Número 87, Opinión, Sergio Rodríguez
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Fantasmas

Por Sergio Rodríguez. Viernes, 17 de noviembre de 2017

Sergio Rodríguez

De repente, un whatsapp de alguien a quien no ves desde hace por lo menos un par de años. Y te sorprende y te alegras. Y comienzas a escribir con énfasis y con prisa, como intentando resarcirte del silencio acumulado. Y, de repente, en la conversación se desliza también la palabra «radioterapia». Y a continuación ya la llamada de voz solicitando explicaciones. Ha sido en la garganta. Y me pide perdón porque la última vez que le llamé y no me contestó no podía hablar… Claro. Y uno piensa que entonces todo tiene explicación y que la amistad no se ha ido, como el humo del puto cigarrillo, aspirada por la puta e inexplicable indiferencia. Y uno se alegra por el amigo, aunque la causa del distanciamiento haya sido algo grave. Y se alegra de poder seguir hablando, aunque por momentos, antes de marcar el número de teléfono, le ronda la posibilidad de escucharle con esa voz de los laringectomizados… Afortunadamente no. Le pregunto si el tabaco ha tenido que ver, sospechando y casi teniendo la certeza de que sí. Y me reconoce que totalmente. Como lo tuvo que ver con su padre, muerto de cáncer de laringe. El puto tabaco. Una constante en su vida. Como la poesía. Desde siempre. Ya en la facultad hacía bromas con la adicción todopoderosa e invencible. Y me contaba siempre la anécdota, creo que de Howard Hawks, quitándose el respirador del pulmón de acero para fumar un maldito cigarro. Y ahora él sigue haciendo algo parecido. Le pregunto si sigue con la nicotina y me dice que sí, a escondidas: ha salido al parque a pasear a la perra y está provechando para inhalar ese veneno todopoderoso escondiéndose de su mujer, ¡que es médico! Y que ha tenido que ver sin ninguna duda en su salvación. En la física y en la otra, de poeta y ser un poco maldito. Bueno, mi amigo se llama Salvador. Se sigue llamando Salvador. Y espero que por muchos años. Y paquetes de cigarrillos a escondidas, si no hay más remedio.

A propósito del lío catalán, dice mi hijo Álex: «Estos son más actores que políticos». Y salen los actores de fin de semana con el papel aprendido. Por ejemplo, durante la semana le toca a la Arrimadas y el fin de semana a uno de barbas, que debe de ser el secundario.

Los viejos hangares de la base aérea soviética Barberán y Collar en Alcalá de Henares durante la Guerra Civil. Por aquí deambulaban los famosos «moscas», Polikárpov I-16. Hace años tuve la suerte de entrevistar a uno de aquellos viejos aviadores republicanos.

Hoy me han dicho que hay futuros difuntos que piden ser enterrados con un teléfono móvil a mano. Poe tenia razón. Lo malo es si no hay cobertura allí abajo.

Eso de la última morada tampoco es así, pues al cabo de un tiempo te sacan y te ponen por ahí, a menos que tengas un nicho a perpetuidad. Perpetuidad… Uf, palabras mayores en «esta corporeidad mortal y rosa», luego descarnada aunque emotivamente recordada. En esta especie de barco ahí varado, sobre lo más elevado de este lugar donde hemos nacido, todos tenemos un camarote aguardando.

Prefiero un insulto dicho desde la sinceridad a una traición expresada con exquisitez de Armani.

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