Humor Gráfico, Igepzio, Jose Antequera, Número 87, Opinión
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Fistro, pecador y eterno

Por José Antequera / Ilustración: Igepzio. Viernes, 17 de noviembre de 2017

@jantequera@

Se nos ha ido Chiquito de la Calzada, genio y figura siempre. No solo fue un humorista singular que no se parecía a ningún otro, sino que creó escuela y hasta una especie de secta, la de los «chiquitistas» que andaban todo el día hablando como él. Desde el primer momento en que apareció en televisión para hechizarnos con su lengua de trapo y su jerga entre incomprensible y desternillante, supimos que había nacido una estrella. Raro como nadie, maestro de la parodia de lo español más casposo y cañí, marciano encantador, su aspecto de cantaor flamenco bajito y calvo reunía todos los ingredientes para convertirse en la quintaesencia de eso que muchos han llamado el «frikismo» patrio. Puede que su humor no fuera el más inteligente de los escenarios y tampoco es que fuera el mejor contando chistes. Nos hacía reír sin más, sin que supiéramos muy bien por qué ni termináramos de entender lo que decía, quizá porque poseía ese arte único y especial, esa magia y ese duende gitano que solo está al alcance de unos pocos elegidos. Chiquito, con sus circunloquios, trabalenguas, frases inventadas y nuevas palabras («quietorl», «cobarlde», «fistro», «animales bravidos», «diodenos» «caidita de Roma», «guarreridas españolas» y «pecadorl de la pradera») no solo abrió nuevos caminos al humor del absurdo, convirtiéndose sin querer en un pionero de la comedia, sino que renovó el idioma y el lenguaje mismo de la calle. Hasta hablaba inglés (o quizá fuera alemán), eso sí, con fuerte acento de Marbella: «Auan, apeich, agromenauer». Ahí es nada. No nos extrañaría que algún día la RAE recuperara alguno de sus términos filosóficos a la altura del mismísimo Séneca. Con su aspecto de fino carterista andaluz, Chiquito puso el humor surrealista a aquella España aznariana de trincones, pelotazos y dinero negro que parecía nadar en champán. El boom inmobiliario nació como un chiste de Chiquito de la Calzada una noche de televisión mala, entre exabruptos de Jesús Gil y patadas al diccionario de Paz Padilla, y al final todos terminamos contagiándonos de su humor de otro planeta y hablando raro como él en una especie de poderosa abducción chiquitistaní, un extraño fenómeno sociológico que aún está por estudiar. Fue así, riéndonos a carcajada limpia de sus chascarrillos que ni siquiera entendíamos, como nos llenaron de hipotecas basura y de cumbres en el G-20 sin que nos diésemos ni cuenta. Durante un tiempo, todos fuimos adeptos de Chiquito y de su España feliz, hechizados por la risa tonta que nos provocaban sus chistes. ¿Quién no ha soltado alguna vez un «hasta luego, Lucas» o un «por la gloria de mi madre»? Siempre lo recordaremos con camisa estampada, melenilla enlacada y unas patillas españolazas hasta los codos. Las manos en las caderas, contrahecho como un cuatro, caminando sobre las puntas de los zapatos (el ‘moonwalker’ de la Calzada) y soltando gemiditos agónicos o aquello tan entrañable de «no puedorl, no puedorl». Adiós Gregorio Sánchez Fernández, Chiquito de la Calzada, malagueño universal como Picasso o Banderas. ‘Torpedo’, nos mataste de risa sin que supiéramos muy bien por qué. Pero qué demonios, esa es la gracia del humor.

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