Ben, Francisco Saura, Humor Gráfico, Número 86, Opinión
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Y de repente

Por Francisco Saura / Viñeta: Ben. Viernes, 3 de noviembre de 2017

@pacosaura2

Y de repente la carretera se acaba porque delante hay un bancal de limoneros, y al fondo una sierra pelada y arriba un cielo blanco. O porque han volado el puente sobre el río, o porque una riada ha destruido el asfalto o por cualquier otro suceso, natural o humano. Las carreteras fueron construidas hace siglos con grandes esfuerzos. Servían para comunicarse, para negociar, para explorar, a veces para alcanzar la libertad, otras veces para caer en la esclavitud. Pero siempre hubo carreteras, o caminos o sendas intrincadas. Y gente en el trayecto, en la ladera contraria, debajo de un campanario, a las puertas de una capilla románica. En determinadas épocas, los caminos estaban infestados de bandidos. Eran inseguros y aventurarse por ellos era dirigirse directamente a la muerte. Todavía recordamos los buitres volando en círculos a un lado de la carretera y una hilera de cadáveres en la cuneta, en una curva cercana al bosque tenebroso. Hubo siglos en los que nadie se aventuraba más allá de los pastos comunales, sin perder de vista las primeras casas del lugar. Otros siglos fueron propicios para transitar alejados de las carreteras, huyendo de los lugartenientes de los reyezuelos. Pero siempre hubo carreteras, y caminos y sendas y lugares de encuentro.

Todos somos hijos de las carreteras, todos hemos caminado alguna vez por ellas buscando respuestas a nuestras dudas. Solo los poderosos las han temido y las han dinamitado en cuanto han tenido ocasión. Por ellas solo pueden transitar mercancías, nunca las ideas, sobre todo si estas se refieren a la solidaridad y a la decencia colectiva. La semana que acaba ha demostrado que la gente puede recorrer el Camino de Santiago sin ver nada en derredor, solo contemplando sus pasos. Como autistas sociales reunidos sin contacto alguno en grandes y ruidosas manifestaciones. En Barcelona y en Madrid. Los caminos sirven para escuchar, para contemplar lo que los rodea: la aldea en la colina, la niebla en los prados, el repiqueo de las campanas, el bosque de ribera en el fondo del valle. Pero hay gente que viaja y no ve nada, y cuando gira la cabeza observa su orgullo reflejado en el escaparate del cielo.

He visto gente enarbolando banderas de diverso pelaje. Aullando bajo enormes banderas que flamean en gigantescos mástiles. He visto banderas en los balcones, en los campos de fútbol, fuera de los campos de fútbol… He visto banderas cerrando los caminos, dinamitando los puentes, arrastradas por el agua embravecida de los torrentes. Y he preferido callar cuando de la boca de mis contertulios salían banderas de alambre. Estoy harto de las banderas y de los que las enarbolan, de los que prefieren gritar a hablar, de los que te apuñalan con ellas y de los que se las ponen como capa y la esgrimen como espada.

Los de siempre han decidido roturar los caminos y plantar ortigas en su lugar. Un terrible viento sopla de nuevo sobre nuestras tierras. Tiempo sin caminos, tiempo de banderas.

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@BenBrutalplanet

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