Francisco Saura, Número 87, Opinión
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Mar

Por Francisco Saura. Viernes, 17 de noviembre de 2017

@pacosaura2

No era un bosque, no eran los animales que lo habitaban ni las setas que crecían en otoño. Era un mar: azul, blanco, gris… un mar que bailaba la danza de la tristeza en los primeros días de noviembre, que se vestía con el rastro de las nubes en los días de levante o con el violento beso de arena e infierno en los retornos del lebeche. No había bosque que desforestar ni tierra que roturar, solo el suave contacto con el rizo de nácar de su superficie mientras la mirada buscaba las sierras del horizonte, allí donde una nube se abrazaba a las sinuosas sombras ocres que recortaban el cielo.

Y el sabor a sal y a luna vestida de algas y de peces iridiscentes. Allí, donde había un mar, y los caballitos de mar, y las velas de los pesqueros, y las gaviotas, y una mano que te buscaba entre los espejos superpuestos del universo.

Allí había una mujer contemplando el corazón del mar. Solo tenía que beber de su fondo de arena para que su alma viviera eternamente en el oleaje, cabalgando sobre sus crestas siempre veladas por la noche en esos tiempos míticos de brujas, alabastros de oro y jinetes cabalgando por las amplias llanuras colmatadas de calaveras ofrendadas a los dioses del terror.

Y tal vez en mitad, el árbol del ahorcado.

Y mirabas alrededor y solo había molinos y llantos brotando de la tierra profunda. Y a lo lejos, el cabezo Gordo, y más lejos aún el crepúsculo batallando con aquellos extraños seres que subían las laderas con sus carretas y sus cánticos de profanación. Entonces eran débiles y la naturaleza esa terrible madre que daba y quitaba con su rígida armadura de supervivencia. La carretera serpenteaba, culminaba y cedía su pendiente hasta deslizarse como una serpiente que cambiaba la piel a cada sombra de garrofera. Nadie podía cambiar el rumbo de los vientos, tampoco el régimen de las lluvias; y las casas se construían casi con el hueco de las manos y la vida cabía en la rutina de sobrevivir hasta que la enfermedad te quebrara y cavara un hoyo en la tierra. Pero a veces el mar te llamaba, te llevaba y te traía, te susurraba al oído que podías cruzarlo hasta llegar a aquellos islotes de enfrente donde las sirenas te esperaban siempre despiertas y amenazantes. Y te sumergías en sus aguas, y buceabas con los ojos abiertos, y lo cruzabas a nado hasta llegar a su mitad geográfica, en donde descansabas unos instantes observando el cielo azul, sintiéndote un ser insignificante, un microorganismo incapaz de arañar los versos extremos de aquel poema que compuso la naturaleza durante millones de años.

El viento arrastraba la batista levantada por las olas, quebrando el cielo con el aleteo vaporoso del lino. Alrededor, solo una voz profunda que parecía brotar de las abisales presencias iridiscentes calmaba el graznido terrible de las gaviotas. Había llegado ese momento de comulgar en presencia de la muerte. Lo demás, las promesas de un futuro dorado, de verdes praderas y bosquecillos como diseminados por las musas de la poesía, los solaces del green, los últimos gintonic apurados mientras la aurora se acerca, formaba ya parte de aquel torbellino de pasiones depuestas ante el amo del universo, aquel que nos gobernaba desde su inmaterial perfidia.

Allí hubo un mar.

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