Humor Gráfico, Luis Sánchez, Luis Sánchez, Número 87, Opinión
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Mi amor mío

Por Luis Sánchez.  Viernes, 17 de noviembre de 2017

Luis Sánchez

Reproduzco un suculento diálogo de El grito de la lechuza (1962), novela no exenta de romanticismo, de la escritora texana Patricia Highsmith. Hacía la mitad del libro, leemos:

–¿Qué ha dicho Nickie?

–Que está de mi parte.

Greg cogió la botella de whisky y se sirvió un poco en un vaso.

–Me ha dicho que creía que usted abogaría por Forester –dijo Greg acercándose a Ralph–. ¡Jesús! ¿Desde cuándo los tipos que roban las novias a los demás encuentran defensores?

–¿Desde cuándo se roban las chicas? No son… sacos de azúcar precisamente.

–Jenny lo es –dijo Greg como en sueños–. Es como un saco de azúcar.

Veamos. Greg es un machirulo que está furioso porque le han “robado” la novia. Le podían haber robado la cartera, el coche o los donuts, da igual: estamos en el mismo nivel de exigencia: el de la propiedad privada. Greg habla de Jenny (su novia y futura madre de sus hijos) como si fuese “un saco de azúcar”, es decir, como un producto (azúcar), como una mercancía (saco de azúcar). A propósito, imaginemos la prenda de vestir. Un saco: un sayal, y la tela, basta y áspera. Eso sí, el saco es de azúcar (dulce, el sabor infantil por excelencia: deseo, capricho, cabezonería, inmadurez…). Y, por último, no olvidemos el precio, porque todo producto comercial cuesta un dinero (y cuando pagamos una cantidad, se generan derechos, e incluso, obligaciones morales). La pareja había planeado casarse en pocos meses, aunque era Greg quien más prisa mostraba; de hecho, tenía «apalabrada una casa en Trenton». Compro-bamos, pues, que aquí no sólo hay un proyecto de vida, sino mucho más: hay una inversión (de tiempo, de energía, de dinero…). Además, en toda inversión –es obvio–, se crean expectativas de ganancia (aumento del beneficio). El dinero, al carecer de dueño (de raíz), pasa de unas manos a otras con suma facilidad (suma y sigue), y va corrompiendo las conciencias a su paso: implanta una visión economicista del amor, es decir, prostituye las relaciones.

«Se habían acostado juntos dos veces y decidieron no volver a hacerlo hasta estar casados. En el fondo se trataba de una condición impuesta por Jenny, que él quería romper». Un proverbio latino: Semen retentum venenum est. Pues bien, ese semen retenido de Greg, pasado, primero, por el tamiz del patriarcado (la moral judeocristiana) y, después, por el del capitalismo (inflamación del capital), se transforma en mala leche: agresividad con Jenny y violencia con Robert Forester, el supuesto amante de ésta.

Pero ¿cómo hemos llegado a esta situación? Abonando un camino que no tiene retorno, sin duda; pero, sobre todo, restando cualidades de adulto (independencia) a Jenny hasta llegar a cosificarla. Greg practica boxeo, es iracundo, paternalista, infantiloide, controlador y celoso. Cuando habla con Jenny (es empleada de banco) o se refiere a ella, utiliza los términos «pequeña», «niña» o «muchachita». Ella tiene 23 años y él 28, así que la infantiliza para, luego, convertirla en su «saco de azúcar», contrapunto del saco de boxeo.

Ahora bien, en el amor (como en la amistad) no basta con que uno quiera, han de querer los dos, y la relación se rompe cuando uno de los dos lo decide (la libertad). Solo en el reconocimiento del otro como persona igual que yo se da el amor: entrega (para compartir), en vez de posesión (se posee el objeto, la cosa, pero no a la persona), y en el acto sexual, en vez de autoafirmación del ser, disolución del ser, ya que solo cuando me fundo en el otro soy más que yo (un hermoso camino a descubrir).

Atención: no es una guerra de sexos (hombres contra mujeres: “divide y vencerás”), sino de roles: dominadores contra dominados. Un ejemplo: Ralph, el interlocutor de Greg, piensa de modo bien distinto a éste. Y otro ejemplo más: Nickie –la dominadora exesposa de Forester y actual esposa de Ralph– es más mala que el imán de Ripoll.

No es suficiente con querer mucho (cantidad), hay que saber querer, hay que aprender a querer. Nos falta una educación sentimental; pero para eso, hay que cambiar el Sistema.

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