Editoriales, Humor Gráfico, Número 87, Sergio Periotti
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Editorial: El señor Cururull y un bohemio soñador

Viñeta: Sergio Periotti. Viernes, 17 de noviembre de 2017

    Editorial

Para unos, Víctor Cucurull es una de las grandes mentes pensantes de la Asamblea Nacional de Cataluña (ANC); para otros un «pseudohistoriador» −como dice la Wikipedia−, que de vez en cuando nos da alguna clase magistral sobre eso que él y otros expertos independentistas han dado en llamar «Nueva Historia», un término que se parece bastante a aquella «neolengua» de la que nos hablaba Orwell en su novela 1984 y que era un puntal básico del estado totalitario. El señor Cucurull va soltando conferencias por ahí −previo pago de entre 8 y 13 euros de vellón, «per supost»− en las que trata de convencer a su público de que personajes históricos como Santa Teresa de Jesús, Américo Vespucio, Bartolomé de las Casas o Leonardo Da Vinci en realidad eran catalanes de pedigrí. Hasta Miguel de Cervantes, que según él se llamaba Miquel Servent, era catalán de toda la vida. La última la ha soltado hace solo unas horas: «Hernán Cortés no era extremeño como nos han contado hasta ahora. Era catalán». Por lo visto, aquí todo el mundo era catalán: ya en el neolítico profundo el hombre de Atapuerca trotaba por la Tierra en taparrabos y barretina, en plan seductor «boy» prehistórico; Cristóbal Colón hincó la estelada en las Indias al grito de Visca Catalunya lliure y Neil Armstrong, el primer hombre que pisó la Luna, era un «noi» de l’Hospitalet de Llobregat que comía butifarra y pan tomaca −nada de píldoras deshidratadas− en sus procelosos viajes espaciales. En el fondo lo que subyace en los impulsores del ‘procés’ es una extraña fiebre de narcisismo no resuelto ni medicado, una frustración y una impotencia de querer alcanzar una gloria imposible, y una especie de complejo histórico que cualquier día les llevará a concluir que don Santiago Bernabéu en realidad era del Barsa. Ya lo dijo James Joyce: «Las naciones tienen su ego, al igual que los individuos» y esta nueva república que ha nacido de nalgas necesita una historia propia, potente, que cautive a la masa, aunque sea construida a partir del mito y la ficción y sin ningún tipo de prueba documental. De eso, de ponerle un marco de pan de oro a la mentira, ya se están encargando las mejores cabezas del independentismo, intelectuales de nuevo cuño como el señor Cucurull que iluminan al país con sus teorías delirantes, unas ideas que no por increíbles y absurdas dejan de ser menos aceptadas por un pueblo crédulo que parece estar deseando que le mientan.

El bohemio soñador

Confirmado: El señor Puchi (nos gustaría poder llamarlo honorable president Puigdemont pero a estas alturas ya todos lo ven como un friki) vive en una realidad paralela. No se da cuenta el hombre de que ya nadie lo toma en serio, ni Juncker, ni los reporteros de la CNN, ni la reina Matilde ni siquiera Tintín. Ayer volvió a soltar una nueva marcianada al denunciar el «fascismo» del Estado español». «El fas-cis-mo del Es-ta-do es-pa-ñol», con todas sus letras. Ahí es ná. ¿Cómo puede un político al que se supone en sus cabales defender semejante disparate sin ruborizarse ni sentir «vergonya» de sí mismo? ¿Sabe el señor Puchi lo que es realmente el fascismo o se limita a repetir como un papagayo las consignas manidas del manual para sabotajes y algaradas callejeras difundido por la chavalada antisistema de la CUP con la que anda últimamente? El señor Puchi debería saber que está frivolizando con el fascismo precisamente en el corazón de la vieja Europa, ante millones de europeos que sufrieron en sus carnes no solo el aliento fétido de Hitler, sino el infierno de la guerra con sus 72 millones de muertos, los campos de concentración, los hornos crematorios y el exterminio generalizado de pueblos enteros. Poca broma. Alguien del entorno del señor Puchi, sus amigos Matamala o Terracabras, o alguno de esos 200 alcaldes tan independentistas como ociosos que andan dando la vara por ahí, debería susurrarle al oído al president que lo deje ya, que se está convirtiendo en un caricato o polichinela, que está jugando con cosas muy serias, y que no está hablando para cuatro vecinos de su pueblo con el tarro comido, sino en la gran Bruselas, en la capital de la Europa liberada del yugo nazi de verdad, donde saben perfectamente lo que es el terror del fascismo sin que tenga que venir a explicárselo un marciano con flequillo que va de líder de la resistencia de no se sabe qué país y de héroe de guerra contra la genocida y totalitaria España. Extraña clase de alienígena este señor Puchi que se erige en fundador de la nueva patria republicana y que a las primeras de cambio sale corriendo, cual caganer a la fuga, para ocultarse bajo los faldones regios del país más monárquico de la Tierra. Singular personaje este al que se le llena la boca de fascismo español pero que termina cobijándose tras los muros de la peor ultraderecha xenófoba y euroescéptica, junto a unos cuantos ex pistoleros del Sinn Féin y de Bildu, más algunos capos de la mafia italiana de la Liga Norte. El señor Puchi salió de Barcelona como flamante presidente de un nuevo Estado y se ha ido dejando el poco ‘seny’ que le quedaba por los pedregosos caminos de Estrasburgo, hasta convertirse en un pobre hombre, un outsider, un vagabundo sin patria. Por su mala cabeza, el president se ha quedado en cómico trotamundos que anda de gira en gira con su roulotte y con su troupe de alegres trapecistas y castellers, en bohemio alternativo de raído gabán negro, en encantador payaso soñador que tiene función diaria en las calles de Bruselas −mañana, tarde y noche−, entre otros faquires, músicos ambulantes, bongós y saltimbanquis llegados de todas partes del mundo a la burguesa, perezosa y funcionarial capital bruselense. Qué dura es la vida del artista callejero. Por cierto, ¿qué clase de licor maligno o sustancia lisérgica estarán sirviendo en el Hotel Chambord?

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SERGIO PERIOTTI

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