Ben, Humor Gráfico, Número 88, Opinión, Rosa Regàs
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Los moralistas

Por Rosa Regàs / Viñeta: Ben. Viernes, 1 de diciembre de 2017

@rosaregas

Decía Oriol Bohigas, hace ya muchos años, cuando comenzábamos a discutir en serio sobre este tema y revisábamos su Historia, que los nacionalismos han de ser de izquierdas, nunca deberían ser de derechas. Y ahora me parece entender por qué lo decía con tanta pasión, no solo porque él fuera de izquierdas sino porque los que son de derechas –de la derecha económica, capitalista como ha sido siempre y es hoy la derecha y la de los que defienden este sentimiento patriótico–, corrían el peligro de salirse de madre, a veces incluso de olvidar los principios y valores que los llevaron a defender la patria.

El nacionalismo, qué duda cabe, tiene sus cosas buenas, pero tiene también, como hemos visto a lo largo de toda la Historia, terribles comportamientos colectivos que acaban siendo graves peligros para la nación y para el mundo. A mi modo de ver, uno de los que tiene más terribles consecuencias para quienes no piensan como ellos, es el áurea que impone a los nacionalistas –o que se imponen ellos mismos– solo por el hecho de serlo, la convicción de estar en la verdad, de tal modo que lo que dice un nacionalista ha de ser cierto a la fuerza, lo haya comprobado, investigado, conocido, o no. Y a muchos de ellos, esta verdad que ostentan les da derecho a insultar, levantar falsos testimonios que para ellos no lo son, marginar al maldito y a poder ser destruirlo, borrarlo de la sociedad y de la Historia. Y como todo lo que dice el nacionalista es una verdad pura y dura y como tal está aceptada por los suyos, quien la discute se convierte en maldito, en traidor.

Es un don que tienen, claro está, los nacionalistas que hablan en los medios, los gobernantes que lideran el comportamiento de las masas y la estrategia a seguir, los que los aplauden, los que los obedecen, y ya no digamos los mediocres que vestidos con el ropaje estelar logran adquirir cierta visibilidad cuando convierten su verdad en verdad universal y aprovechan para dividir el mundo en ciudadanos buenos y malos.

Así han hecho tres autores que en los últimos días han publicado un libelo, Perlas catalanas, con una larga lista de malos catalanes a los que llaman ‘botiflers’, colaboracionistas, esclavistas, franquistas y falangistas y lindezas por el estilo.

Al margen de por qué lo han hecho y cómo lo han hecho, que poco importa, hay que recordar que una lista de este tipo es el primer paso hacia la discriminación, hacia el macartismo, incluso hacia otros ejemplos discriminatorios más brutales. Aunque bien mirado, la discriminación ya funciona desde siempre aquí, pero a la catalana, en silencio, subrepticiamente, para que nadie nos pueda a acusar de marginar al que no piensa como nosotros, al que escribe en castellano por ejemplo, o al que no es un servidor obediente a la patria, a su patria. Así no se corre el peligro de sentirse culpables de comportamientos que casan mal con lo que hoy en día decimos que se espera de los políticos y más aún de las ideas.

El criterio que han seguido estos moralistas para elaborar la lista es inexistente o al menos no es comprensible. Acusan a los malos catalanes de no ser demócratas porque, dicen, no aceptan el referéndum, pero todo esto lo inventan porque en la lista hay mucha gente que sí está de acuerdo con el referéndum. Muchos de ellos por convicción y porque creen que cada pueblo tiene derecho a decidir su destino. Pero otros muchos porque están convencidos de que si Rajoy hubiera autorizado el referéndum, como hizo con sabiduría encomiable el primer ministro de Gran Bretaña, David Cameron, haría ya dos años que no se hablaría de esta independencia en Cataluña, la que hubiera tendría otro camino más racional y participativo, y al menos conoceríamos cuántos ciudadanos buenos y malos son independentistas y cuántos no.

Es curioso porque en la lista no figuran los que han estado años robando y engañando a los ciudadanos, ninguno de los imputados o investigados, ni siquiera los que han ido a la cárcel ya juzgados, ni mucho menos la mayoría de la burguesía catalana, que se pasó en pleno al franquismo. No entiendo por qué esto no les importa, ¿será porque los que todavía viven se han vuelto independentistas o porque lo son sus hijos? No sé, el caso es que ninguno de ellos pertenece a la casta de los malos catalanes.

Y en cambio sí está el escritor Josep Pla, que no era precisamente de izquierdas pero seguro que no tan de derechas como son algunos de los próceres del independentismo actual. Era mal catalán, dicen; que fuera uno de los mejores escritores de todos los tiempos, poco importa.

Y es que no se es malo por haber robado o estafado, sino simplemente por no ser independentista del presente, lo que no quiere decir que no haya muchos ciudadanos que con estos líderes de hoy no quieren saber nada, aun cuando han sido independentistas de otro tipo durante toda su vida. Son ciudadanos que piensan que hay otra posibilidad más racional de ser independentista, más preparada, de una razón más profunda, y llevada por personas que no estén tan interesadas en vaciar Catalunya de indeseables, y llenarla de obedientes esteladas. Serán, quiero creer, los independentistas de izquierdas. No los de Mas o de Junqueras o incluso de este presidente no elegido por nadie, sino por decirlo de algún modo, pactado al gusto y estilo de Mas y de la CUP pero no de los ciudadanos.

Y es que nosotros, los que no estamos tocados por la gracia de los patriotas, olvidamos que al analizar moralmente a un escritor, su obra y su proceder quedan hasta tal punto invalidados por su culpa que sobran los análisis literarios y críticos: lo que hizo, intentó o logró, al moralista le importa poco, se limita a ponerle una etiqueta siempre inexacta y con ella pasea su impostura por libros, revistas, radios y televisiones para conseguir que alcance al culpable el desprecio colectivo y el olvido terrenal y celestial que, en su fantasía cree el moralista, lo llevarán a su marginación y a su aniquilación.

Y así será para siempre jamás, ya que mueren pocos moralistas. De ahí que sea una raza difícil de extinguir cuyos sacerdotes que se suceden agarrándose unos a otros como eslabones de cadenas fantasmales, se pasean por la Historia manipulándola. Y mientras escritores y artistas, amantes del sol y de la lluvia, en la penumbra de su alcoba o en la fiesta de una noche de verano, buscan la belleza de un verso o de un amanecer, las fantasías y leyes del pensamiento y la palabra y su lugar en el mundo, ellos los moralistas, no ven más que el mal que fabulan y convencidos de que el Poder los apoya ¡que los apoya! se erigen en censores y jueces de quienes los superan como si –rocambolesco proceder de la naturaleza– se propusieran sin saberlo que el mundo se iluminara, no por su falsedad, sino por una verdad poética, y adquiriera hoy nueva vigencia el verso de Machado: “Castilla envuelta en harapos, desprecia cuanto ignora”. Sólo que esta vez, no sería Castilla su objetivo, sino la silenciosa Catalunya.

En fin, reflexiones sobre esta forma de manifestarse de los que están convencidos de que están en la verdad, de los que tantas veces son igualmente verdaderos moralistas.

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@BenBrutalplanet

 

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