Humor Gráfico, L'Avi, Lidia Sanchis, Número 86, Opinión
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#Metoo: el gran silencio

Por Lidia Sanchis / Ilustración: L’Avi. Viernes, 3 de noviembre de 2017

@AviNinotaire

La campaña #Metoo está concebida como una herramienta para acabar con la espiral de silencio que envuelve el acoso sexual que en algún momento de la vida (sí, yo también) hemos padecido todas nosotras. Sin embargo, no es el silencio sino las palabras lo que, en mi opinión, caracteriza ese machismo soterrado que, lamentablemente, en demasiadas ocasiones deviene en abuso o en violencia contra las mujeres. No te pintes tanto, que pareces una puerta; esa falda es demasiado corta; se te ve el canalillo: no es elegante; mejor que te calles, que tú de esto no entiendes; dónde ibas a esas horas y además, sola; si quieres el trabajo, ya sabes lo que tienes que hacer; en esta empresa una mujer como tú puede llegar muy lejos, así que supongo que no entrará en tus planes tener hijos, y así hasta el infinito. Aunque mis palabras preferidas son las indicaciones que te dan los hombres cuando vas a aparcar el coche, aunque quien las pronuncia sea un pipiolo de 20 años, justo los mismos que hace que tú, mujer, tienes el carné de conducir. El universo entero está lleno de palabras para decir a las mujeres qué es lo que tienen que hacer. Pero, sin embargo, son las mismas palabras que todos han callado durante décadas y no han denunciado el abuso continuado y casi a la luz del día del productor Harvey Weinstein, uno de los artífices de películas como El paciente inglés, Pulp fiction o Shakespeare in love, quien en las últimas semanas ha recibido denuncias públicas de más de 60 mujeres por acoso o abuso sexual, incluidas violaciones. Ahora parece que todos lo sabían y que también todos callaron. Pero no es necesario ir a Hollywood ni ser una actriz en ciernes para participar de ese gran silencio que envuelve el abuso después de que se haya producido.  Porque es después cuando se calla. Lo que compran los Weinstein de este mundo es el silencio de sus víctimas. Y toda la sociedad participa de ese mercadeo obsceno. Ni siquiera las eurodiputadas del Parlamento Europeo se libran y se han sumado a la campaña contando sus experiencias de acoso sexual. Todo ello ha provocado que algunas voces pidan una investigación en la Eurocámara y una revisión de la normativa interna que ha demostrado su ineficacia a partir de las denuncias que se han hecho públicas. El problema es que el acoso a las mujeres no es un problema porque no se percibe como tal: solo lo es cuando se traspasan ciertas fronteras y se convierte en violencia física. Y no siempre. El universo (y las revistas, y la radio, y la televisión, y mi madre, y mi vecina, y el portero, y Manolo el del bar, y mi jefe, y mi novio, y mi amante) está lleno de palabras para exigir a las mujeres que cultiven las amistades, la pasión y la depilación (supongo que el orden influye), si es que quieren realizarse y sentirse mujeres plenas. Que la más alta meta que pueden alcanzar en la vida es ser madres. Que pueden llegar a ser vicepresidentas (jamás presidentas) del Gobierno pero deben esforzarse en caber en una talla 38 o si no, están perdidas. Que si alguien quiere saber por dónde se va a Albacete y se topa con una pareja, siempre, pero siempre, siempre, le preguntará a él y jamás, jamás, jamás a ella. Que en una esquina cualquiera de un pueblo cualquiera, o en Rue Wiertz/Wiertzstraat, 60, de Bruselas siempre habrá un hombre, quizá aún barbilampiño, para indicarle a una cómo tiene que aparcar.

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L'Avi

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