Becs, Humor Gráfico, Número 87, Opinión, Óscar González
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Las ranas hervidas

Por Óscar González / Viñeta: Becs. Viernes, 17 de noviembre de 2017

@Morgoski

La alienación no es una película de ciencia ficción de los años noventa. Es algo mucho más jodido, algo que tiene que ver con interiorizar los valores e intereses de terceros, que en muchos casos chocan de frente con los propios, y defenderlos como si la vida se fuese en ello. Es perder los rasgos ideológicos que conforman la identidad del sujeto y sustituirlos por un discurso que ahorra la necesidad de pensar porque ya lo da todo masticado.

Tenemos ejemplos de individuos alienados por todas partes. Si tienen una superficie reflectante cerca miren hacia ella y, casi con total seguridad, verán uno. Desde Marx, Foucault o Marcuse, entre otros, sabemos que el ser humano pasa toda su existencia atravesado por diferentes clases de alienación, y gracias a Aulagnier sabemos también que no suele ser consciente de ello.

Alienado está el trabajador que se niega a secundar una huelga que podrá suponer una mejora en sus condiciones laborales y de vida. También lo está el pobre que vota a la derecha porque con ella la economía va bien, o la abuela que sigue con preocupación los problemas sentimentales del aristócrata o famosete de turno a través del papel cuché; el hincha que sufre por ver condenado a su ídolo deportivo por evasión fiscal, la mujer que no denuncia a su maltratador, el miembro del Opus Dei que se mortifica por las “debilidades de la carne” o el cuarentón que se compra una Harley (para ir a trabajar todos los días al mismo puñetero sitio por el mismo puñetero salario de miseria año tras año) por la imagen de libertad. “Cada cual escoge su veneno”, como nos decían los Bellavista Social Club.

La alienación presenta elementos altamente nocivos. Es esa agua fría en la que se sumerge a la ciudadanía –convertida en rana metafórica– para ir subiendo la temperatura poco a poco y que se cocine hasta quedar bien cocida sin ser consciente en ningún momento de lo que está ocurriendo. Es algo así como cavar la propia tumba pensando que se está cavando la del vecino.

Al poder, en cambio, este concepto le resulta tremendamente útil. Cuanto más alienada esté una sociedad, más dispuesta estará a transigir con los abusos y a considerar como un mal necesario los recortes en derechos y libertades. La media España que sale a la calle a clamar por la unidad de la patria, aunque no sea capaz de explicar qué es exactamente lo que debería hacernos sentir orgullosos del concepto España. La misma para la que es normal contestar con porrazos y pelotas de goma la desobediencia civil. La que odia a Cataluña sin saber por qué, o la que odia a España por el mismo motivo.

La misma, por desgracia, que guarda un vergonzoso silencio ante la condena de seis meses de prisión y casi seis mil euros a una activista de la Plataforma de Afectados por la Hipoteca a la que el José Luís Torrente de turno –con casco, uniforme reforzado y guantes y botas de seguridad– acusó de causarle “lesiones” en un dedo cuando la mujer intentaba que una familia no tuviese que acabar el día durmiendo en la puta calle.

La misma, siempre la misma.

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