estrofas, se decía aquello otro de “cuando la fiesta nacional yo me quedo en la cama igual, que la música militar nunca me pudo levantar; en el mundo pues no hay mayor pecado, que el de no seguir al abanderado”.

En efecto, en aquella época, y desgraciadamente también hoy en día, es más importante para la gran mayoría el amor a una bandera y a un himno único, que el respeto a los Derechos Humanos sea cual sea el origen de cada cual.

Debe ser por eso por lo que actualmente sigo pensando lo mismo que en mi adolescencia y juventud, es decir, que mi patria más que una bandera o un himno son unos sentimientos. Unos sentimientos precisamente que priman el bienestar de la gente y de quienes me rodean por encima de fronteras o colores. Porque mi patria, en definitiva, es la gente que me rodea y me respeta sin preguntarme de dónde soy y de dónde vengo. Sí, mi patria se basa en los sentimientos, algo que corroboró mi hija al nacer. Y que me recuerda cada día mi mujer y la gente que me quiere. Y mi cultura, mi cultura son mis raíces, mi lengua, el respeto mutuo hacia los demás y ese sentimiento de que vivimos para compartir y disfrutar de ello, y no para acumular y ostentar frente a los demás.

En fin, querido lector, no sé qué patria será la tuya, pero como poco te pido que respetes la mía y la de los que no son como tú, aunque desgraciadamente a los “apátridas” que no seguimos al abanderado, tal y como decía la canción, se nos considere unos peligrosos “antisistema” o “librepensadores” que no solemos respetar la ley y el orden, al menos la ley y el orden de la gran mayoría.

No, lo siento, a mí que no me hablen de la patria, sino de sentimientos, de Derechos Humanos y de dignidad, esa que es necesaria para todos sin excepción aunque el destino los haya hecho nacer en el rincón más alejado del planeta.

Y por si alguien no ha acabado de entender cómo es mi propia patria, les dejo con estos versos que encabezan una de mis novelas:

Mi país no tiene patria

pero sí raíces.

Mi país no tiene leyes judiciales

pero sí morales.

Mi país no tiene fronteras

pero sí sentimientos.

Mi país no somete a nadie

solo lo ensalza.

Dicen que mi país no existe

pero yo lo llevo aferrado a mi corazón.

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